lunes, 23 de enero de 2012

Teoría sobre el final.

Estaremos cansados, quizás algunos soñolientos, pero no importará.
Porque estaremos juntos.



Tal vez la existencia del mundo se base en algo tan simple como eso.



Los edificios se derrumbarán, los polos se derretirán, los termómetros estallarán y la capa de ozono dejará de existir.
¿Sabes? Puede que sea verdad, puede que el fin del mundo sea este año. Que nos quede poco, que todo se vaya a la mierda, que no haya nada más que hacer, que en esta ocasión sea cierto.
Ni lo pienso mucho ni me preocupa demasiado, pero, si te paras a pensar (y ya sabes que yo pienso en exceso) cada poco tiempo hay una nueva catástrofe natural, terremotos, tsunamis, todas esas cosas. Casi a diario te encuentras con una noticia en los periódicos o en la televisión que, aunque ya ni nos sorprenda, pues poco hay a estas alturas que consiga hacerlo, si la analizamos fríamente no son más que una locura tras otra, señales de que todo se está volviendo cada vez más preocupante, y no quiero ni poner ejemplos de todas las variedades que hay, a cual peor. El mundo se va a la mierda, eso está claro, y tal vez lo hayamos creado nosotros mismos. Así que sí, si algo de eso ocurre, no se puede decir que no nos lo hayamos buscado.
Cada vez hay menos razones para mantenerse aquí.
La explosión en el oscuro cielo de unos cercanos fuegos artificiales me hace salir de mis pensamientos, y me acomodo sobre la fría arena de la playa.
No sé qué hora es, supongo que no quedará demasiado para que amanezca. En una playa que ni sé su nombre ni quiero saberlo, y todo el mundo se divierte, y bebe, y baila, y ríe. Entre esa gente, la mayoría de personas que necesito en esta vida. Pero saben cómo soy, sabes cómo soy, y de vez en cuando me gustan estos momentos de soledad, apartarme del tumulto y observar todo desde fuera, mirar a cada una de las personas que están aquí, y verles la sonrisa en la cara, verlos bailar torpemente e inventar ingeniosas armas para ligar, verlos reír, diciendo una tontería sin sentido tras otra, como niños pequeños, y pasar el tiempo así.
Verte a ti.
Verte a ti, con un pareo blanco en contraste con tu tez morena, ver tu pelo liso caer sobre tus hombros, verte divertirte, buscarme con la mirada de vez en cuando, y saber que no necesitas encontrarme, que pronto apareceré, que, como decía, necesito estos momentos, van conmigo.
Y lo sé, que a veces hago cosas sin demasiado sentido, que en ocasiones mi mente no me deja disfrutar por completo de estos momentos, en los que simplemente hay que divertirse sin más y dejar de pensar… que soy demasiado raro.
¿Sabes? Puede que sí, que el mundo acabe este año. Pero sé que seguiréis bailando mientras los edificios se vienen abajo a nuestro alrededor, que permaneceréis aquí cuando los polos se derritan, que, simplemente, cogeréis una botella de agua fría cuando el clima se desetabilice por completo y la temperatura aumente insoportablemente… que continuaréis besando mientras la capa de ozono se va a la mierda, buscando (y encontrando) el oxígeno en esas bocas.
Que los jinetes frenarán sus caballos y observarán sorprendidos cómo ni siquiera os inmutais ante el final de nuestros días.
Porque no os importará.
Simplemente seguiréis aquí, eternamente, en esta playa. Porque sabréis que no existe mejor lugar, porque no nos interesa nada que sea salir de aquí.
Tu mirada se encuentra conmigo, y, tras sonreír, vienes hacia mí, manteniendo esa sonrisa, y alargando tu mano, para cogerme, para que vuelva con vosotros, para que dé por terminado este momento a solas con mi mente, de nuevo deje de pensar, y tan sólo esté con ellos, contigo. Que me divierta, que beba, que baile, que diga tonterías y ría hasta caerme en la arena con calambres en la barriga.
Que te bese, por si el final del mundo se adelanta, nos pille en esas.
Porque si queremos, no tiene por qué amanecer nunca. Y si aún así lo hace, ahí estaremos todos, como siempre lo hemos estado. Nuestros ojos se fijarán en cómo el cielo cambia de azul muy oscuro a cada vez más claro, para acabar en un brillante tono anaranjado. En ese momento no habrá risas, ni bebida, ni chistes. En ese momento todos os acomodaréis un poco más a mi mundo, y, aunque estemos juntos, cada uno estará con su mente a solas.
Habrá ocasión para manos en el hombro del amigo, para coger las manos de ellas, para respirar. Siempre ha sido así.
Pero estaremos en silencio, atentos a ese naranja que se alzará ante nosotros.
Estaremos cansados, quizás algunos soñolientos, pero no importará.
Porque estaremos juntos.
Tal vez la existencia del mundo se base en algo tan simple como eso.
Pero ahora es tiempo de reír, de bailar, de beber, de besar.
Y, después de esta noche, que acabará solamente cuando nosotros queramos (tal vez nunca) existirá una razón para pensar que, si en la faz de la Tierra hay una sola persona más que esté haciendo lo mismo en ese momento, es imposible que el mundo termine este año.
Aún vale la pena seguir aquí.
Estamos juntos, en esta noche eterna, y no importa nada más.
Los edificios se derrumbarán, los polos se derretirán, los termómetros estallarán y la capa de ozono dejará de existir.
Y, mientras todo eso ocurre, seguiréis aquí. Porque sabréis que no existe mejor lugar, porque no nos interesa nada que sea salir de aquí.
Reíd, bailad, bebed, besad.
Tal vez la existencia del mundo se base en algo tan simple como eso.

lunes, 16 de enero de 2012

Todo Va a Ir Bien

No es por las palabras, ni por lo que significan, es porque en ese momento sabes que es verdad, que se va a poder con todo.


"A veces el camino duele, pero, con valor, yo sé que tú puedes. "


