sábado, 10 de noviembre de 2012

Apocalipsis


Escuché una canción, y en mi mente empezaron a nacer escenas, sueltas, y a la vez unidas.
Las notas acompañan cada palabra.

El ser humano está dejando de ser humano.

Ese es el  verdadero apocalipsis.


El fin del mundo es inminente.
Ya no queda esperanza, ya no hay una sola razón para evitarlo.
Ya sólo queda redención.
Estoy en el centro de todo, así, tal cuál. En medio de un campo árido y seco, un campo muerto. Mi gabardina gris se mueve, muy lentamente, producto de los últimos coletazos de una brisa que aún lucha por no apagarse definitivamente.
Mis manos permanecen metidas en el interior de los bolsillos, y no respiro.
Yo nunca lo he hecho.
Pero no, no soy tan diferente a lo que hay aquí.
Vosotros tampoco lo hacéis, aunque os creáis que sí.

Un chico lleva horas bajo la ducha, con la cabeza gacha, totalmente inmóvil, dejando que el agua golpee en el centro de su coronilla violentamente y se desplome por todo su cuerpo. Su respiración comienza a acelerarse, y su gesto se contrae. Sigue respirando a mayor velocidad, hasta que empieza a jadear, y apoya la palma de la mano derecha en los azulejos blancos, impolutos, tan en contraste con su situación.
Llora. De rabia, de dolor. Tal vez las dos cosas.
Sigue cayendo el agua, mas eso no le limpiará por dentro.

Un árbol cruje por última vez, después de más de un siglo vivo, de pie, haciendo frente a toda una vida y habiendo visto mucho más de lo que hubiera deseado ver. Y después de años de supervivencia, después de tanto tiempo haciendo de centinela silencioso, decide que ya está bien de aguantar tanto, tanto para nada. No hay solución. Ya no. Se oyen los últimos resquebrajos de su cuerpo lleno de astillas –como el del chico de la ducha, al fin y al cabo- y se parte en dos, sin la menor duda, sin el menor esfuerzo por mantenerse.

Una chica seria, absorta, con la mirada perdida en la nada. Sentada en una silla en medio de una habitación totalmente vacía, prácticamente a oscuras. Una persiana a medio abrir deja que entre la única luz de la habitación, proveniente de la calle, pero eso sólo hace darle un toque aún más lúgubre a la escena.
Por debajo de sus ojos caen un par de hileras oscuras, manchas de rimmel, manchas de lágrimas derramadas hace poco, y a la vez, hace tanto tiempo. Ya no tiene siquiera necesidad de llorar, sería totalmente en vano. Ya no hay esperanza. Esas manchas no son sino recuerdos de lo que un día fue, de lo que un día le dolió, y eso hace que aún quede dentro de ella la sensación de que hubo un día en que se sintió viva.

Las calles están colapsadas, pero no, no de gente. Hubo un tiempo en que sí, en que los únicos colapsos que se producían eran de personas, de personas llegando tarde y con prisas, de personas insultándose, barriendo la mierda debajo de sus alfombras, de cláxones impacientes y de insultos a aquel que no pensaba como ellos, no vivía como ellos, no era como ellos.
Ahora los únicos colapsos los produce esta lluvia que lleva dos meses sin detenerse ni por un sólo minuto. Llueve y llueve sin parar, tal vez producto de la ducha abierta de un Dios que no está muy seguro de si esta vez enviar un diluvio o mejor dejar que nosotros mismos nos sigamos cargando el mundo solos, que lo estamos haciendo muy bien, casi mejor de como lo haría él.

Una persona mira a otra, en silencio. Creía que la conocía, creía que podía confiar en ella, pero no, ya nadie mira por nadie. Personas como esa, sensibles, con fe aún en un mundo mejor, serán los primeros en caer.
Quizás personas como la otra piensen que así pueden llegar un poco más lejos, apuñalando unas cuantas espaldas y salvando su propio culo un par de veces, pero no, también caerán. Quizá más tarde, pero con más deshonra.

La moneda cae hacia abajo, girando violentamente, ya está a pocos metros del suelo, y esta vez saldrá cruz.

Un anciano se sienta encima de una lápida, dispuesto a pasar otra tarde más allí. Ya la gente no sale a la calle, pero eso a él no le preocupa. Estuvieron toda una vida juntos, y nada hará que eso cambie, nunca. Da igual quién esté aquí o no, los dos, uno de los dos, ninguno. Ellos están vivos, y lo estarán para siempre, mientras estén juntos. Su frente arrugada y sus canas despeinadas así se lo dicen.

