"¿Y sobre qué escribes?" Tantos años oyendo esa misma pregunta, y nunca sé qué contestar. A los que ya me conocen, saben desde cuando, de qué y cómo escribo. A los que no... pasad y leed, es la única manera de explicarlo. Si sentís que no estáis invitados, que miráis por el hueco de una cerradura, felicidades, estáis dentro. Habrá heridas y cicatrices que tal vez os salten... no os preocupéis, es que estáis vivos.
Las
gotas de lluvia golpean ferozmente contra el cristal de la ventana,
en forma de amenaza. No es de esas ocasiones en la que la lluvia es
plácida, como una suave sinfonía, una orquesta donde todo suena a
la perfección.
Esta
vez caen como si fueran pequeñas bombas venidas directamente del
cielo, sin que su intención sea otra que quebrar el cristal e
inundar la habitación.
Tal
vez sea una gota por cada persona que dañó, una gota por cada dolor
que causó.
Está
sentado a los pies de la cama, con los codos sobre las rodillas, y
las escuálidas y huesudas manos entrelazadas. La gabardina grisácea
y vieja tiene un color aún más oscuro, casi negro, tras haberle
caído toda la lluvia encima, y de vez en cuando incluso le siguen
cayendo gotas de su gran bigote canoso.
Respira
agitadamente, aunque de eso él no se da cuenta.
Él
solamente escucha la lluvia amenazarle, en esta fría y cutre
habitación de motel de carretera, y sabe que para él ya no hay
redención.
La
pidió, Dios sabe que la pidió... pero, cualquiera que la oyera, si
es que alguien lo hizo, la obvió completamente.
Demasiado
daño causado durante demasiado tiempo como para que todo sea
perdonado de repente, ha terminado por pensar.
Medio
siglo de vida intentando hacerlo bien y cada vez haciéndolo peor,
viéndose envuelto en situaciones en las que nunca supo cómo acabó
exactamente, pero desde luego, ninguna inmerecida.
El
día que deba ponerse delante del Altísimo, simplemente, lo mirará
a los ojos, y le dirá, con toda la sinceridad que cabe en su alma,
que no supo hacerlo mejor. Cuando no hay más que un camino posible
para respirar, para comer, para vivir, simplemente te dispones a
seguir recorriéndolo cueste lo que cueste, sin pararte a pensar que
no es el mejor, o el más seguro. Sólo caminas, porque sabes muy
bien que hay gente detrás que, en cuanto te vea dubitativo, te va a
dar un empujón para adelantarte.
Suspira,
y esta vez sí se da cuenta de ello.
Hacía
años que no suspiraba.
Si
alguna vez tuvo un atisbo de vida normal, hace tanto de ello que ya
ni recuerda si de verdad fue así, o simplemente lo ha imaginado
tantas veces, su cerebro, sus venas y su alma han pasado por tanto,
que ya confunde realidad con ficción.
Tal
vez sí, tal vez, después de todo, hubo un día alguien al que le
preocupó su vida, alguien que intentó darle algo mejor. Lo que más
se condena es no poder recordarlo siquiera, pero, si así fuera,
ahora, desde esta solitaria y húmeda habitación, le agradece con lo
poco que le queda de alma su dedicación y empeño.
Le
gusta pensar que no es una mala persona. Y no, no lo hace por
sentirse mejor, ni por ser victimista, ni por eludir
responsabilidades.
Sabe
que la inmensa mayoría de cosas que le han ocurrido en su vida son
merecidas, tal vez involuntariamente, pero merecidas, pero eso no le
quita para pensar que no es malo. Quizás se ha equivocado muchísimas
más veces de lo que se le puede permitir a un ser humano, y, si así
fuese, su penitencia lleva pagando y seguirá haciéndolo el resto de
su vida.
No
supo hacerlo mejor.
Apoya
la palma de las manos en sus rodillas para ayudarse a levantar con
tremendo esfuerzo, sintiendo cómo le tiembla hasta el más mínimo
músculo de su diminuto y maltratado cuerpo, pero lo hará de todas
formas.
Se
dirige con paso torpe hacia la ventana, como un cachorro aprendiendo
a caminar, y se agarra a la cortina estampada de flores, para poder
divisar el desalentador paisaje.
No
hay absolutamente ninguna casa en kilómetros a la redonda, y no se
ve más que hojarasca revoloteando fuertemente, acompañada de
silbidos crueles del viento mezclado con la lluvia.
Silbidos
crueles que llegan al alma.
Una
lágrima le cae por la arrugada mejilla, a la que le siguen otras, al
principio distantes, y luego cada vez más asiduas.
Hacía
años que no lloraba.
Llora
por la soledad, por la vida que no es vida, por haberlo hecho todo
mal.
Llora
por esa señal de redención que pidió a un Dios que ya no le quiere
escuchar, llora porque le duele algo muy adentro, demasiado
constante, durante demasiado tiempo.
El
hombre del tiempo ha dicho que no hay ninguna posibilidad de que
escampe en las próximas doce horas, absolutamente ninguna. Que nadie
salga de sus casas, que se queden calentitos, con sus familiares.
Calentitos,
con sus familiares.
Mira
al suelo, y de nuevo emprende esa travesía de apenas unos pasos,
para llegar de nuevo junto a la cama.
Se
sienta en ella, con sumo cuidado, y deja la vista perdida.
No
hay terror más grande que el cansancio. No hay agonía más
insoportable que la de sentir ese hastío continuo, esa sensación de
que quieres llegar ya a la meta, no importa lo que aún te quede en
el camino. Simplemente, no te interesa.