 Es curioso lo sorprendente, para bueno y para malo (generalmente para malo) que puede llegar a ser una persona. Cada vez más insatisfechos teniendo todo, sin llegar a poseer nada que nos plazca por completo, siempre avaros, egoístas, mirando por uno mismo, fijándonos en lo físico o material, y por supuesto queriendo más, más… y, en los momentos de verdad importantes, en los que más necesitas algo, en ese caso no satisface ningún billete por mucha cantidad que ponga en su esquina, ni un coche, ni un vestido caro, ni siquiera un lugar grande y confortable para vivir.
Un hombre camina a casa mirando al suelo, absorto en sus pensamientos. Se nota la preocupación en su gesto abstraído, sin fijarse absolutamente en nada que no sea una baldosa tras otra, tal vez caminando de forma lenta para retrasar el momento en el que tenga que llegar a casa, abrir la puerta, y ver a esos dos mocosillos que son su vida entera, uno sentado en su sillita alta, con un babero que habrá manchado al nanosegundo de que se lo hayan puesto, y a su hermano pegando pelotazos por la casa, cada semana con un ídolo futbolístico nuevo, y seguir recordando en su mente cómo le han denegado ese aumento de sueldo (si es que puede llamarse “sueldo”) y no por esperado se desagravia la noticia, pues no tiene ni remota idea de cómo lo va a hacer para seguir caminando hacia delante, sobre todo cuando mire a esa mujer que, cada año que pasa, está aún más bonita, y tan sólo con mirarle a los ojos ella sepa la respuesta… ella siempre sabe la respuesta sólo con eso, se trate de lo que se trate.
Una chica lo adelanta por el camino, pero él no se percata.
Sin embargo, el chico que está en la acera de enfrente, apoyando la espalda en una farola, él sí que lo hace. A diario. De hecho, las primeras ocasiones fueron casualidad, pero ahora, si está aquí un día más, es precisamente para volver a verla. Ella siempre va tan… tan distraída, con su carpeta bajo el brazo. Algunas veces la ha visto esperar el bus, dibujando no sabe qué, apoyando la carpeta en sus piernas cruzadas y trazando con el lápiz líneas que él nunca puede llegar a ver. Tantos días, sin una palabra, sin una mala coincidencia… y eso que él no pierde ni un segundo cuando quiere hablarle a alguna chica. Pero precisamente por eso no quiere hacer lo mismo esta vez, no quiere sentir que es una más, que es la misma estrategia que cualquier otra… ese gesto distraído de ella, esa mirada melancólica, sin saber por qué, hace mucho que le hizo interesarse mucho más allá. La ve pasar, con los auriculares puestos sin prestar ni la más mínima atención a lo que suena, con esa rigidez que tan lejana le quedaba para dirigirse a ella, y simplemente esperando un gesto, una mirada, que haga que todo se produzca solo… pero nunca ocurre nada.
Desde la última ventana del edificio que está una calle más allá unos ojos se posan en él, pero eso el chico no lo puede saber.
Se fija en él, sí, pero a los pocos segundos corre la cortina, y deja de mirar por la ventana. Ahí no va a encontrar ni respuestas ni esperanzas para lo único que le preocupa en esta vida. Se pasa el pelo por detrás de la oreja, cruza los brazos, y mira hacia la cama de la habitación 324 del hospital central de la ciudad. Su padre, ese que tanto le subió a caballito de pequeña, ese que se sentaba con ella a hacer los deberes, y que vistió a cada una de sus muñecas, duerme, después de haberle puesto un calmante por vía intravenosa. No sabe lo que pasará, y tiene miedo. Pero aquí va a estar, aquí dormirá, aquí vivirá. Velará por su sueño… al fin y al cabo, se lo debe, ¿Acaso no velaba él por el suyo en las noches en las que ella no podía dormir porque tenía miedo? Él se quedaba con ella, sentado en una silla, haciéndole ver que todo iba a ir bien. Ella está aquí exactamente para hacerle ver lo mismo. Se seca rápidamente esas lágrimas que nunca deja derramar, y menos delante de alguien, y vuelve a mirar por la ventana, fijando la vista en una pareja (o esa es la idea que se le viene espontáneamente a la cabeza) que camina hacia el norte, cruzándose con la chica de la carpeta, con el chico que la mira, con el hombre que camina despacio hacia su casa.
No deben haber pasado siquiera la adolescencia, y él lleva un balón de fútbol debajo del brazo. Se dirigen hacia las instalaciones deportivas, puesto que hoy hacen las pruebas para el equipo, y es su gran oportunidad, su gran sueño.
El chico de los auriculares traga saliva, y, de repente, una frase se adueña de su mente, inundándola por completo, sin dejar espacio para ningún pensamiento más. “Todo va a ir bien” Las palabras suenan en su mente una y otra vez, hasta que, como si fuera un automatismo, salen de su boca, en un simple susurro, pero con una fuerza desgarradora. “Todo va a ir bien” repite, un poco más alto, pero lleno de convicción, y se dirige hacia la chica de la carpeta. No piensa esperar ni un solo día más, no quiere una mañana más simplemente viéndola pasar, sin encontrar la palabra adecuada, con el corazón latiendo a reventar y esperando que el destino le ponga la oportunidad en bandeja. El destino lo crea él. No quiere más momentos de mirarla dibujar sin atreverse a acercarse.
El hombre llega a casa y abre, y, efectivamente, la escena es tal y cómo la imaginó, incluída ella, incluída su mirada, adivinándolo todo.
Entonces, tras ese momento de desilusión, una sonrisa como sólo ella sabe poner, esa que la hace aún más bella de lo que ya es, aparece en su cara. Una sonrisa de verdad, no de esas por cumplir ni para que el otro se sienta mejor.
- Todo va a ir bien.
Dice, y aunque no haya ninguna razón para animarse, el simple hecho de oírlo, la convicción de esas palabras, hace que la esperanza le vuelva, a la vez que rellena automáticamente el tanque de esa fuerza para seguir luchando por todo, por él, por ella, por ellos. “Todo va a ir bien” Le ha dicho ella, y no tiene ninguna duda de que será verdad. Ella nunca miente.
Las dos miradas adolescentes miran el campo de césped, impresionados, sin decir ni una palabra. Hoy es el día, hoy es la prueba para poder jugar, para ser parte de la plantilla y jugar al fútbol cada domingo, lo que siempre había soñado. Se miran, se sonríen, y se abrazan como solo dos adolescentes pueden hacerlo, y en ese momento, el chico le cede la pelota a la chica.
- Estoy nerviosa. –Dice ella-
Él sonríe, y la calma sólo con ese gesto.
- Todo va a ir bien.
Entonces, como si sólo por decirlo él ya fuese verdad (a lo mejor no es tan lejos de eso) ella sonríe ampliamente, y le abraza aún más fuerte. Coge la pelota, y se encamina hacia el centro del campo, donde esperan todos los chicos que también quieren hacer la prueba.
Ella vuelve a mirar por la ventana del hospital, aunque la calle ahora está desierta, excepto un chico que ha parado a una chica que le llevaba unos cuantos pasos de distancia, con una carpeta debajo del brazo, y que, al cogerla él por el codo, ha hecho que un papel se caiga de la misma, aunque ninguno de los dos se ha dado cuenta. Hablan, y sonríen, y siguen juntos el camino.
- Eh, tú.
Esas palabras la sacan de ser la única observadora de la escena que sucede en la calle, y su atención vuelve a estar totalmente en ese ser que está en la cama.
- ¿Ya te has despertado?
Su padre asiente dificultosamente, y le insta a que se siente a su lado. Ella lo hace, y se esfuerza porque él la vea alegre, con esperanzas, con fuerza. Le tiene que dar fuerzas.
Él la mira, y sonríe.
- Todo va a ir bien, lo sabes, ¿No?
Dice, cogiéndole la mano.
Ella asiente, y las lágrimas caen por sus mejillas, esta vez sin poder secárselas, dándose cuenta que, irónicamente, nada ha cambiado. Él es el que le da fuerzas a ella… siempre ha sido así.
Y si, ahora no tiene ni la más mínima duda de que todo irá bien.
Los monstruos de debajo de la cama en forma de jodida enfermedad se van encendiendo la luz y siendo más fuertes que ellos.
Y ellos dos lo son.
Una frase que puede más que nada, que hace que nazca una fuerza sobrenatural dentro, y no son por las palabras utilizadas, no. Es por quién las dice, y por la convicción de cómo las dice. En ese momento no existen dudas, ni temores. Se sabe que se podrá con todo.
Porque esas palabras son verdad hablada, en su más concentrado significado.
La calle está desierta, mientras un papel sigue revoloteando por sus aceras solitarias, hasta pararse en medio de la carretera. Es un rostro dibujado, y se parece bastante al de un chico que, hace unos minutos, miraba a la dueña del mismo mientras pasaba, un día más.
No es por las palabras, ni por lo que significan, es porque en ese momento sabes que es verdad, que se va a poder con todo.
Que todo va a ir bien.

sábado, 31 de diciembre de 2011

2012



"La abrazo, y me uno al grupo, mirando ese cielo cada vez más iluminado.
Algo debe tener, cuando todas las personas que más quiero en este mundo ahora mismo están o mirándolo, o en él."


