"¿Y sobre qué escribes?" Tantos años oyendo esa misma pregunta, y nunca sé qué contestar. A los que ya me conocen, saben desde cuando, de qué y cómo escribo. A los que no... pasad y leed, es la única manera de explicarlo. Si sentís que no estáis invitados, que miráis por el hueco de una cerradura, felicidades, estáis dentro. Habrá heridas y cicatrices que tal vez os salten... no os preocupéis, es que estáis vivos.
Me
desperté, recuerdo que me desperté. Era de noche, lo sigue siendo,
y hacía frío, lo sigue haciendo.
Estaba
solo, aunque hace mucho tiempo que eso no es ninguna novedad.
Corrí,
sólo recuerdo que corrí, hasta llegar aquí, y no sé la razón.
Tal vez no la haya. A la mitad de la nada, a lo alto de una cima, que
quizás ya sea algo después de estar tan acostumbrado a ir de lodo
en lodo. A mirar a la Luna, y a que ella me mire a los ojos. A saber
cuánto tiempo he perdido, he malgastado, y que siempre tuve yo la
culpa. A vomitar cada una de mis espinas, y a recordar que hubo un
día en que no me equivocaba, o al menos no tanto. Un día en el que
tú estabas a mi lado, y hasta me sentía mejor persona.
Ahora
lo entiendo todo.
No era
cuestión de personalidades, ni de imposibles. Siempre fue culpa mía.
Siempre
fue la jodida necesidad de tener que cagarla una vez tras otra,
siempre fue verte llorar y ser tan imbécil de quedarme petrificado
en vez de actuar. Me dolía, si te sirve de consuelo, me dolía.
Ahora ni siquiera puede calificarse como dolor. Ahora es una agonía,
ahora es una hoja de afeitar ahondando en mi garganta un poco más en
cada pasada. Cada una de las lágrimas que derramaste por mi culpa
como cien años de penitencia, cada noche que te dormiste cansada de
sufrir como un siglo más en el purgatorio.
Sí,
quizás esté en el purgatorio, después de todo. Quizás estos
árboles secos y oscuros que veo a mi alrededor no sean más que la
metáfora de todo lo que me envuelve, quizás este silencio
simplemente sea para oír tus gritos aún más fuertes, hasta que el
oído me sangre.
Siento
como la Luna se refleja en mis pupilas temblorosas, y sé que sabe lo
que siento, como sé que ya es tarde para todo. Es tarde hasta para
decir que es tarde. Caigo de rodillas, fulminado, y mis manos golpean
mis muslos al caer en peso muerto, como si tuviera las muñecas
esposadas.
Quizás
siempre las he tenido.
Siempre
fue culpa mía. Y por más que tú lo intentabas una y otra vez, nada
se solucionaba. Ahora entiendo por qué. Tú siempre dejaste que yo
solo encontrara el camino, tú siempre confiaste en que volviera por
mí mismo al sendero correcto. Nunca supe cómo hacerlo. Quizás ese
fue tu único error, empeñarte en ver en mí algo que nunca fui,
creer que poseía algo dentro que nunca llegué a tener ni por asomo.
Lo
siento. Lo siento de verdad. Por cada segundo que perdiste conmigo,
por cada vez que confiaste en mí, y yo te defraudé.
No era
por voluntad... era por naturaleza.
Levanto
la vista de nuevo hacia esa Luna que cada vez brilla más, y me
obligo a tener la cabeza alta, al menos por una vez en mi vida. Me
parece ver unos ojos, unos ojos que me recuerdan a un pasado donde,
por un tiempo, incluso fui alguien. Esos ojos sonríen, y ya no
escucho tus gritos, sino tus risas.
Ahora
la soledad no agobia, sino acompaña.
Sonrío,
un poco desubicado, y sé que, al menos, no te he fallado por una
vez.
Que
sabes de este dolor, de mi inflexible sentimiento de culpa, de mis
ganas de devolvértelo.
Que,
aunque nunca ponga fin a mi penitencia, al menos puedo probar a salir
del purgatorio. Quien sabe, igual a partir de mañana puedo empezar a
arreglar todo ese dolor que te causé haciendo feliz a otros ojos,
quizás pueda darles todo lo que tú me enseñaste y yo nunca supe
aprender... incluso puede que sean los tuyos, que te encuentre a la
vuelta de cualquier esquina, detrás de cualquier purgatorio.
Seas
tú, o sea otro ser, esta vez aprenderé, porque logré hacerte bien,
aunque haya sido por última vez.
Porque
tú siempre me quedaste grande, pero yo puedo aprender a intentar
volar a tu altura.