Se
tiende en la cama, entre leves quejidos, y se queda bocarriba.
Algo
le va haciendo cada vez los párpados más pesados, y no sabe si es
sueño, o es algo más profundo. Más ilimitado.
Pero
no le importa. Sus ojos quieren cerrarse, y él no piensa impedirlo.
Hacía
años que no dormía.
El
viento amaina poco a poco, el silbido cruel cada vez lo es menos, y
la hojarasca vuelve muy lentamente a reposar en el suelo, allá
detrás de la ventana.
La
lluvia cesa de repente, y es que hasta a ella, tan cruel e
inflexible, le ha llegado a conmover.
El
hombre del tiempo dijo que era totalmente imposible que parara de
llover en doce horas, y ahora no hay rastro de lluvia, ni de viento.
Sólo
hay redención.
Una
redención brindada por un Dios que nunca lo dejó de escuchar, por
un cielo que ahora no protesta, tan sólo llora su pérdida. La
pérdida de un simple ser humano más, errante y torpe, que se
equivocó demasiadas veces, durante demasiado tiempo.
Él
no verá que su redención ha sido concedida, no verá que no llueve,
no verá que las gotas ya no lo amenazan.
Él
no volverá a despertar de esa solitaria cama, en un motel apartado
de toda civilización, pero no le importará.
Hacía
años que no vivía.
La
noche es más oscura, y el viento mece un luto que nadie sabrá
jamás.
El
cielo está triste, y el mundo llora la pérdida de una buena
persona.
Cada
vez quedan menos, y cada vez están más escondidos.
"Que tus ojos me sigan matando, aunque sé que tal vez sepa amargo,
que mi vaso vacío se vuelva a llenar, del licor que derraman tus labios"
Aitor, Ángel y Fernando. "CIRCO POP."
Déjame
que alce mi copa, y no se me olvide brindar por ello.
Déjame
que te mire, mientras toda la sala lo hace, y yo me sienta aún más
orgulloso de ese día que, sin un por qué demasiado concreto,
empezamos a hablar. Aquella ocasión en que nuestras miradas se
cruzaron, y, tal vez, todo lo vivido hasta ese momento se evaporó,
diferenciando, por fin, entre la verdad, y todo lo anterior, tan de
cascarilla.
Déjame
sentir la envidia de todos, porque soy yo el que te tengo, y nadie
más.
Déjame
que te mire a los ojos, con esa sombra oscura que los hace aún más
intensos, y, cuando a tus labios les dé por estirarse levemente,
mostrando una sonrisa tímida, como de niña quinceañera que aún no
sabe lo maravillosamente guapa que es, vuelva a sentir dentro de mí
toda esta grandiosidad.
Que
eres eso que veo en ese momento, y nada más. Esa inmensidad,
contenida en un frasco de metro setenta.
Déjame
que roce tu mano, con esa tez morena, y las uñas pintadas de rosa, y
la apriete como llevo apretándola desde que consiguió salvarme de
aquel precipicio, y aún no me ha soltado.
Te
miro, sonríes, y sé que no, que jamás lo hará.
Que
la gente se levante y aplauda, que nos miren y nos admiren, que
piensen que somos la pareja perfecta, con toda una vida por delante y
un mundo a sus pies. Que contemplen tu belleza y digan lo afortunado
que soy, porque no les faltará ni un gramo de razón.
Y
entonces aparece esa sonrisa de la que antes hablaba, y yo vuelvo a
enamorarme un poco más.
Ahora
vendrás, con ese aire cohibido, y apoyarás tu mejilla en mi hombro,
para “taparte” de tantas miradas, de tanta admiración; y yo te
abrazaré, mientras sonrío con ternura, y se me olvidará todo lo
demás.
Tal
vez haya un momento para cerrar los ojos con fuerza, para tragar
saliva sólo una vez, conteniendo tantísimo dolor; pero lograré
acallarlo, escondérmelo con maestría. Créeme, no es la primera
vez.
Ambos
sabemos que no es la primera.
Yo
no preguntaré dónde estabas, y tú no tendrás que responder.
Yo
olvidaré esas otras caras, esos otros gestos.
Olvidaré
quién o quiénes, desde o hasta cuando, por qué.
Lo
olvidaré porque a mí se me da muy bien encontrar la verdad y a ti
fatal mentir, olvidaré porque, tal vez, en una de estas te dé por
darte cuenta de que ya está bien, de que no es necesario seguir
buscando algo que no vas a encontrar, que caigas en la cuenta de que,
lo que intentas conseguir, no es otra cosa que lo que tienes aquí.
Que te digas a ti misma que ya basta, que retornas para quedarte
definitivamente... que, esa vez, habrá sido la última.
Pero
lo olvidaré sobre todo porque tal vez en una de estas no consigas
una excusa medianamente a la altura y, arrinconada, te dé por decir
la verdad. Entonces desaparecería tu sonrisa tímida, tus ojos
encogiéndose de esa forma tan preciosa cuando lo haces, y tu rostro
se transformaría en agobio, temor, tal vez llanto.
Y
por Dios que no quiero eso.
Yo
quiero verte así, feliz, radiante.
Yo
quiero que sigan aplaudiendo por toda la eternidad, ver esas caras
satisfechas y orgullosas, esas miradas puestas en nosotros, con
envidia sana y orgullo.
Lo
demás quedará todo olvidado.
Que
a mí se me da muy bien disimular, y a ti aún mejor callar.
Sé
que me quieres. De eso no tengo ni la más mínima duda.