 
Vaya tontería.
Una gran e infantil tontería.
Hace un frío que hiela los huesos, y no entiendo qué sentido tiene estar aquí, a la intemperie, sólo por recibir al año. ¿Acaso no va a venir igualmente? Y que lo hagan los adolescentes, aquellos que aún tienen la cabeza apta para creerse las típicas pelis que se estrenan en esta época del año y tal, mira, pero ¿Nosotros? Por favor. Pero nada, es lo que toca.
Pero sigo y seguiré diciendo que es una tontería.
Los primeros fuegos artificiales saltan por los aires, llenando el oscuro cielo de colores totalmente diferentes, y mi única sonrisa se escapa por la sencilla razón de que el idiota que los haya tirado aún no se ha parado a mirar el reloj y ver que todavía no es la hora. Un “oh” infantil se oye al unísono, y la vergüenza ajena se apodera de mí. Miro hacia un lado, y veo a un par de amigos míos, de esos de los de verdad, de los que no es que sepas que siempre han estado ahí, sino que nunca se irán. Miran hacia el cielo como niños pequeños, y veo, con sorpresa, que tienen los ojos iluminados (y no, aún no han hecho nada para que haya un motivo para que los tengan así). Me sorprende verles así, y, cuando me doy cuenta, una sonrisa se adueña de mi boca.
Todo se va llenando de bombillas de colores progresivamente, y todo el mundo parece ilusionarse como si su felicidad dependiera de cada una de esas luces.
Quedan apenas cinco minutos, y siento los nervios en cada ser que está aquí conmigo, aunque yo no los encuentre por ningún lado.
Los fuegos siguen manifestándose, y cada vez veo a amigos más ilusionados, incluído ese que juraba y perjuraba que jamás sería tan idiota como para “entontarse” (palabra suya) por culpa de una chica… ahí lo tengo, abrazado por detrás a una rubia que conoció a principios de verano. Apoya su barbilla en el hombro de ella, teniendo que inclinarse un poco para ello, y ella sonríe y lo besa en la mejilla. Él me mira, y no, ya no recuerda aquella frase de los entontamientos. Está feliz, y me guiña el ojo. Sin saberlo, mi sonrisda se ha vuelto a engrandar. Estoy con quien quiero estar, con todos ellos… y con ella, por supuesto. Noto como una mano me tira levemente de la chaqueta, y la miro. Me sonríe, feliz (ella es la primera a la que le encantan las luces, los fuegos, todo lo relacionado con esto, que a mí me parece una tontería) y rodea mi cintura con sus brazos, mientras deja caer su mejilla en mi pecho.
La abrazo, y me uno al grupo, mirando ese cielo cada vez más iluminado.
Algo debe tener, cuando todas las personas que más quiero en este mundo ahora mismo están o mirándolo, o en él.
Lo de menos es en qué parte estamos cada uno. Estamos juntos, y eso es lo que importa.
La abrazo, y ella me mira, con la sonrisa aún más feliz que antes.
Ahora todos miramos al cielo, la inmensa mayoría expectantes porque llegue el momento, felices, y yo también, si ellos, y si ella, ese ser que ahora mismo me abraza, y no quiero que me suelte nunca, lo están.
Llegó la hora, termina el año y todo el mundo, simplemente por eso, en unos instantes saltará, gritará de alegría, se abrazará y reirá.
Vaya tontería.
Tan sólo espero que el año que entra, y toda nuestra vida, esté repleta de tonterías como esta.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Carta de Bienvenida

Justo un mes después vuelvo a aparecer, y no es para subir algo nuevo. He vuelto a oír una canción, que me hizo escribir un relato hace años, y del que sigo bastante satisfecho y orgulloso. Lo pongo aquí, por original, especial, y porque creo que vale la pena.



"Quise escribirte una canción para enseñarte a vivir. Eres un recién llegado... y yo ya soy tu aprendiz." I. Serrano.

"Se acerca a ti, y te mira con esa sonrisa que antes te dije, mientras te coge en brazos… y en este momento se está acercando a mí.
La huelo, te huelo a ti, y si dejo el lápiz en la mesa, que es la otra parte mágica de mi vida, y estiro la mano un poco, puedo tocaros a los dos.
¿Existe algo más inmenso?"