Porque
los árboles oscuros y secos comienzan a florecer, porque la noche
eterna se acaba y el cielo empieza a clarear, porque me escuecen las
muñecas, tras quitarme las esposas.
Porque
se abren las puertas del purgatorio, y tal vez, después de todo, me
sigas esperando fuera.
Esto no es un relato... es un trozo de alma , sólo que escrito.
"Que el mundo entero sepa que esto no se hace en vano... que es por mi hermano."
Supongo que no es necesario decir esto con palabras, no sé.
Quizás es eso que siempre vuelvo a hacer, refugiarme en mis líneas, en la tinta y el papel, para sacarme todo aquello que tengo dentro, y que, si no fuera por esto, no sabría cómo hacer.
Supongo que es ese pasar de los días, esa ausencia de palabras, tal vez porque no hay nada que decir, tal vez porque sabemos que no es necesario eso, que entre nosotros no hace falta un cómo estás rutinario, porque sabemos que el otro está ahí, es mucho tiempo, muchos años, mucha vida.
A veces pienso en ti, y me pregunto si tendrás tan seguro como lo tengo yo que estoy ahí, aunque no hablemos demasiado. Que siempre lo he estado, como lo has estado tú, que siempre lo estaré, como lo estarás tú. Como Ángel y Sergio, esas dos personas tan importantes en nuestra infancia, y que ahora estarán sobrepasando la treintena.
Supongo que es mi manera de hacerte saber lo que pienso, y que no es necesario decir nada más: no es necesario contar batallitas, ni nombrar todos los millones de veces que uno ha estado al lado del otro: perdimos la cuenta, si es que algún día la llevamos.
Toda una vida.
Y como dice la canción:
En el fondo, tú y yo somos casi iguales.
El tiempo pasa, no hemos vuelto a hablar... y no quiero que pienses (jamás) que me he olvidado de ti.
Ahora que somos vecinos, bajando las persianas" Pablo Moro.
Existe un lugar donde las palabras no tienen sentido, donde las luces se apagan cuando estamos en casa, donde se hacen nudos en la garganta de tanto tragar. Un lugar donde vivimos continuamente, aunque quizás sea demasiado generoso con eso de vivir.
Un lugar donde cada día amanece con plásticos de pastillas tirados por el suelo de la cocina, donde los diarios siempre ponen las mismas noticias en la parte de las crónicas.
Un lugar donde no existen los niños.
Ya no somos niños.
Ya no hay lugar para sueños, para esas tardes en tu desván, en las que yo te escribía cursis cartas de amor, empezando la adolescencia, y tus ojos se fijaban en cada una de las líneas, con una sonrisa preciosa en tus labios. Yo te miraba, y pensaba que ya no eras una niña, que tu belleza cada vez se me alejaba más. Pero sí, sí que lo eras.
Sí que lo éramos.
Te pasabas el pelo por detrás de la oreja, y tus pupilas brillaban, tal vez rebosantes de sueños, de visualizar ese futuro perfecto, en nuestra casa, tú como una gran cantante, tal vez modelo, quizás las dos cosas, y yo como un afamado escritor.
Hace diez minutos miré por la ventana, buscando si había luz en la tuya. Tu persiana estaba bajada, como siempre.
Entonces, como iba diciendo, tú cantabas algo, cualquier canción de esas que te gustaban, y que, aunque no las entendía demasiado, me encantaba oír. Tu voz era celestial.
Éramos niños. Niños soñando cosas de niños.
Ahora el edificio está lleno de poesías rotas, de diarios guardados debajo de la cama, con hojas arrancadas, junto a jeringuillas y gomas elásticas.
Ahora nos saludamos con un simple movimiento de cabeza cuando nos encontramos al bajar la basura, y mentimos como auténticos hijos de puta.
Somos adultos.
Ahora tú lloras sentada en el suelo, apoyando la espalda sobre los pies de la cama, agobiada con la vida e intentando recordar dónde se quedó esa niña, dónde se quedó esa voz. Dónde están los escenarios, las pasarelas, el público, la fama. Dónde se quedó ese escritor llamado a escribir best-sellers, a pesar de que por más que mire a mi alrededor sólo vea bolas de papel alrededor de la papelera y tinta derramada, aunque tal vez sean lágrimas; siempre las confundí, nunca supe demasiado bien qué era lo que usaba para escribir. Quizás fuera una combinación de ambas.
Somos adultos.
Adultos con sus mil euros más a fin de mes en la cartilla, fingiendo que ya no nos acordamos de nada de aquello. Que era un camino difícil e iluso, por no decir imposible, que qué cojones estábamos pensando.