Que
resuenen las campanas, que el gentío llore de emoción, que las
niñas sueñen con ser tú, y que todos los hombres del lugar quieran
ser yo.
Pero
no lo serán. Sólo existimos nosotros, y somos la pareja perfecta.
Te
acercas, y puedo llegar a olerte.
Tu
sonrisa tímida, tu aire cohibido.
Te
quiero. Tanto, tanto, que he logrado olvidar que no puedo olvidarlo.
Déjame
que alce mi copa, y no se me olvide brindar por ello.
Para entender el final del relato, se ruega ver este vídeo.
Para entender el relato en sí, se ruega haber amado alguna vez, en cualquiera de sus numerosas formas.
Dicen
que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho
tiempo.
Incluso
intentan explicarlo.
Que
es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo
entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es
una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante
de todo.
El
cerebro.
Se
mira al espejo, sin gesticular. Siempre ha sido una mujer fuerte, y
eso no va a cambiar ahora. Toda su vida ha luchado para conseguir lo
que ha tenido, nada le ha sido fácil, y siente por primera vez que
pierde una batalla, una batalla que le es imposible de vencer. Contra
el tiempo, contra los años; contra unos senos firmes y jóvenes,
contra una piel sin la más mínima arruga.
Una
batalla perdida antes de empezar.
Hoy
es su aniversario, quizás él ni lo recuerda. Y aunque nunca le haya
dado demasiada importancia a este tipo de cosas, es doloroso recordar
que hoy es la efeméride de ese día en que él le pidió hablar, en
aquel local, y ella le dijo que la esperara fuera. Era tan joven, tan
guapa... y tan inocente. Dudó muchísimo si acudir, nerviosa y
dubitativa, y tardó una hora en hacerlo, pensando (con cierta parte
de alivio) que para esas horas ya se habría cansado y marchado.
Cuando salió, llovía atronadoramente... y allí estaba él, de pie,
tan delgado y nervioso, sin gesticular, con sus gafas de pasta
gruesas totalmente ahumadas, calado hasta los huesos y con el pelo
empapado.
Ella
lo vio, y se echó a reír. Él rió con ella. Supo que era el hombre
de su vida.
Es
bonito recordarlo, a pesar de todo.
Escucha
pasos sordos acercarse a la habitación, y corre a secarse las
lágrimas que le resbalan por sus mejillas, y que no va a dejar que
nadie vea. Menos él.
En
el otro extremo de la ciudad, una camarera cierra las puertas de la
cafetería en la que trabaja, después de otras doce horas de turno.
Aún queda gente dentro, pero ya no se permite la entrada. Le da la
vuelta al letrero de la puerta, y se queda mirando el cielo oscuro,
mientras le brillan las pupilas. Es curioso ver algo tan bonito desde
un sitio tan deprimente.
Algún
día irá a la Luna. Algún día se paseará por todos y cada uno de
esos astros, y, mientras se sienta en la estrella más brillante,
levantará el dedo corazón hacia la dirección donde esté la
cafetería.
Sonríe
levemente, cansada, y se da la vuelta.
Deja
paso para que salga una pareja, y, mientras sigue caminando, fija la
mirada en un joven que lleva toda la tarde ahí, aunque se ha
percatado de ello justo en este momento. Está sentado frente a la
barra, inmerso en una carpeta abierta, de cartón gastado rojo, y
lleva una gorra hasta las cejas. Entró alrededor de las ocho, cuando
el bullicio aún era casi inexistente, y es el único cliente que
queda.
Perdona,
vamos a cerrar.
El
chico levanta la cabeza, y sonríe, como quien esconde algo. Ella le
devuelve la sonrisa, algo extrañada, y observa cómo se levanta de
la silla delicadamente.
Se
recoloca la gorra, y asiente.
Hasta
otra.
Ella
lo sigue mirando con curiosidad, hasta que desaparece detrás de la
puerta de cristal, mientras aún suena el tintineo de la campana que
indica que alguien acaba de salir del local.
A
pocos metros de allí, un chico de quince años, metido en su cama,
mira la pantalla de su móvil, única iluminación de toda la
habitación. En ella aparece un número, el de ella. El de esa chica
que jamás le ha dedicado siquiera una mirada, esa por la que todos
mueren, y que él no es menos. Un amigo suyo, mucho más atrevido y
seguro que él, se lo ha dado, “obligándole” a llamarla; si no
es capaz de hablar con ella cara a cara, al menos podría intentarlo
por teléfono, mantener una conversación, aunque quizás ni siquiera
sepa quién es. Es tan... tan especial. Es única.
Y
él es un chico normal, demasiado normal, tal vez.
Nadie
en quien sea probable fijarse, muchísimo menos ella, tan aclamada
siempre por todos.
Sí,
piensa, definitivamente, ese es, dentro de sus numerosos defectos, el
peor: es demasiado normal.
A
unos cientos de metros de esa habitación, la puerta de una de las
casas adosadas del barrio es el escenario perfecto para la despedida
de la noche de ellos dos. Ella, rubia, de piel blanca y sonrisa
pícara, tiene las llaves de casa en la mano. Él, rubio oscuro, ojos
claros, y una terrible confusión dentro de su cabeza, la mira.
Llevan tres minutos en absoluto silencio, pero de eso ellos no se dan
cuenta. Se están mirando. El tiempo, simplemente, no existe.
Él
sonríe, como sabe bien, esa sonrisa segura, aunque por dentro sienta
que no, que no está seguro de nada.