¿Sabes? Hasta hace poco, cuando disfrutaba de estos silencios, de estos momentos sin nadie alrededor, y me sentía a solas, la verdad es que me encontraba a gusto.
Siempre me gustó esa sensación, esos instantes en los que uno se es más sincero consigo mismo, aunque a veces los problemas duelan más, e incluso se hagan más intensos… pero es una ocasión perfecta para quedar con uno mismo, para conocerse un poco más, para preguntarse qué tal le va… como me gusta decir a mí, para repostar con el tanque vacío, y salir de ese momento con el depósito lleno, dispuesto a dar guerra en la vida esa que acecha ahí afuera.
Y ahora, sin embargo, cuando disfruto de estos momentos de silencio, los sigo saboreando exactamente igual… pero nunca, nunca, me siento a solas. Esa sensación es totalmente desconocida para mí desde que estás tú.
Recuerdo aquel que fui como alguien lejano, recuerdo esas dudas, esos problemas, ese corazón en carne viva, esos días que pasaban igual que los anteriores, con un vacío interior que me aterraba, con unas inmensas ganas de encontrar algo, echando terriblemente de menos lo que ni siquiera sabía qué era… y ahora sí que lo sé.
Era ella. Eras tú.
(Me paro aquí, para mirarte por encima… pero no parece que me hagas caso.)
La vida. Ese es otro tema, supongo que mucho más complicado que cualquiera que pueda haber, y si esperas que te dé lecciones o que te diga cómo debes enfrentarte a ella, has dado con la persona equivocada, muchacho… qué quieres que le haga, si yo soy poco más que un niño al que le gusta dejarse la barba de tres días, alguien que, cuando la mira (aquí me tienes que entender, pues tú también quedas hipnotizado con sus ojos) finge tener el control y saber siempre lo que hacer en cada momento, aunque la verdad todo sea improvisado… y sobre todo, por la seguridad que me da, que irradia en su perfecta sonrisa. Créeme, esa sonrisa es capaz de ablandar al enemigo más terrorífico del mundo, esa sonrisa puede hacer que aparezca el sol en un día de tormenta, esa sonrisa puede iluminar una casa entera a oscuras… esa sonrisa puede dar vida.
A mí me la dio, a mí me rescató.
Así que aquí estoy, con vértigo hasta de mirarte a los ojos, como si ya de por sí intimidaras con tu pequeño cuerpo, pero tu inmensa presencia… es como si dudara si hablarte de usted, como si fueras algo que no debo ni mirar demasiado seguido.
Así que aquí estoy, mirándote esos ojos tan únicos y reventándome la cabeza pensando cómo demonios eres tan precioso, y acabando con la única posible respuesta de que has tenido la inmensa suerte de sacar poco de mí, y sin embargo heredar toda la inmensa belleza de ella.
¿Sabes? Me encantará ver cómo creces, cómo improviso un papel que aún desconozco y me hace sentirme terriblemente mayor… me imagino cómo serán mis regañinas, mis gritos para que bajes la música o te sientes a cenar, mis dudas cuando te vea en tu habitación, a solas, sabiendo que estás triste y sin decidirme a qué hacer, si preguntarte qué te pasa o esperar que tú me lo digas por ti mismo.... Imagino cómo será cuando me ponga autoritario y hasta puede incluso que consiga que me creas, aunque por dentro esté muerto de miedo, imagino cómo serán esas charlas sobre las mujeres, sobre fútbol… oh, sí, pequeño mío, nunca sientas en la sangre los colores de un equipo, si no quieres quedarte sin ganas de cenar muchas noches del año y cabrearte con todo… aunque, si me lo preguntas dentro de diez segundos, te diré que ames a un equipo, sea cual sea (a ser posible el mismo que papá) que es una de las sensaciones más bonitas que puedes tener.
Imagino cómo será cuando veamos la hora y nos miremos ella y yo, asustados, sabiendo que empieza a amanecer y que aún no has vuelto a casa, imagino cómo será cuando descubra tus lágrimas porque una chica empieza a hacerte sentir algo, que no sabes bien qué es, pero que es como un agobio por dentro que sólo te deja en paz cuando estás con ella, algo que te hace buscarla por todos sitios, interesarte casi sin darte cuenta por cada cosa que hace o deja de hacer, y que cuando te sonríe, aunque sea un poco, se van todos los problemas, las preocupaciones, las penas.
Sí, amigo… el amor es algo de lo que podría hablarte horas y horas, y, como buen pesimista que soy (eso dice tu madre), no me queda más remedio que empezarte por lo malo… porque el amor duele, duele a rabiar, duele hasta que crees que no vas a soportar ni una sola gota más de dolor. Te sentirás incomprendido, ocurrirán cosas a las que jamás les podrás encontrar explicación, y que sólo superarás con la triste ¿Solución? De resignarte y seguir avanzando en el camino… pasarán cosas que nunca hubieras esperado, sentirás celos, dudas, nervios, y vivirás malos momentos, te lo digo por experiencia, todo eso me pasó, hasta llegar a la conclusión de que el amor no era lo mío, que no había nadie especial para mí, que las que había las tuve, pero me dieron la patada… y, tantos años y años de inexplicación, terminaron su misterio el día en que la vi por primera vez, en que la miré a los ojos y supe que, simplemente, mi propio camino me había llevado hasta allí, hasta ella, desde el primer beso que di.
No fue fácil tenerla, ni mucho menos… aunque eso es algo que te contaré en otro momento.
Pero, una vez dicho lo malo, tengo que decirte que el amor es lo más bonito que te puede pasar en la vida… desde el más adolescente, desenfrenado, excitante y alocado, hasta el más conservador, maduro, serio y pasional; desde el más arriesgado, inseguro, vertiginoso e inestable, hasta el más formal, racional, comprometido y con planes de futuro… da igual como sea, es lo más bonito. Todo eso que sientes, esa vorágine de sentimientos, esa manera de creer que el corazón late exclusivamente porque esa persona existe.
En fin, amigo mío, que, aunque en muchísimas ocasiones de tu vida creas que no vale la pena, que alguien te puso ahí, y no entiendes por qué, te debes quedar con que es un regalo, que la vida es un regalo que se te concedió, que eres un privilegiado, y que un día todo encajará, pieza por pieza, hasta que entiendas todo… y entender todo acojona que te cagas, te lo aviso.
Acojona cuando te viene el ser que más amas en este mundo, con temblor en las manos y tragándose las lágrimas del terror más puro, y te dice que está asustada porque la posibilidad de que te encamines cuando aún no fuiste llamado es muy probable… y que, a pesar de ese terror, una desconcertante alegría, nada parecido a cualquier cosa que viviéramos hasta ese momento de nuestras vidas, nos inunde el alma… más aún después de comprender que, con estos padres que tienes tan… rebeldes (dejémoslo ahí) era imposible que llegaras cuando quisiéramos, sino cuando a ti te plació.
Y entonces ves como ella, a cada gramo que aumenta, lo multiplica por mil en preciosidad, que cuanto más fea se ve, más increíble la veo yo… y un día, cuando ni tiempo ha dado a ir aceptándolo, escuchas llorar a una personita que decide que ya es hora de que madure… y la ves a ella, sudada y agotada, con una sonrisa que te obliga a darle el alma eternamente, y escuchas de su voz que la palabra papá, por primera vez, no se dirige a alguien maduro, casado desde hace muchos años y con casa propia y estabilidad, que entraba en mi habitación para calmarme… que esta vez papá soy yo.
Recuerdo que me acerqué a ti, en brazos de ella (sí, yo también me siento seguro sólo ahí), y supe que en ese momento mi vida ya no me pertenecía, sino que, tal vez sin permiso, os la habíais repartido en un cincuenta por ciento perfecto.
Dentro de unos pocos minutos esa puerta que tengo enfrente se abrirá, y este silencio del que antes te he dicho que disfruto se acabará, porque llegará ella, con su risa, sus bromas y sus cariñosas órdenes. Entrará e irá por ti primero (para variar), te dedicará la sonrisa más dulce del mundo con alguna caricia, y luego si hay suerte vendrá hacia mí, a preguntarme qué tal estoy, y seré yo quien disfrute sus labios… sé que sólo la quieres para ti, pero míralo de esta manera: no todos tienen la suerte de tener a la chica más guapa del universo con ellos, y nosotros la tenemos las veinticuatro horas… qué menos que compartirla, ¿No?
Bueno, compañero… me están entrando unas ganas tontísimas de echar la lágrima, como esas veces en las que veo una peli de esas que le gustan a tu madre y al final el que siempre acabo llorando (ni se te ocurra decirlo jamás) soy yo, y ella primero se ríe y después me clava esa mirada que me hace tan grande, y me dice que no tengo ni idea de lo que le maravilla que detrás de mis tatuajes, de mi aspecto de duro y de mi muralla de aparentar ser frío sea así, como la enamoré… sé que conoces esa sensación.
Así que eso, como paso de que apenas estés en este mundo y ya te rías de mí, voy a cortar antes de que las lágrimas sean más continuas… pero recuérdame que no se me olvide decirte un día que, llorar de felicidad, es una de las cosas más grandes que te pueden ocurrir. Saber que apenas hace un tiempo de mi vida estaba tan perdido, tan desubicado, y hoy sé a donde pertenezco, qué es lo que he venido a hacer en esta vida, que te tengo a ti y la tengo a ella… y por Dios que con sólo eso me basta en este mundo, no necesito absolutamente nada más, ni la más mínima cosa.
Escucho la puerta abrirse, y la veo aparecer, con su sonrisa nada más llegar, y mirando a ver qué estoy haciendo, como si no me diera cuenta.
Se acerca a ti, y te mira con esa sonrisa que antes te dije, mientras te coge en brazos… y en este momento se está acercando a mí.
La huelo, te huelo a ti, y si dejo el lápiz en la mesa, que es la otra parte mágica de mi vida, y estiro la mano un poco, puedo tocaros a los dos.
¿Existe algo más inmenso?
Y es aquí, amigo, cuando debo decirte que en la vida se siente dolor, se teme, se llora, y se hiere uno; se suspende, se cae, se fracasa y se tropieza. Que en la vida se sufre lo que no está escrito… pero sobre todo, por encima de todas las cosas, en la vida se es feliz.
Bienvenido.