Qué tontos éramos de niños, podríamos decir, incluso, cualquier noche que acabáramos tomando una copa en el cutre bar de la esquina, después de encontrarnos por casualidad en el portal, tú fingiendo que te va de puta madre con el tío ese, escondiendo lágrimas y heridas, y yo echándote algún cuento sobre la cita que me esperaba, pero que la cancelo y me quedo contigo. No por amor, ni porque cada día me vuelva a cagar en la puta vida recordando aquel desván, aquellas cartas cursis, aquella voz celestial; simplemente por hacerte un favor, a ver qué te piensas.
Que ya no somos niños.
Así que ahí estaríamos, mirándonos a los ojos por primera vez en no sé cuanto tiempo, con el bar solitario, cualquier noche entre semana, mientras el camarero nos miraría con mala cara deseando irse a su casa, limpiando los últimos vasos de la noche. Hablaríamos de cosas intrascendentes, de mentiras. Quizás con un poco de suerte aún me quedaran ideas para coger una servilleta de papel y escribirte cuatro palabras, y, si fuera mi noche, tal vez incluso te pasaras el pelo por detrás de la oreja mientras lo lees.
Quizás sí, quizás ocurra eso algún día.
Pero ahora no, ahora estamos demasiado ocupados, tú asegurándote de que la puerta del armario donde encerraste hace tantos años todas las ilusiones no se abra, no vaya a ser que ceda un día que pases por su lado, y se te vuelquen encima de ti todos ellos, cubriéndote por completo, asfixiándote, y mandando a la mierda toda la absurda barrera mental que te esfuerzas por mantener cada día diciéndote que nada de eso importa ya... y yo, bueno, también tengo lo mío; también enciendo la tele cuando me viene algo parecido a inspiración, también miro debajo de la cama antes de dormir, no vaya a ser que se esconda algún protagonista de esos relatos que escribía, dispuesto a ahogarme con la almohada cuando me duerma, por cobarde, por haberle dejado consumirse, cuando estaba llamado a que todo el mundo conociera su historia, una noche, en una sala de Madrid, mientras recogía cualquier premio, junto con un cheque gigante, y tú aplaudías desde la primera fila, radiante y sonriente, recordando cómo y dónde nacieron esas líneas: en un antiguo desván, donde aún seguirán guardados todos nuestros sueños, donde dos niños aún continúan allí, cogidos de la mano, negándose a ser lo que somos, avergonzados cada día más viendo en lo que se han llegado a convertir.
Sueños que fingimos que hace mucho tiempo que ni recordamos, que eran simplemente cosas de niños. Lo mejor era esto, hombre. Cabeza, sensatez, un buen trabajo, y ser felices, como todos.
Una simple frase, una cualquiera, en el lugar menos esperado, que te haga nacer una historia.
"¿Qué haré cuando te busque en la clase, y mi eco me responda al llamarte?" "Y ahora cambiemos el mundo, amigo, que tú ya has cambiado el mío"
"VÉRTIGO, QUE EL MUNDO PARE... QUÉ CORTO SE ME HACE EL VIAJE."
Son las siete de la mañana, y un nuevo día bosteza.
Le doy una calada al cigarro recién encendido, y echo el humo, despacio, contra el cristal de la ventana que tengo delante de mí, que no duda en vengarse y devolvérmelo. Ni siquiera ha amanecido del todo, debería mirarme eso de fumar tanto.
Si ella estuviese aquí, si el condenado tiempo no hubiera seguido avanzando, cuando nadie se lo pidió, y se hubiera quedado eternamente en aquellos años, me lo diría, seguramente, con su voz calmada, siempre tan cuerda, siempre tan evidenciando que tenía el control de la situación, y que, en los raros casos en que no era así, no había nada de qué preocuparse, porque lo acabaría teniendo… y si no ahí estaba yo, ahí estaban ellos, para hacer de las dificultades algo más llevadero, siempre que fuera juntos.
Nunca es tarde para volver.
Hoy he vuelto a soñar, soñar con aquellos tiempos, volver allí, evadirme de la mierda de realidad y regresar a esos años de facultad, esa sensación de creer que nos comíamos el mundo, y no esta de ahora, continua e incesante, de sentir que vivo asustado debajo de la cama para que no sea él quien me coma a mí.