Ella
le sigue a esa sonrisa, y se pasa el pelo por detrás de la oreja.
Bueno,
pues será mejor que entre.
Él
asiente, tan aparentemente ajeno a la guerra mundial que se libra
dentro de su cabeza, dentro de su corazón. Querer, necesitar hacer
algo que tal vez sea mejor no intentar, por daños a terceros, por
dudas, por cobardía. Es más fácil eso de dejar pasar día tras
día, y simplemente esperar a que todo acabe. Pero joder, es que en
vez de acabar, sólo hace crecer. Y sería tan fácil subir ese par
de diminutos escalones que le separan de ella y besarla... Dios, lo
ha hecho cientos de veces, con chicas que no le han importado tanto,
o menos, o nada. ¿De verdad podemos ser tan idiotas como, cuanto
más nos importa la persona, menos atrevernos? La respuesta se la
dan los metros que aún lo separan de ella. Pero, si lo piensa, es
que es tan difícil... es más, puede que ni siquiera ella sienta lo
mismo, ¿Y qué pasaría si va y...? Lo mejor es callar, al final
acabará desapareciendo esa sensación, y se reirá de todo esto.
Sí,
es lo mejor.
(No
te vayas, por favor. Quédate, invítame a entrar, improvisa algo,
prometo seguirte...)
Hasta
mañana. -Sonríe ella-
(Acércate.
Ni siquiera sé del todo bien por qué quiero que te acerques, pero
hazlo. Tal vez simplemente me sienta bien olerte, o quizás necesite
agarrarte de la chaqueta y decirte que no te vayas nunca....)
Hasta
mañana. -Sonríe él-
Ella
vuelve a regalarle esa sonrisa, esa sonrisa que son latidos, y
finalmente se despide, levantando vagamente la mano.
Ha
sido una buena noche, ha sido una bonita despedida. ¿Por qué se
sienten así entonces? Piensan. Es fácil la respuesta: No quieren
despedidas.
Las
cosas están muy claras.
Con
lo fácil que sería hablar sin paréntesis.
En
la calle de enfrente (incluso las casas son exactamente del mismo
tipo, solamente varían en que, en vez de estar pintadas de rosa,
están de marrón) un anciano arrastra los pies por el oscuro pasillo
de casa, dirigiéndose al dormitorio. Son las doce, y eso es todo un
récord para él. Abre la puerta de la habitación, y, despacio, se
sienta en la cama. Se toma su “droga” como llama él a sus
pastillas, y enciende la lámpara de noche. Dirige su mano temblorosa
hacia una de las fotos que hay en la mesita, de ellos dos hace muchos
años. Tanto, que la foto luce color sepia. Qué preciosa era de
joven. La chica más bonita del mundo. Tanto tiempo juntos, tanto,
que ni recuerda un sólo día de su vida sin que ella estuviera, ni
le interesa recordarlo. Esos días son sólo paja, relleno. Su
verdadera vida comenzó el día que la encontró. Sonríe, suspira
tristemente, y, mientras deja la foto en su lugar, coge otra, de hace
apenas unas semanas. Esta se ve mejor (su nieto se la ha sacado por
“los chismes esos de ahora de los ordenadores”, como llama él a
las impresoras), y entre las dos fotos hay aproximadamente cincuenta
años de diferencia... pero diablos, la mira, y no hay comparación.
Ahora es muchísimo más bella que en aquel tiempo.
Hoy
es la cuarta noche que pasa solo, ella está en el hospital.
Sabe
que va a recuperarse, lo sabe.
Nadie
se va a ir sin el otro.
Dicen
que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho
tiempo.
Incluso
intentan explicarlo.
Que
es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo
entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es
una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante
de todo.
El
cerebro.
Su
marido abre la puerta del dormitorio, y ella se hace la dormida. No
tiene ganas de hablar, y menos de oír mentiras. Nota como él se
sienta en la cama, y se mantiene durante unos segundos así, sin
hacer nada, de espaldas a ella.
Finalmente
se vuelve a levantar, lentamente, y se marcha de la habitación.
Ella
abre los ojos, sorprendida, y mira hacia la puerta. Se incorpora, y
de pronto descubre una nota encima de la cama.
“Ni
siquiera te ha dado por mirar en mi cajón, desconfiada”
Brinca
levemente hacia el cajón de la mesilla de noche del lado opuesto, y
lo abre. Dentro hay unas gafas viejas, unas gafas de pasta gruesas, y
una nota.
“Volvería
a esperarte, volvería a aquel chaparrón sin pensármelo dos veces.
Una hora, dos, toda la vida. Sin dudarlo ni por un sólo segundo.
Cada día le doy gracias a Dios por aquel resfriado. Feliz
aniversario. Te quiero”.
Ella
ríe, y llora. Ríe, y llora, y es el cruce de sentimientos más
bonito del mundo.
La
puerta se abre, lentamente, y aparece él. Con sus gafas de hoy en
día, mucho más finas y estilosas, con veinte años más, con su
sempiterno gesto irónico... pero, si lo mira bien, no es él. Es un
joven, calado hasta los huesos, delgado y nervioso.
Te
quiero. -Recalca-
Te
quiero. -Dice ella, asintiendo-
Se
acerca a ella, y se abrazan. Como aquel día, en la puerta de esa
discoteca. Incluso parece que empieza a llover dentro del
dormitorio.
Está
a punto de apagar las luces de la cafetería, cuando descubre la
carpeta roja, de cartón débil y gastado, encima de la barra. La
carpeta del chico de la gorra. Se dirige a ella, y, dudando si
hacerlo o no, finalmente la abre.