domingo, 9 de octubre de 2011

Desvelado

Tu voz sonó mientras escribía ese relato. Entonces no lo sabía, pero tiempo después lo entendí todo.
No podía ser casualidad.




 "Es una lástima que no te puedas ver dormir, porque te aseguro que eres lo más precioso que existe ahora mismo encima de la Tierra."



Desvelado.
Siempre me cuesta coger el sueño por la noche. Sin embargo, a la hora de las siestas, o en cualquier momento sin darme cuenta, ya sea viendo la tele, leyendo, o similar, no necesito ni cinco minutos para lograrlo. Será que a esas horas el mundo gira sin necesidad que esté yo, que todo sigue su curso, que las musas están dormidas… que el silencio y la intimidad que me regala la noche están tan lejanos, que no puedo sino aburrirme hasta el sueño.
Pero a estas horas es diferente. Por la noche ese silencio del que hablaba está latente, me susurra al oído, esa intimidad me hace sentirme vivo, encontrarme conmigo mismo, con esta mente tan personal y característica que tengo, y noto como las musas se despiertan, se desperezan, y me tiran de la manga como un niño pequeño para que no tenga reparos en aceptar sus servicios.
La noche es ese momento en el que me siento yo, en el que las horas pasan más rápido que en cualquier otro momento del día, en el que me meto en la cama por obligación, casi siempre con el amanecer a cuestas, nunca por sueño o propia voluntad.
La noche es esa que tanto he usado para escribir, para pensar en todos esos rostros que en algún momento de mi vida he tenido en mente, y volver a vivir ese encuentro que se produjo unas horas antes, o esa conversación antes de que se fuera a dormir, o ese beso antes de dejarla en casa.
La noche es esa que un día me dijo, como ese amigo que te dice la verdad a la cara, aunque no quieras escucharla, que, cuando no quería por ninguno de los medios volver a dedicarla a alguien que no fuera yo, apareciste, sin un por qué, sin una razón demasiado contundente.
Tus ojos se fueron adueñando de esas horas, tu sonrisa, tu voz… no tienes ni idea de todo lo que he creado, del mundo que te he dedicado, de todas las cosas que he escrito en numerosas noches debido a tu recuerdo, más latente que nunca en ese momento del día.
Desvelado.
Así me encuentro ahora, a las cuatro de la mañana, pero, sorpresa, hoy sí que estoy metido en la cama.
Hoy no es día para escribir, ni escuchar alguna canción, ni mirar al techo pensando en tu voz o anotar ideas que me lleven a encontrarme contigo en un relato próximo.
Hoy estás aquí.
Miro hacia mi izquierda, y encuentro tu rostro a unos pocos centímetros.
Tu mejilla derecha sobre la almohada, tu mano derecha debajo de esta, tus ojos cerrados, vibrando levemente en ocasiones, debido a lo profundo de tu sueño.
Tu cuerpo alzándose y bajándose con tu respiración, armoniosa y tranquila, tu postura en “ese”, con las piernas juntas y flexionadas, tu perfecta silueta adivinándose debajo de las sábanas.
No quiero ni moverme, porque jamás me perdonaría despertarte, jamás me perdonaría romper este momento, en el que cada uno de mis relatos se juntan para formar tu imagen, cada una de las musas te observan asombradas, alrededor de la cama y pegándose codazos para estar en primera fila, rindiéndose a la que verdaderamente me llena, a la más perfecta de todas.
Todo se rinde a ti, pequeña.
Este silencio, esta intimidad, esta noche. Todo está a tu merced, saben mejor que nadie que hoy eres nuestra invitada de honor, y no quieren sino que duermas profundamente.
Todo ha empezado como un juego hace unas horas, en las que, de manera totalmente improvisada, me dijiste que estaría bien dormir juntos, casi avergonzada por mi posible respuesta.
Te dije que estaba de acuerdo, y me recalcaste la palabra “dormir”, de forma pausada y abriendo los ojos, para dejar claro que era eso, y solamente eso, y yo te volví a decir que estaba de acuerdo.
Habrá tiempo para ahogarme en tu cuerpo, no tengo prisa.
Habrá tiempo para aprenderme de memoria cada uno de tus poros, para desgastar tus labios, para besarte hasta el último trozo de piel… y aunque me muero de ganas de descubrirlo, a la vez no tengo ninguna impaciencia.
Habrá tiempo para noches de lujuria y frenetismo, para amanecer con tu sujetador colgado de la lámpara y las sábanas revueltas y tiradas por el suelo, mientras tus uñas clavadas en mi espalda son la muestra física más contundente de lo intensa que fue la noche… y será único, pero como igualmente lo es este momento.
¿Sabes? Me he acostado con algunas chicas en mi vida, con amor y sin él, con pasión y sin ella, pero pocas veces había hecho esto, y pocas veces ella le había dado tanta importancia como tú se la has dado esta noche.
Meterte en la cama como una niña pequeña que se acuesta pronto para que los Reyes Magos no se olviden de visitar su salón, bromear durante un buen rato conmigo, tirando de las sábanas y recordando cosas de la película que vimos juntos, y notar ese sueño invadiéndote poco a poco, ver tus ojos ir cerrándose cada vez más, hasta entregarte a él por completo.
Es una lástima que no te puedas ver dormir, porque te aseguro que eres lo más precioso que existe ahora mismo encima de la Tierra.
Observar hasta el más pequeño de tus detalles, tu mano izquierda agarrando un trozo de sábana, tus labios sellados, el sonido de tu respiración, y esa melodía improvisada que son tus suspiros, a cada poco.
Y es aquí cuando entiendo todo, cada una de las palabras que he escrito sobre ti, todas esas confusiones que tenía cuando apareciste en mi vida, todos los temores, las dudas, las ganas de verte, cada vez más.
Ahora lo entiendo todo, porque el tenerte aquí, el tenerte así, y el reconocerme lo que siento a causa de ello, es la prueba más contundente que pueda existir.
Desvelado.
Rendido ante ti, ante esto que me estás haciendo sentir y noto que se me va de las manos, de mi propia voluntad, y que eso, que me aterraba hasta hace nada, ahora me hace confiar, apostar por ello, apostar por ti, aunque ya casi no me quede nada en los bolsillos, de tantas veces que arriesgué al all-in y acabé perdiéndolo todo.
Pero eso es pasado. Todo lo que viví hasta un minuto antes en que tú aparecieras por primera vez no tiene absolutamente ningún valor ya.
Alzo la mano derecha, temiendo que te pueda despertar, pero rindiéndome a las ganas irremediables de tocarte, y, después de acariciarte levemente la mejilla, te paso el pelo por detrás de la oreja.
Vuelves a suspirar, y abres los ojos, lentamente, con una sonrisa.
No sé si eres consciente, no sé si mañana te acordarás de este momento, o estás tan dormida que dudarás si ha sido un sueño.
-         ¿Qué hora es?   -Susurras-
-         Vuelve a dormir.  –Contesto, sonriéndote-
Sonríes, y vuelves a cerrar los ojos.
Sí, probablemente mañana dudes, y no sepas si esto que acabas de vivir fue real o no.
No es tan raro al fin y al cabo, yo tengo la misma sensación, aún sin dormirme.
Es lo que tiene tanta perfección.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Nada de Nada