A veces sueño con ellos, con ella, y yo sé que es un sueño. Sé que no es real, pero eso me hace aún disfrutar más, volverlos a abrazar con más corazón, volver a besarla con más pasión… incluso les hago prometer a todos, como tantas veces hicimos, que cuando acaben esos años nada puede cambiar, que somos mucho más de lo que pensamos, y que nuestro vínculo, forjado a base de ideas políticas y hostias de varios tipos, a base de resistir y de soñar, es demasiado poderoso como para dejar que se debilite algún día.
Ellos me miran entonces, y me dicen, como en aquellos días, que por supuesto, con suma naturalidad; que no hay por qué preocuparse, que siempre será así… y en ese momento es cuando yo me tengo que callar, porque entonces desvelaría el secreto, me admitiría a mí mismo que es un simple sueño, y no puedo decirles que sé por qué lo digo, que evitemos que pase lo que pasó… que tenemos que impedir que el puto olvido se lleve todo lo que fuimos.
A veces sueño con ellos, con ella, y vuelvo a tener sus ojos claros buscando los míos, vuelve a hablarme de sueños, de planes, y me los cuenta con la misma ilusión que me los contaba en aquellos días… y entonces yo sonrío, y le digo, como por aquel entonces, que no tengo ninguna duda de que todo eso se cumplirá. Ya casi no me cuesta esconder la pena, la tentación de decirle que no se harán realidad ni uno solo de esos planes, que nunca llegará a ejercer de aquello que soñaba, y que, en su mediocre futuro, ni siquiera estaré junto a ella.
Amanece, y a lo mejor hoy es un día diferente. A lo mejor ocurre algo, algo que cambie el mundo, que la humanidad necesite, y la efeméride de hoy sea recordada por los siglos de los siglos, amén. Quizás en algún rincón de la ciudad un grupo de universitarios se estén vistiendo, medio dormidos, con restos de café en tazas esparcidas y sin haber dormido un solo minuto de la noche a causa de ese examen final en el aula magna, soñando a pesar de todo con que a partir de hoy todo cambiará, porque ellos no son como los demás, porque ellos lo van a conseguir.
Quizás uno de ellos esté llamando al timbre de la puerta de enfrente, y los ojos claros que le abran la puerta le hagan pensar, una vez más y sin proponérselo, que qué duro se le va a hacer cuando a partir de mañana ya no tenga ese timbre, ese despertar, esos ojos.
Tal vez no ocurra nada de eso, y sea un simple día normal, como cualquier otro. Las mismas prisas, los mismos rostros, los mismos ruidos. Días de vencedores, ridículo grupo reducido, y vencidos, los que mas, aplastante mayoría.
Días como ayer y como mañana, días de fingir que no recuerdas para no arder por dentro, de simular que has olvidado, que no te acuerdas de aquello, que al fin y al cabo no fue más que una bravata inconsciente de jóvenes demasiados echados para adelante, convertidos en lo que somos ahora, becerros de la sociedad, habiendo acabado por tirar por el camino que siempre juramos ni pisar, escupirle a nuestros sueños, a nuestras esperanzas, para tener algo aunque sea medio decente en la cartilla, a cambio de vender nuestras almas.
A veces pienso qué pensarían de nosotros aquellos jóvenes, y lo único que me imagino es una mirada, una sola mirada que nos echarían que duele más que cualquier insulto, cualquier desprecio. La mirada de saber que, a pesar de lo que creían en ese momento, ellos también fueron uno más. Ellos tampoco cumplieron sus sueños, sus esperanzas, planeadas y trazadas en servilletas del bar de la facultad.
No sé, no sé qué pasará. No sé si será un día especial, o será la misma mierda que todos los días.
Sólo sé que amanece, y que, al fin y al cabo, cada vez que esto ocurre, una pequeña llama dentro de mí, los restos que quedan de lo que fue un fuego vivo, tiene la esperanza de que algunos cumplan sus sueños por nosotros, de que hagan eso que prometimos hacer, y que, sin darnos cuenta, crecimos y nos dijimos que no valía tanto la pena.
Este es el precio que pagamos por ello, y yo espero nunca dejar de hacerlo. Para que no se me olvide, para recordarme un día tras otro lo distintos que pretendimos ser, y lo penosamente corrientes que acabamos siendo.
Nunca es tarde para volver. Ni siquiera para empezar.
Estaremos cansados, quizás algunos soñolientos, pero no importará.
Porque estaremos juntos.
Tal vez la existencia del mundo se base en algo tan simple como eso.
Los edificios se derrumbarán, los polos se derretirán, los termómetros estallarán y la capa de ozono dejará de existir.
¿Sabes? Puede que sea verdad, puede que el fin del mundo sea este año. Que nos quede poco, que todo se vaya a la mierda, que no haya nada más que hacer, que en esta ocasión sea cierto.