Coge
el primer boceto, llamándole su atención que es un dibujo de la
puerta de la cafetería, la fachada, el letrero luminoso, todo. Hecho
sólo a breves trazadas, con lápiz, suave, pero a la vez idéntico a
la realidad. Deja el papel encima de la barra, mientras se sienta en
un taburete, cada vez más interesada. La siguiente hoja la deja aún
más sorprendida: es ella, limpiando la barra. Es ella, con todo
detalle... y habiendo logrado captar la tristeza que contienen sus
ojos. Lo mira (se mira) un buen rato, y decide seguir avanzando en su
descubrimiento. Todos los dibujos siguientes son de ella, de ella en
su rutina diaria... incluso cambiando el letrero de abierto a
cerrado, mirando tras el cristal al oscuro cielo, hace apenas unos
minutos.
Sólo
quedan tres hojas más.
El
corazón parece explotarle mientras los tonos suenan, y está a punto
de colgar, cuando cae en que ya es demasiado tarde. Una vez que ha
empezado, aunque corte la conexión, a ella le aparecerá el número
que la acaba de llamar, y entonces lo verá, y tal vez llame, y...
demasiados “y”. Con un poco de suerte, ella no lo cogerá y
punto.
¿Sí?
-Responden desde el otro lado-
Lo
que se produce entonces es algo que jamás recordará bien. No sabrá
cómo habló, cómo dijo exactamente lo que quería decir, cómo no
se le notó el nerviosismo... cómo ella acabó la conversación
diciéndole que mañana se verían en clase, y que sí, que por
supuesto sabía quien era.
Que
le gustaba que era diferente... tan “normal”, comparado con los
demás. Que ese era su encanto.
Se
recuesta, aunque duda ciertamente de que pueda dormir.
Es
la noche más feliz de su vida, sería una idiotez gastar un sólo
minuto de ella durmiendo.
Te
quiero. -Susurra, a la oscuridad de la habitación-
Quién
puede saber si, en este mismo momento, una voz femenina pronuncia lo
mismo a sus propias cuatro paredes.
Se
para en seco, en la solitaria calle. Cierra los ojos, respira hondo,
y, tras unos segundos, se da la vuelta, aligerando el paso. Cada vez
quedan menos metros para llegar hasta la casa de ella, allí donde se
han despedido hace unos minutos... pero ese es el problema.
No
quiere más despedidas.
Acrecienta
su paso tal y como se va acercando, hasta llegar a un breve trote
justo antes de pararse en su puerta. Llama al timbre, y, después de
unos instantes, ella abre.
Su
sonrisa se amplia, muy sorprendida.
¡Hola!
Qué
sonrisa más preciosa tiene, joder. Es la sonrisa más bonita del
mundo.
Sólo
te pido una cosa. -dice él, levantando el dedo índice de su mano
derecha- Jamás, jamás se te ocurra dejar de sonreír.
Ella
ríe, aún más sorprendida.
¿Qué...?
Él
da dos pasos, quedándose a pocos centímetros de ella, y susurra:
Que
nunca me dejes sin esta sonrisa.
La
besa, y ella lo besa. Y sí, sigue sonriendo mientras lo hace.
Eres
perfecta. Te quiero -Dice él, mientras agarra suavemente su
mandíbula con ambas manos-
Te
quiero. -sonríe ella, radiante, feliz-
No
era tan difícil, al fin y al cabo. Sólo había que quitar los
paréntesis.
El
teléfono suena, y su corazón le alarma de algo que, por todos los
medios, se intenta negar. Se incorpora a duras penas, y mira el
número que anuncia la pantalla del teléfono. Lo llaman desde el
hospital donde su mujer sigue ingresada. Respira hondo, intentando
esconderse lo aterrado que está, y lo coge.
No
me calientes el lado de la cama aprovechando que no estoy, que te
conozco.
Él
ríe, ríe feliz, y ni siquiera le importa esa condenada tos que le
quema los pulmones cada vez que lo hace. Que se joda la tos.
En
unas horas estaré ahí, estos medicuchos jóvenes no tienen tanta
paciencia como tú. Mañana por la mañana me dan el alta.
Las
lágrimas le caen, pero la sonrisa no se le borra. Jamás, mientras
esté ella.
Te
quiero. -le dice, cerrando los ojos con fuerza-
Te
quiero, viejucho. -Contesta ella-
Lo
sabía, sabía que no le iba pasar nada.
Aquí
nadie se va a ir sin el otro.
Le
da la vuelta al antepenúltimo dibujo, y no puede creer lo que sus
ojos descubren. Es ella, rodeada de astros y cometas, sentada en la
estrella más brillante jamás vista. Sonríe, y ya no existe esa
tristeza en sus ojos.
Casi
temblando, levanta la penúltima hoja... y esta vez la dibujada no es
ella.
Es
el chico, con la gorra hasta las cejas, con las manos puestas sobre
la persiana del local, sonriendo, mirando dentro.
Con
el corazón a punto de estallar, se gira, y observa, de forma real,
lo visto un segundo antes en una hoja de papel. Ahí está él,
esperándola. Como siempre ha hecho.
Ella
sonríe, ilusionada, sorprendida, feliz... ni siquiera se da cuenta
de que tira la carpeta al suelo mientras corre hacia la puerta,
abriéndola rápidamente, y abrazándolo.
En
la oscuridad total del local, la última hoja ha caído en el suelo
recién fregado, en el que se puede ver, dibujado, la escena del
abrazo que ahora mismo se está produciendo entre ellos.