"He cometido mil errores, y jamás me arrodillé. He fracasado tantas veces, pero siempre lo intenté.Si me duele yo me aguanto, nunca me verás llorar. Sé que a otros hice daño, pero el que yo en mí sentí, nunca lo sabrás."

Viviré.



Apoyo ambas manos en los extremos del lavabo, con los brazos tensionados y la cabeza gacha, preguntándome por qué no me tiembla el pulso, ni siquiera un poco, mientras siento aún el agua resbalar desde la nuca hacia el cuello, para acabar cayendo en numerosas y continuas gotas en el interior del lavabo.
Miro de reojo la camiseta recién quitada, tirada en el suelo, pero rápidamente pierdo el interés en ella, y vuelvo a fijar la vista en el interior de la cerámica blanca.
Me fijo en el borde izquierdo, donde tengo el hilo y una aguja, y mi vista se va hasta la parte derecha, donde hay una cuchilla azul, de esas corrientes de usar y tirar, y me pregunto sin darle demasiada importancia cuánto tiempo llevará en ese lugar.
Hace tiempo que llevo la barba de cuatro días, que no me gusta verme la cara sin nada de vello, que es mi protección, así que no tengo ni idea de qué pinta eso ahí.
Todas estas cosas pasan por mi cabeza sin saber que son excusas: el agua, el fijarme en la cuchilla, el estar tanto rato en silencio… sólo excusas para no pensar en lo ha ocurrido… pero todo a su tiempo.
Que yo también necesito treguas.
Ni siquiera estoy seguro de poder mirarme en el espejo, pero cuando alzo la cabeza y me encuentro con ese que tengo enfrente, me doy cuenta que sí, que puedo sostenerle la mirada perfectamente, aunque cada vez lo reconozca menos. Y al mirarlo a él, recuerdo de nuevo los últimos ojos que se han fijado en los míos, azules cristalinos, intentando descubrir en mi mirada algo que, a estas alturas, es imposible de descubrir, porque no existe.
Decepción, creo que ha sido la palabra que más repetían esos ojos. Incredulidad mientras me miraban incomprensivamente, pensando por qué, por qué no le respondía, por qué no me defendía, por qué sólo guardaba un insoportable silencio. Pero yo los miraba, y, aunque me sentía mal por ellos, por ella, a la vez no se movía nada dentro de mí… sólo estaba ante una chica guapa, preciosa, si me apuras, pero nada más. Me daba igual su corazón, sus sentimientos, sus palabras.
Y aunque ha habido un momento que he pensado por qué, cómo he llegado a eso, el vacío interior me ha hecho ver que no tenía sentido seguir dándole vueltas… cada vez tengo menos dentro.
Ella creía que no. Craso error.
Ella creía que tras mi sonrisa aún se escondía algo, quizás un corazón magullado que prefería ponerse coraza y hacerse el duro, que, haciéndome ver lo que era ella, por fuera y por dentro, podría conseguir que sintiera… pero no, ya es tarde.
Mi mirada no es imperturbable porque tenga nervios de acero, lo es porque no guarda nada dentro.
Y si te lo preguntas, sí, he sentido… pero no todas son ella, encanto.
Y, antes y después de ella, se cerró el capítulo de sentimientos en mi vida.
Porque ella no es ninguna.
Así que ahí me quedé, viéndola derramar lágrimas, pensando irónicamente lo preciosa que era en ese estado, y sin tener ni una palabra para consolarla… en realidad, ni siquiera me importaba demasiado.
Ahora sólo miro a ese puto espejo, y sé que no me temblará el pulso a la hora de coger el hilo con los dientes y coserme puntada a puntada las heridas que se han vuelto a abrir. Sólo hay que aguantar el dolor por un tiempo, mientras se cose, y esperar a que cicatrice, porque lo hará.
Siempre lo hace.
Y ya está.
Yo seguiré siendo el que soy desde hace tiempo, sólo que aún más seguro, aún más egoísta, aún más egocéntrico, y volveré a salir ahí fuera.
Cada vez es más así. Las heridas van cerrándose, mientras que yo voy abriendo otras a ojos inocentes.
Ya está, cosido. No se ha derramado tanta sangre, ni siquiera me ha hecho falta demasiado hilo.
Miro a ese con barba de cuatro días y gesto impertérrito, que me mira sin pestañear. No hay vergüenza, ni excusas. Sólo hay, ahora, más egoísmo. Eso es todo.
“Ella no debió creer en mí. Fue su culpa”
Le digo en voz alta, y suena convincente.
Cojo todo lo sobrante y lo tiro por el retrete, mientras me pongo la camiseta para tapar las viejas cicatrices, y la herida recién cosida.
No puedo evitar hacer un gesto de dolor al sentir el contacto de la ropa con los puntos, pero sólo eso me permitiré.
Tengo la camiseta puesta y no se ve nada de debajo, menos aún de dentro.
Sigo siendo yo. De hecho, soy más yo que nunca.
Y aquí no ha pasado nada.
Nada de nada.

lunes, 3 de octubre de 2011

La Realidad

Relato antiguo que, después de "sacarlo del cajón" una de las personas más cercanas a mi vida, me hizo releerlo hace algunos días y bueno, aunque técnicamente no llega al nivel de otros, ese diálogo, esas ironías... esa realidad, había que volver a vivirla.
Quizás ya no sea mi idea de escribir... pero viene bien recordarla, aunque sea de vez en cuando.


"Nunca he dejado de quererte, ni siquiera cuando te odiaba."  Un dulce verano.