Un hombre camina por las calles solitarias, sin un rumbo fijo. Pasa por delante de unos ladrillos arrinconados, e, improvisadamente, decide sentarse sobre ellos. De uno de los bolsillos interiores de su vieja chupa, que debería parecer de cuero y se sabe de plástico, saca una cajetilla arrugada de tabaco, y encuentra tan sólo uno. Se lo pone en la comisura de los labios, y saca del bolsillo izquierdo de su pantalón beige manchado un sobre con tan sólo dos cerillas, arrancando una de ellas. La enciende con su uña sucia y larga, pero, justo cuando se acerca con ella al cigarro, esta se apaga. Se queda un rato inmóvil, como alguien que no entiende qué es lo que ha ocurrido, o como alguien demasiado cansado para sorprenderse por ello. Vuelve a arrancar la única que le queda, y, con esta sí, consigue encender el cigarrillo, como si fuera un último guiño del mundo. Le da una profunda calada, y fija sus ojos en el cielo, de un color entre gris, rojo, negro. Hubo un día en que fue azul. De eso hace ya mucho tiempo.
Por entonces ni siquiera fumaba.

Dos jóvenes están sentados en un coche negro, largo, muy antiguo. Cada uno mira por el cristal de su ventanilla. No tienen más de veinte años. Él, rubio, fija su mirada en un punto del desolador paisaje, lleno de coches estropeados y abandonados. Un desguace sería una manera muy halagadora de definir la escena. Ella, con una felpa recogiéndole el pelo que le cae sobre los hombros, contrasta ese gesto inocente con una gruesa lágrima rodando por su mejilla, la cual viaja por cada poro que se encuentra en su línea recta de camino hasta resbalar por el mentón y estrellarse contra el comienzo de sus pechos. Un día esto no era así, creen recordar, aunque ninguno está seguro de ello.
Tal vez simplemente lo soñaron.

Un loco corre por las solitarias carreteras, zigzagueando y huyendo de algo que sólo sabe él. Quizá de un monstruo imaginario, quizá de su vida, quizá de su pasado. No importa. Sea lo que sea, le acabará alcanzando.
Sobre lo que un día fueron poderosos edificios, y hoy son sólo gigantes muertos, se posan palomas negras, plañideras de este inmenso funeral.

Sigo en medio de este campo muerto. Continúo con los ojos cerrados, con las manos en los bolsillos, con la gabardina danzando suavemente al ritmo de una suave brisa moribunda y agonizante.
Como este mundo.
No, no soy ningún anticristo.
Tal vez sea la conciencia, la inocencia de un niño, el sueño de un adolescente, la esperanza de un pobre.
Sea lo que sea, estoy muerto.
Mis pies se alejan del suelo, sólo unos centímetros, hasta quedarme suspendido en el centro de todo, ahora más que nunca.
El fin del mundo es inminente, la moneda da sus últimas vueltas, a pocos minutos de caer, y esta vez saldrá cruz.
Abro los ojos, llamándome la atención un detalle que hasta ahora se me había pasado inadvertido.
Una gota, una sola, cae una y otra vez sobre un punto fijo de este campo desolado y desértico. Como si sólo lloviera en esa estricta parte, en un radio de un milímetro.
En ese punto se aprecia un casi inadvertible brote verde, pequeño, diminuto, débil.
Pero vivo.
Tal vez la gota que cae una y otra vez sobre él sea de la ducha del chico, savia del árbol, una lágrima negra de la chica. Quizá sudor del viejo, saliva del hombre sentado en los ladrillos.
Quizá sea un conjunto de todo eso, o quizá no sea nada de ello.
Pero cae sobre un punto fijo, un punto de donde ha brotado algo verde, inadvertible, pequeño, diminuto, débil.
Y está vivo. 