Fuera,
él sonríe, y le da su último y más bonito dibujo: un folio en
blanco.
Ella
sonríe también, y lo entiende todo.
Es
el retrato de su tristeza, esa que tan agónica era hace apenas media
hora.
Dicen
que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho
tiempo.
Incluso
intentan explicarlo.
Que
es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo
entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es
una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante
de todo.
El
cerebro.
Kristian
Anderson murió con treinta y seis años, después de luchar
ferozmente contra un cáncer de intestino. Un año antes de su
muerte, como regalo de cumpleaños a su mujer, realizó un vídeo
para agradecerle, por medio de carteles con frases, todo su apoyo
incondicional, su fe, su amor. Hoy en día el vídeo lo han visto más
de medio millón de personas, y se le considera la declaración de
amor más bonita del mundo.
Decidle
a él que el amor no existe.
Decídselo
a su mujer.
No
soy médico, ni psicólogo, ni científico, pero decidle a ese niño
que no está enamorado, que es ”su cerebro”, que ha liberado no
sé qué durante un determinado tiempo. Decídselo a ese matrimonio
que lleva décadas juntos y se quieren como el primer día, a ese
chico y esa chica que luchan contra todo para estar juntos, a esos
ancianos que no conciben su vida sin el otro al lado... decídselo a
esos dos jóvenes que supieron que, una tristeza más otra tristeza,
da lugar a ninguna.
Si
queréis encontrarlos, creo que ya están en camino, a punto de
llegar a la Luna.
La
ciencia no tiene por qué estudiar al amor, el amor es mucho más que
una ciencia.
"Que tal vez la vida no sea eso que esperabas, pero que hay momentos que son más especiales que cualquiera de los que imaginaste jamás."
Puede
ser que el tiempo determine que ya está bien de pasar sin que nadie
se lo pida, que se canse de ser el malo de la película, y no sólo
se detenga, sino que decida retornar.
Puede
ser que los años empiecen a decrecer, que todo vaya hacia atrás a
una velocidad vertiginosa, que nuestro alrededor se sumerja en una
vorágine de regreso al pasado, y, de repente, nos sorprendamos
viendo cómo empiezan a desaparecernos cicatrices, heridas. Cómo
notamos que, poco a poco, nos vamos sanando por dentro, que hasta
desaparecen todos los malos recuerdos, que tenemos un dulce
alzheimer, que sonreímos.
Que
sonreímos.
Alzas
la cabeza, poco a poco, incrédula y cansada, y, por primera vez, no
ves lo mismo en mis ojos. No ves desahucio, ni hastío. Ves una
mirada firme y segura, ves una esperanza... ves que puede ser verdad.
Puede
ser que volvamos a ser amigos de esas personas con las que hace años
que ni hablamos, por alguna razón que, hoy en día, ni siquiera
recordamos.
Puede
ser que tendamos la mano de nuevo, que no miremos para otro lado,
que, cuando sintamos a la otra persona aferrada a nuestra muñeca, y
veamos su mirada de agradecimiento, sintamos lo muertos que hemos
llegado a estar.
Que
tampoco es tan caro, ni tan desagradecido, el precio que se ha de
pagar por estar vivo.
Que,
aunque hoy no te parezca un día especial, quizás mañana lo
recuerdes, y sientas una extraña nostalgia. Que a veces, las cosas
que más lo son, no lo parecen mientras ocurren, sino luego, cuando
reposan. O cuando ya han pasado.
Que no
tenemos la vida más fácil del mundo, ni la mejor, ni somos de las
personas con menos problemas en la Tierra. Que el día a día es
jodido, pesado, y a veces inaguantable, pero que, cuando te paras a
respirar, cuando lo piensas de verdad, ves que eres feliz. Tal vez a
tu manera, tal vez no como creías de pequeño, ni como se entiende
por felicidad en sí misma en la sociedad... pero lo eres.
Y tal
vez, llegado ese punto, sientas lo vanas que son la mayoría de cosas
que te rodean, y que no eres culpable por protestar por ello ayer, o
mañana. Que es normal introducirte en ese torbellino, ser uno más,
pero que de vez en cuando a uno le da por salir de ahí, a quitarse
el traje de la vida y mirarlo colgado en la percha, y ver que quizás
no te hace lo guapo o perfecto que un día esperaste, pero que te
sientes bien con él, con sus taras y su elástico apretado.
Que no
sabes muy bien cuando pasaste de ser un niño pequeño a algo
parecido a una persona adulta, pero que al fin y al cabo estamos
aquí, y estamos todos. Cada uno a su manera, pero lo estamos.
Que tal
vez la vida no sea eso que esperabas, pero que hay momentos que son
más especiales que cualquiera de los que imaginaste jamás.
Aunque,
mientras los vivas, no los hayas sentido así.
Puede
ser que el reloj dé marcha atrás, que seamos niños, que tengamos
más de una sonrisa en la recámara. Puede ser que te pares a saber
que duele, y que eso no siempre es malo.
Que si
duele, es simplemente porque aún sigues vivo.
Y que
tal vez no sea tan caro, ni tan desagradecido, el precio que se ha de
pagar por ello.
Me
desperté, recuerdo que me desperté. Era de noche, lo sigue siendo,
y hacía frío, lo sigue haciendo.
Estaba
solo, aunque hace mucho tiempo que eso no es ninguna novedad.
Corrí,
sólo recuerdo que corrí, hasta llegar aquí, y no sé la razón.