Ni lo pienso mucho ni me preocupa demasiado, pero, si te paras a pensar (y ya sabes que yo pienso en exceso) cada poco tiempo hay una nueva catástrofe natural, terremotos, tsunamis, todas esas cosas. Casi a diario te encuentras con una noticia en los periódicos o en la televisión que, aunque ya ni nos sorprenda, pues poco hay a estas alturas que consiga hacerlo, si la analizamos fríamente no son más que una locura tras otra, señales de que todo se está volviendo cada vez más preocupante, y no quiero ni poner ejemplos de todas las variedades que hay, a cual peor. El mundo se va a la mierda, eso está claro, y tal vez lo hayamos creado nosotros mismos. Así que sí, si algo de eso ocurre, no se puede decir que no nos lo hayamos buscado.
Cada vez hay menos razones para mantenerse aquí.
La explosión en el oscuro cielo de unos cercanos fuegos artificiales me hace salir de mis pensamientos, y me acomodo sobre la fría arena de la playa.
No sé qué hora es, supongo que no quedará demasiado para que amanezca. En una playa que ni sé su nombre ni quiero saberlo, y todo el mundo se divierte, y bebe, y baila, y ríe. Entre esa gente, la mayoría de personas que necesito en esta vida. Pero saben cómo soy, sabes cómo soy, y de vez en cuando me gustan estos momentos de soledad, apartarme del tumulto y observar todo desde fuera, mirar a cada una de las personas que están aquí, y verles la sonrisa en la cara, verlos bailar torpemente e inventar ingeniosas armas para ligar, verlos reír, diciendo una tontería sin sentido tras otra, como niños pequeños, y pasar el tiempo así.
Verte a ti.
Verte a ti, con un pareo blanco en contraste con tu tez morena, ver tu pelo liso caer sobre tus hombros, verte divertirte, buscarme con la mirada de vez en cuando, y saber que no necesitas encontrarme, que pronto apareceré, que, como decía, necesito estos momentos, van conmigo.
Y lo sé, que a veces hago cosas sin demasiado sentido, que en ocasiones mi mente no me deja disfrutar por completo de estos momentos, en los que simplemente hay que divertirse sin más y dejar de pensar… que soy demasiado raro.
¿Sabes? Puede que sí, que el mundo acabe este año. Pero sé que seguiréis bailando mientras los edificios se vienen abajo a nuestro alrededor, que permaneceréis aquí cuando los polos se derritan, que, simplemente, cogeréis una botella de agua fría cuando el clima se desetabilice por completo y la temperatura aumente insoportablemente… que continuaréis besando mientras la capa de ozono se va a la mierda, buscando (y encontrando) el oxígeno en esas bocas.
Que los jinetes frenarán sus caballos y observarán sorprendidos cómo ni siquiera os inmutais ante el final de nuestros días.
Porque no os importará.
Simplemente seguiréis aquí, eternamente, en esta playa. Porque sabréis que no existe mejor lugar, porque no nos interesa nada que sea salir de aquí.
Tu mirada se encuentra conmigo, y, tras sonreír, vienes hacia mí, manteniendo esa sonrisa, y alargando tu mano, para cogerme, para que vuelva con vosotros, para que dé por terminado este momento a solas con mi mente, de nuevo deje de pensar, y tan sólo esté con ellos, contigo. Que me divierta, que beba, que baile, que diga tonterías y ría hasta caerme en la arena con calambres en la barriga.
Que te bese, por si el final del mundo se adelanta, nos pille en esas.
Porque si queremos, no tiene por qué amanecer nunca. Y si aún así lo hace, ahí estaremos todos, como siempre lo hemos estado. Nuestros ojos se fijarán en cómo el cielo cambia de azul muy oscuro a cada vez más claro, para acabar en un brillante tono anaranjado. En ese momento no habrá risas, ni bebida, ni chistes. En ese momento todos os acomodaréis un poco más a mi mundo, y, aunque estemos juntos, cada uno estará con su mente a solas.
Habrá ocasión para manos en el hombro del amigo, para coger las manos de ellas, para respirar. Siempre ha sido así.
Pero estaremos en silencio, atentos a ese naranja que se alzará ante nosotros.
Estaremos cansados, quizás algunos soñolientos, pero no importará.
Porque estaremos juntos.
Tal vez la existencia del mundo se base en algo tan simple como eso.
Pero ahora es tiempo de reír, de bailar, de beber, de besar.