No aguanta ni un segundo más aquí dentro. Acaba de mirarse en el espejo, y ni siquiera se ha reconocido. ¿Peinado? Con lo que le gusta a él darse vueltas y vueltas en el pelo hasta tener el despeinado perfecto. ¿Camisa? ¿Chaqueta? Por favor, parece que va disfrazado, aunque, también es verdad, dos chicas de la fiesta (futuras damas de honor, supone) le han entrado con unas excusas bastante sospechosas, así que no se verá tan mal, después de todo.
Un amigo suyo ha dado una fiesta en su casa, celebrando que se promete con su novia y que dentro de unos meses se casará, así que aquí está, fingiendo que le envidia, y pensando si sería de buen amigo decirle que para nada cree que esté haciendo lo correcto, es más, que lo ve como un gran error… aunque, francamente, tampoco cree que le hiciera mucho caso.
La gente sólo ve la realidad cuando está preparada para verla.
Mira la hora, y ve que ya es suficientemente tarde como para poder irse por voluntad propia, es decir, sin que nadie piense que no le ha gustado algo, que tenía prisa y ha venido por cumplir, o que es por ella, y, vaya por Dios, su huída tiene bastante de las tres.
Encamina el paso hacia la puerta de salida, y justo antes de abrirla, la ve al fondo, con él. Sí, qué ironía verse en éstas, pensando cómo su amigo puede dar ese paso, cómo puede estar tan condenadamente loco, pero él, cuando estuvo con ella, también lo soñó. Lo soñaron.
Estuvieron juntos unos meses, no mucho más, pero lo suficiente para que se dieran cuenta de que juntos podían con todo, para ilusionarse hablando del futuro, primero dejándolo caer medio en broma para ver qué tal reaccionaba el otro, y luego planeando hasta el último detalle, viendo ojos que brillaban exactamente igual que los propios ante esa posibilidad.
Iban a todos sitios juntos, siempre estaban de mimos… en fin, lo que viene siendo una pareja pastelosa en toda regla. La quería, claro que la quería, hasta que la realidad (esa que antes comentaba que la gente sólo la ve cuando está preparada para verla) le hizo saber que nada es para siempre, que con esa actitud de ilusos sólo harían pegarse una buena, y poco a poco se empiezan a ver fallos, reproches, desencuentros, enfados… todo se va alejando de esa perfección, hasta que se acaba de una forma tan diferente como la de ellos. Él, reconvertido en un ligón experto de sólo meses de entreno, el perfecto chico frío, calculador, pero a la vez galán para conquistar a mujeres de las que se olvida justo al amanecer, y ella con otro chico, volviéndolo a intentar, o eso parece desde lejos (ni siquiera se hablan, y cuando lo hacen es para volver a enfadarse), con alguien que no sabría decir por qué, pero está seguro que no es perfecto para ella… aunque claro, el único ser perfecto que considera para ella es al que ve cada día en el espejo.
Así que ahí están, hablando sabrá Dios qué, la pareja perfecta, a ver cuánto duran.
Sacude la cabeza en señal de incomprensión, gira el pomo de la puerta que sostenía desde que los vio en el fondo, y sale.
Camina por el corto pasillo del rellano, coqueto y lujoso, y pulsa el interruptor de uno de los dos ascensores, que indica que va a comenzar a subir.
Uno, dos….
¿Y si bajara las escaleras? Ni de coña, está él para eso, desde un sexto piso. Aquí espera así se caiga el edificio.
Tres, cuatro….
Oye una puerta abriéndose detrás de él, y piensa que ya tiene que ser casualidad que en este momento exactamente haya salido alguien de la fiesta también, como si no hubiera habido noche. Y, si la suerte no se alía con él (hace años que no lo hace, ¿Por qué lo va a hacer ahora?) y da la coincidencia de que es alguien de otra casa, no le quedará más remedio que bajar con esa persona seis condenados pisos, y esos segundos silenciosos le serán eternos, mirando al techo del ascensor como si no hubiera visto nunca uno, o peor, hablando de lo felices que se les ha visto a la pareja, qué bonita fiesta, qué bien preparado todo.
Cinco, y seis.
La puerta se abre.
-         No le vayas a dar aún.    –Se oye una voz-
No, no hará falta hablar ninguna de esas cosas que tanto le preocupaban hace unos segundos, y no precisamente porque haya tenido la suerte de que sea una persona de otra casa.
Sí que es de esa. Pero no, no tendrá que preocuparse por eso.
Ella se pasa el pelo por detrás de la oreja, mientras que parece buscar algo en el bolso, y se mete en el ascensor con él, sin alzar la cabeza siquiera.
La puerta del ascensor se cierra.
Y es jodido que se cierre, porque, aunque no se lo admitiría jamás, este espacio tan cerrado y ella tan cerca hace que la huela, y otra puñetera casualidad es que no haya podido cambiar de perfume en este tiempo, así que de nueva le inunda esa fragancia que tanto reconocería de ella, ese olor tan característico que se quedaba en su camiseta cuando habían pasado la noche juntos, ese aroma que, cuando volvía de llevarla a casa, corría a dormir para volver a disfrutar aún impregnando su almohada… todas esas cosas que hace tiempo que ahora se las apropia otro.
Silencio. Jodido silencio.
Cinco.
¿Ni siquiera van a hablar una palabra? Bueno, mirándolo por un lado optimista, la verdad es que ella se ha dirigido a él cuando estaba esperando el ascensor… “claro, porque sino se tenía que esperar” se responde a sí mismo, entre divertido y enfadado.
Cuatro.
La mira de reojo, pero no parece que ella esté por la labor de alargar mucho esa tensión.
Tres.
Un sobresalto les hace desestabilizarse, la luz del ascensor se va, la musiquilla que sonaba se deja de oír… y a los pocos segundos vuelve, aunque no la música, ni el funcionamiento del ascensor.
-         Perfecto.    –Protesta ella, y comienza a darle a todos los botones, cada vez más fuerte-
Él la observa un rato, mientras ella no parece querer detenerse.
-         Si le das más fuerte igual sí funciona.
La chica se detiene, lo mira de reojo, y sonríe irónicamente.
-         Veo que sigues tan divertido como siempre.
-         Se intenta.  –Contesta, inclinando la cabeza hacia su hombro, restándole importancia-
-         Pues ha salido la noche perfecta.  –Dice ella, dándose por vencida, mientras saca su móvil del bolso-   No tiene cobertura, mira tú a ver, anda.
-         No tengo.   –Dice él, sentándose en el suelo y apoyando su espalda contra la pared del ascensor.-
-         ¿Cómo lo sabes si no lo miras?
-         Que no tengo el móvil aquí.
La chica resopla, y mira al techo… bueno, en eso sí que había acertado.
-         ¿Hasta cuando nos quedaremos aquí?
-         ¿Me ves cara de futurólogo?
-         No, eso seguro que no, desde luego.
-         Lo mejor que puedes hacer es sentarte… tarde o temprano alguien saldrá de la fiesta, y se dará cuenta de que uno de los ascensores está estropeado.
-         Si no coge el que sí que funciona y se olvida de todo.
-         Pues si es así, nos moriremos aquí y ya está. –Sonríe irónicamente él esta vez-
Media hora después….