Tal vez no la haya. A la mitad de la nada, a lo alto de una cima, que
quizás ya sea algo después de estar tan acostumbrado a ir de lodo
en lodo. A mirar a la Luna, y a que ella me mire a los ojos. A saber
cuánto tiempo he perdido, he malgastado, y que siempre tuve yo la
culpa. A vomitar cada una de mis espinas, y a recordar que hubo un
día en que no me equivocaba, o al menos no tanto. Un día en el que
tú estabas a mi lado, y hasta me sentía mejor persona.
Ahora
lo entiendo todo.
No era
cuestión de personalidades, ni de imposibles. Siempre fue culpa mía.
Siempre
fue la jodida necesidad de tener que cagarla una vez tras otra,
siempre fue verte llorar y ser tan imbécil de quedarme petrificado
en vez de actuar. Me dolía, si te sirve de consuelo, me dolía.
Ahora ni siquiera puede calificarse como dolor. Ahora es una agonía,
ahora es una hoja de afeitar ahondando en mi garganta un poco más en
cada pasada. Cada una de las lágrimas que derramaste por mi culpa
como cien años de penitencia, cada noche que te dormiste cansada de
sufrir como un siglo más en el purgatorio.
Sí,
quizás esté en el purgatorio, después de todo. Quizás estos
árboles secos y oscuros que veo a mi alrededor no sean más que la
metáfora de todo lo que me envuelve, quizás este silencio
simplemente sea para oír tus gritos aún más fuertes, hasta que el
oído me sangre.
Siento
como la Luna se refleja en mis pupilas temblorosas, y sé que sabe lo
que siento, como sé que ya es tarde para todo. Es tarde hasta para
decir que es tarde. Caigo de rodillas, fulminado, y mis manos golpean
mis muslos al caer en peso muerto, como si tuviera las muñecas
esposadas.
Quizás
siempre las he tenido.
Siempre
fue culpa mía. Y por más que tú lo intentabas una y otra vez, nada
se solucionaba. Ahora entiendo por qué. Tú siempre dejaste que yo
solo encontrara el camino, tú siempre confiaste en que volviera por
mí mismo al sendero correcto. Nunca supe cómo hacerlo. Quizás ese
fue tu único error, empeñarte en ver en mí algo que nunca fui,
creer que poseía algo dentro que nunca llegué a tener ni por asomo.
Lo
siento. Lo siento de verdad. Por cada segundo que perdiste conmigo,
por cada vez que confiaste en mí, y yo te defraudé.
No era
por voluntad... era por naturaleza.
Levanto
la vista de nuevo hacia esa Luna que cada vez brilla más, y me
obligo a tener la cabeza alta, al menos por una vez en mi vida. Me
parece ver unos ojos, unos ojos que me recuerdan a un pasado donde,
por un tiempo, incluso fui alguien. Esos ojos sonríen, y ya no
escucho tus gritos, sino tus risas.
Ahora
la soledad no agobia, sino acompaña.
Sonrío,
un poco desubicado, y sé que, al menos, no te he fallado por una
vez.
Que
sabes de este dolor, de mi inflexible sentimiento de culpa, de mis
ganas de devolvértelo.
Que,
aunque nunca ponga fin a mi penitencia, al menos puedo probar a salir
del purgatorio. Quien sabe, igual a partir de mañana puedo empezar a
arreglar todo ese dolor que te causé haciendo feliz a otros ojos,
quizás pueda darles todo lo que tú me enseñaste y yo nunca supe
aprender... incluso puede que sean los tuyos, que te encuentre a la
vuelta de cualquier esquina, detrás de cualquier purgatorio.
Seas
tú, o sea otro ser, esta vez aprenderé, porque logré hacerte bien,
aunque haya sido por última vez.
Porque
tú siempre me quedaste grande, pero yo puedo aprender a intentar
volar a tu altura.
Porque
los árboles oscuros y secos comienzan a florecer, porque la noche
eterna se acaba y el cielo empieza a clarear, porque me escuecen las
muñecas, tras quitarme las esposas.
Porque
se abren las puertas del purgatorio, y tal vez, después de todo, me
sigas esperando fuera.
Esto no es un relato... es un trozo de alma , sólo que escrito.
"Que el mundo entero sepa que esto no se hace en vano... que es por mi hermano."
Supongo que no es necesario decir esto con palabras, no sé.
Quizás es eso que siempre vuelvo a hacer, refugiarme en mis líneas, en la tinta y el papel, para sacarme todo aquello que tengo dentro, y que, si no fuera por esto, no sabría cómo hacer.
Supongo que es ese pasar de los días, esa ausencia de palabras, tal vez porque no hay nada que decir, tal vez porque sabemos que no es necesario eso, que entre nosotros no hace falta un cómo estás rutinario, porque sabemos que el otro está ahí, es mucho tiempo, muchos años, mucha vida.
A veces pienso en ti, y me pregunto si tendrás tan seguro como lo tengo yo que estoy ahí, aunque no hablemos demasiado. Que siempre lo he estado, como lo has estado tú, que siempre lo estaré, como lo estarás tú. Como Ángel y Sergio, esas dos personas tan importantes en nuestra infancia, y que ahora estarán sobrepasando la treintena.
Supongo que es mi manera de hacerte saber lo que pienso, y que no es necesario decir nada más: no es necesario contar batallitas, ni nombrar todos los millones de veces que uno ha estado al lado del otro: perdimos la cuenta, si es que algún día la llevamos.
Toda una vida.
Y como dice la canción:
En el fondo, tú y yo somos casi iguales.