Y, después de esta noche, que acabará solamente cuando nosotros queramos (tal vez nunca) existirá una razón para pensar que, si en la faz de la Tierra hay una sola persona más que esté haciendo lo mismo en ese momento, es imposible que el mundo termine este año.
Aún vale la pena seguir aquí.
Estamos juntos, en esta noche eterna, y no importa nada más.
Los edificios se derrumbarán, los polos se derretirán, los termómetros estallarán y la capa de ozono dejará de existir.
Y, mientras todo eso ocurre, seguiréis aquí. Porque sabréis que no existe mejor lugar, porque no nos interesa nada que sea salir de aquí.
Reíd, bailad, bebed, besad.
Tal vez la existencia del mundo se base en algo tan simple como eso.
No es por las palabras, ni por lo que significan, es porque en ese momento sabes que es verdad, que se va a poder con todo.
"A veces el camino duele, pero, con valor, yo sé que tú puedes. "
Es curioso lo sorprendente, para bueno y para malo (generalmente para malo) que puede llegar a ser una persona. Cada vez más insatisfechos teniendo todo, sin llegar a poseer nada que nos plazca por completo, siempre avaros, egoístas, mirando por uno mismo, fijándonos en lo físico o material, y por supuesto queriendo más, más… y, en los momentos de verdad importantes, en los que más necesitas algo, en ese caso no satisface ningún billete por mucha cantidad que ponga en su esquina, ni un coche, ni un vestido caro, ni siquiera un lugar grande y confortable para vivir.
Un hombre camina a casa mirando al suelo, absorto en sus pensamientos. Se nota la preocupación en su gesto abstraído, sin fijarse absolutamente en nada que no sea una baldosa tras otra, tal vez caminando de forma lenta para retrasar el momento en el que tenga que llegar a casa, abrir la puerta, y ver a esos dos mocosillos que son su vida entera, uno sentado en su sillita alta, con un babero que habrá manchado al nanosegundo de que se lo hayan puesto, y a su hermano pegando pelotazos por la casa, cada semana con un ídolo futbolístico nuevo, y seguir recordando en su mente cómo le han denegado ese aumento de sueldo (si es que puede llamarse “sueldo”) y no por esperado se desagravia la noticia, pues no tiene ni remota idea de cómo lo va a hacer para seguir caminando hacia delante, sobre todo cuando mire a esa mujer que, cada año que pasa, está aún más bonita, y tan sólo con mirarle a los ojos ella sepa la respuesta… ella siempre sabe la respuesta sólo con eso, se trate de lo que se trate.
Una chica lo adelanta por el camino, pero él no se percata.
Sin embargo, el chico que está en la acera de enfrente, apoyando la espalda en una farola, él sí que lo hace. A diario. De hecho, las primeras ocasiones fueron casualidad, pero ahora, si está aquí un día más, es precisamente para volver a verla. Ella siempre va tan… tan distraída, con su carpeta bajo el brazo. Algunas veces la ha visto esperar el bus, dibujando no sabe qué, apoyando la carpeta en sus piernas cruzadas y trazando con el lápiz líneas que él nunca puede llegar a ver. Tantos días, sin una palabra, sin una mala coincidencia… y eso que él no pierde ni un segundo cuando quiere hablarle a alguna chica. Pero precisamente por eso no quiere hacer lo mismo esta vez, no quiere sentir que es una más, que es la misma estrategia que cualquier otra… ese gesto distraído de ella, esa mirada melancólica, sin saber por qué, hace mucho que le hizo interesarse mucho más allá. La ve pasar, con los auriculares puestos sin prestar ni la más mínima atención a lo que suena, con esa rigidez que tan lejana le quedaba para dirigirse a ella, y simplemente esperando un gesto, una mirada, que haga que todo se produzca solo… pero nunca ocurre nada.
Desde la última ventana del edificio que está una calle más allá unos ojos se posan en él, pero eso el chico no lo puede saber.
Se fija en él, sí, pero a los pocos segundos corre la cortina, y deja de mirar por la ventana. Ahí no va a encontrar ni respuestas ni esperanzas para lo único que le preocupa en esta vida. Se pasa el pelo por detrás de la oreja, cruza los brazos, y mira hacia la cama de la habitación 324 del hospital central de la ciudad. Su padre, ese que tanto le subió a caballito de pequeña, ese que se sentaba con ella a hacer los deberes, y que vistió a cada una de sus muñecas, duerme, después de haberle puesto un calmante por vía intravenosa. No sabe lo que pasará, y tiene miedo. Pero aquí va a estar, aquí dormirá, aquí vivirá. Velará por su sueño… al fin y al cabo, se lo debe, ¿Acaso no velaba él por el suyo en las noches en las que ella no podía dormir porque tenía miedo? Él se quedaba con ella, sentado en una silla, haciéndole ver que todo iba a ir bien. Ella está aquí exactamente para hacerle ver lo mismo. Se seca rápidamente esas lágrimas que nunca deja derramar, y menos delante de alguien, y vuelve a mirar por la ventana, fijando la vista en una pareja (o esa es la idea que se le viene espontáneamente a la cabeza) que camina hacia el norte, cruzándose con la chica de la carpeta, con el chico que la mira, con el hombre que camina despacio hacia su casa.