Siguen en el mismo lugar, él sentado en la misma posición que al principio, con las suelas sobre el suelo, apoyando las muñecas sobre sus rodillas, y la espalda en la pared lateral derecha, y ella hace unos minutos que hizo lo mismo, con las piernas juntas y flexionadas, apoyando la espalda en la pared central, habiendo una cierta distancia entre ellos a pesar del lugar tan estrecho.
Desde que él pronunció la última frase no ha habido una sola palabra más.
De repente, él se levanta, y se quita la chaqueta, mientras se desabrocha un botón más de la camisa.
-         Qué haces.   –dice ella, sorprendida-
-         Tranquila que me podré controlar las ansias de hacerte mía, no te preocupes.
Ella sonríe, habiéndole hecho gracia la respuesta, aunque no quiere hacerlo, y mira hacia la única pared solitaria, la de la izquierda.
El chico se vuelve a sentar, y la mira… ahora sí puede, que ella está mirando hacia el otro lado. Ahora puede bajar la guardia, puede pensar que la tiene tan cerca… tan cerca, quién se lo iba a decir.
De repente ella se vuelve, y él se apresura a quitar la mirada.
-         Tú y yo, en la misma habitación, a solas, más de media hora ¿Eh?             –Sonríe ella-
-         Porque no podemos evitarlo, que si no…
-         Supongo.  –Contesta, estirando los labios hacia abajo para acabar encogiéndose de hombros-  Pero bueno, no nos hemos tirado nada a la cabeza aún.
-         Vaya que rebote y nos dé a nosotros mismos.
-         ¿Vas a contestar cada cosa que te diga?  -Le pregunta ella, aunque su tono es mucho más suave que al principio… casi de complicidad, de dos personas que disfrutan picándose-
Él alza las palmas de las manos en señal de pedir perdón.
-         ¿Has venido solo?
Él la mira abriendo los ojos, sorprendiéndose de la pregunta ante la obviedad de la respuesta.
-         A ver, que si tienes a alguien.
-         No, no la tengo. Ni quiero.
-         No siempre fue así.
-         Ya ves, de todo se aprende.
Ella asiente, sin responder.
-         Y a ti qué tal te va.
Pregunta él, aunque la verdad no quiere saber para nada cómo le va. No quiere que le diga lo que se aman, lo que se quieren, sus planes… no quiere saber nada de nada.
Ella sigue sin responder.
-         Oye.   –Le vuelve a decir-
La mira, y ve cómo las lágrimas le caen por la mejilla, negras a causa del rimmel, mientras su mirada se fija en el vacío.
-         No me va.  –Lo mira-  Hace aproximadamente unos cuarenta y cinco minutos que no va de ninguna forma.
-         ¿Y eso?
Ella se vuelve a encoger de hombros.
-         No va, poco más hay que decir. Así que nada, mañana, de nuevo, a comenzar de cero otra vez, con menos ganas, con menos fuerza, con menos esperanza….
-         Ahora lo ves así, pero pasará el tiempo y no lo verás tan negro.
-         No es que te vea a ti con muchas ganas de querer lo que querías.
-         Pero porque yo decidí no quererlo más. Tú que sí lo quieres lo has vuelto a intentar, y tarde o temprano te volverás a ilusionar.
Duda si hacerlo, pero finalmente avanza los metros que le separan de ella, entre arrastrando el trasero y medio en cuclillas, y se sienta a su lado, mientras le pone su chaqueta por encima.
-         Creí que sería para siempre.
Dice ella, mientras, para la tremenda sorpresa de él, apoya la cabeza en su hombro.
Él sonríe al oír eso, mientras un viejo dolor le vuelve.
-         Siempre se cree uno que es para siempre.
-         ¿Tú lo creíste conmigo?
Ahora el que no responde es él.
-         No sabes cómo agobia ver que me equivoco una y otra vez… que cada vez soy más tonta, que cada vez creo cosas más inverosímiles.
-         Tú no eres tonta.
Ella alza la vista para tenerlo en su ángulo de visión, aunque no despega la cabeza del hombro del chico.
-         Quizás un poco, pero no mucho.
La chica le golpea con el puño con el que sostiene el cleenex, y él no puede evitar sonreír, porque ella no lo ve desde donde está, y porque jamás soñó con volver a estar así con ella.
-         En serio, lo que te quiero decir es que a lo mejor ese chico no es para ti, y uno sólo puede ver la realidad cuando está preparado para verla.
Ella no contesta.
-         Así que…  -Sigue hablando él-  …no me cabe ninguna duda de que, tarde o temprano, aunque a lo mejor en ese momento ya ni te lo esperes ni lo busques, llegará esa persona, y entonces comprenderás que ese chico es para ti.
-         ¿Y para ti no?
-         Pues supongo que también, aunque, a diferencia de ti, yo ya ni la busco ni la espero.
-         ¿Por qué? ¿Tan harto acabaste después de estar conmigo?
Tan harto, dice, piensa él. Tan harto no, tan asustado, tan herido de haberla amado tanto, que tan sólo la idea de volver a querer a alguien la mitad de lo que la quiso (quiere) a ella ya se echa a temblar. Si no da lugar a amar, no ama, y entonces sufre menos. Así de tristemente lógico.
-         Es por muchas cosas, pero no estamos hablando de mí. Sólo quédate con mi sincera opinión de que más pronto que tarde volverás a tener eso que necesitas, y estoy seguro de que esa vez será para siempre. En cuanto a ese chico… es pasado, olvídalo.
-         Porque lo pasado se olvida, ¿No?   -Contesta ella-
-         Claro. Lo pasado se olvida.
Ella separa la cabeza del hombro de él, y lo mira a los ojos. Está tan increíblemente preciosa… aunque tenga el rimmel levemente corrido, y la nariz roja de haber llorado, es lo más precioso que jamás vio.
La tiene tan cerca… su cara, sus labios, su respiración, todo aquello que hace tanto que dio por seguro que jamás podría volver a disfrutar.
-         ¿Lo pasado se olvida?  -le vuelve a preguntar, susurrando-
Él traga saliva, sabiendo que no, qué coño se va a olvidar lo pasado. Al menos, no si el pasado es preciosa, morena, delgada y única. Eso quisiera él.
No contesta, y ella finalmente sonríe, como cuando se besaban, y entonces ella le mordía el labio, él se quejaba y ella se quedaba así, exactamente igual, a la misma distancia, y con esa misma sonrisa.
Vuelve a apoyar la cabeza sobre él, esta vez sobre su pecho, y se acomoda, mientras cierra los ojos, y respira profundamente.
Ahí se queda él, en silencio, mirando al vacío… y en ese momento, la mano de ella coge la suya.
Y él sonríe, sonríe sinceramente, como nunca ha vuelto a hacerlo desde que la perdió, y aunque se mira las manos quemadas, y le duele el roce con las de ella, no le importa… porque esas manos están así de quemadas de haberse agarrado a ese clavo ardiendo durante tanto tiempo, a sobrevivir únicamente por vivir sujetando ese clavo que ardía con todas sus fuerzas, aunque ni fuera consciente… ese clavo de volver a estar así con ella, aunque hubiera una posibilidad entre mil millones.
Quizás pasen unos minutos hasta que alguien se dé cuenta que están ahí atrapados, quizás pasen la noche entera, quizás les abran mañana, ya de día.
Que no tengan prisa por sacarlos de allí. Para nada.
La mira, mientras parece ser que ella se duerme, con su mano sobre la de él, y sonríe.
Y es que la gente sólo puede ver la realidad, cuando está preparada para verla.