El tiempo pasa, no hemos vuelto a hablar... y no quiero que pienses (jamás) que me he olvidado de ti.
Ahora que somos vecinos, bajando las persianas" Pablo Moro.
Existe un lugar donde las palabras no tienen sentido, donde las luces se apagan cuando estamos en casa, donde se hacen nudos en la garganta de tanto tragar. Un lugar donde vivimos continuamente, aunque quizás sea demasiado generoso con eso de vivir.
Un lugar donde cada día amanece con plásticos de pastillas tirados por el suelo de la cocina, donde los diarios siempre ponen las mismas noticias en la parte de las crónicas.
Un lugar donde no existen los niños.
Ya no somos niños.
Ya no hay lugar para sueños, para esas tardes en tu desván, en las que yo te escribía cursis cartas de amor, empezando la adolescencia, y tus ojos se fijaban en cada una de las líneas, con una sonrisa preciosa en tus labios. Yo te miraba, y pensaba que ya no eras una niña, que tu belleza cada vez se me alejaba más. Pero sí, sí que lo eras.
Sí que lo éramos.
Te pasabas el pelo por detrás de la oreja, y tus pupilas brillaban, tal vez rebosantes de sueños, de visualizar ese futuro perfecto, en nuestra casa, tú como una gran cantante, tal vez modelo, quizás las dos cosas, y yo como un afamado escritor.
Hace diez minutos miré por la ventana, buscando si había luz en la tuya. Tu persiana estaba bajada, como siempre.
Entonces, como iba diciendo, tú cantabas algo, cualquier canción de esas que te gustaban, y que, aunque no las entendía demasiado, me encantaba oír. Tu voz era celestial.
Éramos niños. Niños soñando cosas de niños.
Ahora el edificio está lleno de poesías rotas, de diarios guardados debajo de la cama, con hojas arrancadas, junto a jeringuillas y gomas elásticas.
Ahora nos saludamos con un simple movimiento de cabeza cuando nos encontramos al bajar la basura, y mentimos como auténticos hijos de puta.
Somos adultos.
Ahora tú lloras sentada en el suelo, apoyando la espalda sobre los pies de la cama, agobiada con la vida e intentando recordar dónde se quedó esa niña, dónde se quedó esa voz. Dónde están los escenarios, las pasarelas, el público, la fama. Dónde se quedó ese escritor llamado a escribir best-sellers, a pesar de que por más que mire a mi alrededor sólo vea bolas de papel alrededor de la papelera y tinta derramada, aunque tal vez sean lágrimas; siempre las confundí, nunca supe demasiado bien qué era lo que usaba para escribir. Quizás fuera una combinación de ambas.
Somos adultos.
Adultos con sus mil euros más a fin de mes en la cartilla, fingiendo que ya no nos acordamos de nada de aquello. Que era un camino difícil e iluso, por no decir imposible, que qué cojones estábamos pensando.
Qué tontos éramos de niños, podríamos decir, incluso, cualquier noche que acabáramos tomando una copa en el cutre bar de la esquina, después de encontrarnos por casualidad en el portal, tú fingiendo que te va de puta madre con el tío ese, escondiendo lágrimas y heridas, y yo echándote algún cuento sobre la cita que me esperaba, pero que la cancelo y me quedo contigo. No por amor, ni porque cada día me vuelva a cagar en la puta vida recordando aquel desván, aquellas cartas cursis, aquella voz celestial; simplemente por hacerte un favor, a ver qué te piensas.
Que ya no somos niños.
Así que ahí estaríamos, mirándonos a los ojos por primera vez en no sé cuanto tiempo, con el bar solitario, cualquier noche entre semana, mientras el camarero nos miraría con mala cara deseando irse a su casa, limpiando los últimos vasos de la noche. Hablaríamos de cosas intrascendentes, de mentiras. Quizás con un poco de suerte aún me quedaran ideas para coger una servilleta de papel y escribirte cuatro palabras, y, si fuera mi noche, tal vez incluso te pasaras el pelo por detrás de la oreja mientras lo lees.
Quizás sí, quizás ocurra eso algún día.
Pero ahora no, ahora estamos demasiado ocupados, tú asegurándote de que la puerta del armario donde encerraste hace tantos años todas las ilusiones no se abra, no vaya a ser que ceda un día que pases por su lado, y se te vuelquen encima de ti todos ellos, cubriéndote por completo, asfixiándote, y mandando a la mierda toda la absurda barrera mental que te esfuerzas por mantener cada día diciéndote que nada de eso importa ya... y yo, bueno, también tengo lo mío; también enciendo la tele cuando me viene algo parecido a inspiración, también miro debajo de la cama antes de dormir, no vaya a ser que se esconda algún protagonista de esos relatos que escribía, dispuesto a ahogarme con la almohada cuando me duerma, por cobarde, por haberle dejado consumirse, cuando estaba llamado a que todo el mundo conociera su historia, una noche, en una sala de Madrid, mientras recogía cualquier premio, junto con un cheque gigante, y tú aplaudías desde la primera fila, radiante y sonriente, recordando cómo y dónde nacieron esas líneas: en un antiguo desván, donde aún seguirán guardados todos nuestros sueños, donde dos niños aún continúan allí, cogidos de la mano, negándose a ser lo que somos, avergonzados cada día más viendo en lo que se han llegado a convertir.
Sueños que fingimos que hace mucho tiempo que ni recordamos, que eran simplemente cosas de niños. Lo mejor era esto, hombre. Cabeza, sensatez, un buen trabajo, y ser felices, como todos.