No deben haber pasado siquiera la adolescencia, y él lleva un balón de fútbol debajo del brazo. Se dirigen hacia las instalaciones deportivas, puesto que hoy hacen las pruebas para el equipo, y es su gran oportunidad, su gran sueño.
El chico de los auriculares traga saliva, y, de repente, una frase se adueña de su mente, inundándola por completo, sin dejar espacio para ningún pensamiento más. “Todo va a ir bien” Las palabras suenan en su mente una y otra vez, hasta que, como si fuera un automatismo, salen de su boca, en un simple susurro, pero con una fuerza desgarradora. “Todo va a ir bien” repite, un poco más alto, pero lleno de convicción, y se dirige hacia la chica de la carpeta. No piensa esperar ni un solo día más, no quiere una mañana más simplemente viéndola pasar, sin encontrar la palabra adecuada, con el corazón latiendo a reventar y esperando que el destino le ponga la oportunidad en bandeja. El destino lo crea él. No quiere más momentos de mirarla dibujar sin atreverse a acercarse.
El hombre llega a casa y abre, y, efectivamente, la escena es tal y cómo la imaginó, incluída ella, incluída su mirada, adivinándolo todo.
Entonces, tras ese momento de desilusión, una sonrisa como sólo ella sabe poner, esa que la hace aún más bella de lo que ya es, aparece en su cara. Una sonrisa de verdad, no de esas por cumplir ni para que el otro se sienta mejor.
- Todo va a ir bien.
Dice, y aunque no haya ninguna razón para animarse, el simple hecho de oírlo, la convicción de esas palabras, hace que la esperanza le vuelva, a la vez que rellena automáticamente el tanque de esa fuerza para seguir luchando por todo, por él, por ella, por ellos. “Todo va a ir bien” Le ha dicho ella, y no tiene ninguna duda de que será verdad. Ella nunca miente.
Las dos miradas adolescentes miran el campo de césped, impresionados, sin decir ni una palabra. Hoy es el día, hoy es la prueba para poder jugar, para ser parte de la plantilla y jugar al fútbol cada domingo, lo que siempre había soñado. Se miran, se sonríen, y se abrazan como solo dos adolescentes pueden hacerlo, y en ese momento, el chico le cede la pelota a la chica.
- Estoy nerviosa. –Dice ella-
Él sonríe, y la calma sólo con ese gesto.
- Todo va a ir bien.
Entonces, como si sólo por decirlo él ya fuese verdad (a lo mejor no es tan lejos de eso) ella sonríe ampliamente, y le abraza aún más fuerte. Coge la pelota, y se encamina hacia el centro del campo, donde esperan todos los chicos que también quieren hacer la prueba.
Ella vuelve a mirar por la ventana del hospital, aunque la calle ahora está desierta, excepto un chico que ha parado a una chica que le llevaba unos cuantos pasos de distancia, con una carpeta debajo del brazo, y que, al cogerla él por el codo, ha hecho que un papel se caiga de la misma, aunque ninguno de los dos se ha dado cuenta. Hablan, y sonríen, y siguen juntos el camino.
- Eh, tú.
Esas palabras la sacan de ser la única observadora de la escena que sucede en la calle, y su atención vuelve a estar totalmente en ese ser que está en la cama.
- ¿Ya te has despertado?
Su padre asiente dificultosamente, y le insta a que se siente a su lado. Ella lo hace, y se esfuerza porque él la vea alegre, con esperanzas, con fuerza. Le tiene que dar fuerzas.
Él la mira, y sonríe.
- Todo va a ir bien, lo sabes, ¿No?
Dice, cogiéndole la mano.
Ella asiente, y las lágrimas caen por sus mejillas, esta vez sin poder secárselas, dándose cuenta que, irónicamente, nada ha cambiado. Él es el que le da fuerzas a ella… siempre ha sido así.
Y si, ahora no tiene ni la más mínima duda de que todo irá bien.
Los monstruos de debajo de la cama en forma de jodida enfermedad se van encendiendo la luz y siendo más fuertes que ellos.
Y ellos dos lo son.
Una frase que puede más que nada, que hace que nazca una fuerza sobrenatural dentro, y no son por las palabras utilizadas, no. Es por quién las dice, y por la convicción de cómo las dice. En ese momento no existen dudas, ni temores. Se sabe que se podrá con todo.
Porque esas palabras son verdad hablada, en su más concentrado significado.
La calle está desierta, mientras un papel sigue revoloteando por sus aceras solitarias, hasta pararse en medio de la carretera. Es un rostro dibujado, y se parece bastante al de un chico que, hace unos minutos, miraba a la dueña del mismo mientras pasaba, un día más.
No es por las palabras, ni por lo que significan, es porque en ese momento sabes que es verdad, que se va a poder con todo.
Que todo va a ir bien.
"La abrazo, y me uno al grupo, mirando ese cielo cada vez más iluminado.
Algo debe tener, cuando todas las personas que más quiero en este mundo ahora mismo están o mirándolo, o en él."
Vaya tontería.
Una gran e infantil tontería.
Hace un frío que hiela los huesos, y no entiendo qué sentido tiene estar aquí, a la intemperie, sólo por recibir al año. ¿Acaso no va a venir igualmente? Y que lo hagan los adolescentes, aquellos que aún tienen la cabeza apta para creerse las típicas pelis que se estrenan en esta época del año y tal, mira, pero ¿Nosotros? Por favor. Pero nada, es lo que toca.
Pero sigo y seguiré diciendo que es una tontería.
Los primeros fuegos artificiales saltan por los aires, llenando el oscuro cielo de colores totalmente diferentes, y mi única sonrisa se escapa por la sencilla razón de que el idiota que los haya tirado aún no se ha parado a mirar el reloj y ver que todavía no es la hora. Un “oh” infantil se oye al unísono, y la vergüenza ajena se apodera de mí. Miro hacia un lado, y veo a un par de amigos míos, de esos de los de verdad, de los que no es que sepas que siempre han estado ahí, sino que nunca se irán. Miran hacia el cielo como niños pequeños, y veo, con sorpresa, que tienen los ojos iluminados (y no, aún no han hecho nada para que haya un motivo para que los tengan así). Me sorprende verles así, y, cuando me doy cuenta, una sonrisa se adueña de mi boca.
Todo se va llenando de bombillas de colores progresivamente, y todo el mundo parece ilusionarse como si su felicidad dependiera de cada una de esas luces.
Quedan apenas cinco minutos, y siento los nervios en cada ser que está aquí conmigo, aunque yo no los encuentre por ningún lado.
Los fuegos siguen manifestándose, y cada vez veo a amigos más ilusionados, incluído ese que juraba y perjuraba que jamás sería tan idiota como para “entontarse” (palabra suya) por culpa de una chica… ahí lo tengo, abrazado por detrás a una rubia que conoció a principios de verano. Apoya su barbilla en el hombro de ella, teniendo que inclinarse un poco para ello, y ella sonríe y lo besa en la mejilla. Él me mira, y no, ya no recuerda aquella frase de los entontamientos. Está feliz, y me guiña el ojo. Sin saberlo, mi sonrisda se ha vuelto a engrandar. Estoy con quien quiero estar, con todos ellos… y con ella, por supuesto. Noto como una mano me tira levemente de la chaqueta, y la miro. Me sonríe, feliz (ella es la primera a la que le encantan las luces, los fuegos, todo lo relacionado con esto, que a mí me parece una tontería) y rodea mi cintura con sus brazos, mientras deja caer su mejilla en mi pecho.
La abrazo, y me uno al grupo, mirando ese cielo cada vez más iluminado.
Algo debe tener, cuando todas las personas que más quiero en este mundo ahora mismo están o mirándolo, o en él.
Lo de menos es en qué parte estamos cada uno. Estamos juntos, y eso es lo que importa.
La abrazo, y ella me mira, con la sonrisa aún más feliz que antes.
Ahora todos miramos al cielo, la inmensa mayoría expectantes porque llegue el momento, felices, y yo también, si ellos, y si ella, ese ser que ahora mismo me abraza, y no quiero que me suelte nunca, lo están.
Llegó la hora, termina el año y todo el mundo, simplemente por eso, en unos instantes saltará, gritará de alegría, se abrazará y reirá.
Vaya tontería.
Tan sólo espero que el año que entra, y toda nuestra vida, esté repleta de tonterías como esta.