domingo, 21 de octubre de 2012

Enemigos


No, nunca tuve ninguna duda de que podría seguir sin ti.
Que en estos tiempos ya nadie deja de vivir por nadie, que las cosas pasan. Que las fotos duelen, pero también existen cajones para guardarlas, e incluso llaves para cerrarlos ante la probable tentación, un sábado al volver a casa, o simplemente en cualquier momento en que el guardián de lo que no debemos hacer se vaya a dormir, de abrirlos e inundarnos en ellas, volviendo a empezar de nuevo. Que cuando todo empieza a desteñir al final acaba teniendo un color demasiado feo, y lo nuestro hacía tiempo que tenía unos tintes indescifrables. Que siempre se puede volver a la vida a la que he vuelto, a no dar explicaciones, a no saber cuando va a ser la última, a mentir, a besar, a prometer citas a la mañana siguiente que nunca llegan.
No, nunca tuviste ninguna duda de que podrías seguir sin mí.
De que ni siquiera estuve nunca del todo a tu altura, de las constantes peleas sintiendo cómo me quedaba atrás, sin entender tus noches enteras en la biblioteca, sin enterarme muy bien de esas cenas de tres platos, de no saber nunca en qué consistía el menú, a pesar de que me lo nombraras una y otra vez.
Que todo pasaría, que detrás de mí seguro que vendría alguien mejor, posiblemente más alto, más adecuado para ti, que supiera hablar el doble de idiomas que yo (o sea, con dos ya iría sobrado) y que te invitara a ver esas películas en versión original a las que yo nunca les acabé de ver la gracia.
Es raro estar en el mismo sitio que tú.
No es especialmente doloroso, ni melancólico, ni condeno mi mala suerte. Simplemente es raro.
Estar en el mismo lugar sin estar contigo, empezar a vivir estos días que tarde o temprano sabíamos que iban a llegar, no siempre íbamos a estar esquivándonos, evitando a acudir a sitios sólo por la probabilidad de que el otro también fuese; ya era demasiado extenso el tiempo de hacerse el feliz delante del otro, de las carcajadas forzadas, de los amigos sobreactuando para que ambos veamos lo bien que estamos.
Tal vez uno de los errores fue no pensar nunca algo tan simple como que, a veces, la culpa también era de uno, y no siempre del otro.
Estamos bien, no pasa nada.
Acabó, y cada uno ha rehecho su vida, de diferentes maneras.
No, nunca tuvimos ninguna duda de que podríamos seguir sin el otro.
Simplemente es extraño ese sentimiento de hacha enterrada, de no hablar contigo ni siquiera para gritarnos, porque de este mismo sitio salí contigo un día, parece ahora tan lejano, cogiendo tu mano disimuladamente, y apenas cinco metros más allá, en una noche de frío intenso, nos besamos por primera vez, quién sabe cuanto tiempo deseándolo. Porque en este sitio nos gritamos a viva voz, nos maldijimos, nos jodimos a más no poder… y ahora no hay nada de eso. Ahora todo es una extraña sensación de mar en calma, cuando ya no quedan ni siquiera rencores, ni siquiera gritos que pegarnos. Porque al menos mientras ocurría eso seguía habiendo algo, aunque fueran gargantas lastimadas y miradas fulminantes.
Ahora ya no hay nada de nada. Ahora es el verdadero final.
Estoy cansado de luchar, de discutir, de creer, de forzar.
Estoy cansado de quererte y de no hacerlo, de pensar en todo esto y de repetirme que no lo voy a volver a hacer.
No es cuestión de pasar página, sino de quemar el libro.
De apagar la luz y cerrar la puerta, sabiendo que no vas a volver a entrar ahí, y que no pasa nada porque nos crucemos por el descansillo, como ahora.
Que podemos saludarnos como si nada hubiese pasado, quitarle la respiración asistida de una vez por todas a lo nuestro y dejar que se muera sin hacer ruido, sin pena ni gloria.
Sonríes, tímidamente, y veo en esa sonrisa lo mismo que yo pienso, ese cansancio de pelear, ese hacha enterrada… esa renuncia definitiva a la idea de volver a estar juntos alguna vez.
Alzo la copa, y sonrío yo también, mientras me parece que nuestra mirada está durando más de lo que debería.
Ya no somos conocidos, ni amantes, ni pareja, ni siquiera enemigos.
No, si de algo estoy seguro, es que no quiero ser tu enemigo.
Nunca tuvimos ninguna duda de que podríamos seguir sin el otro.
Simplemente es extraña la sensación, el encontrarte en el descansillo, el no saber quién debe pulsar el botón del ascensor, sólo eso.
Ni conocidos, ni amantes, ni pareja, ni siquiera enemigos.
Y, seguramente me equivoque, pero juraría que en nuestra mirada ha habido todo eso.
Serán cosas mías.

martes, 25 de septiembre de 2012

Siempre.


  • Tengo miedo
Dijo, girando la cabeza y mirándome a los ojos. Y a pesar de que se le adivinaba en los suyos, una sonrisa inocente decoraba sus labios.
Me tenía al lado, y sólo eso le bastaba.
Yo la miré, y en ese momento sentí miles de sensaciones a la vez… aún las recuerdo todas.
Sí, a pesar de que no me acuerde ya ni de qué hice ayer, y me mire al espejo, cada vez me guste menos, y sienta que el niño aquel se va con una velocidad que aterra, todavía recuerdo con absoluta claridad cada sensación de ese momento; porque yo era su faro, y eso, a la vez que me producía vértigo, una enorme responsabilidad, y por supuesto miedo, como a ella, también me producía felicidad… esa felicidad que, por más que he intentado encontrar después, me resigné hace tiempo a pensar que se quedó allí, en aquella época, en aquella tarde, en aquellos niños.
  • Todos tenemos miedo... –Sonreí, como quien finge tener veinte años y saber de qué va la vida- …pero para eso estamos juntos, ¿No?
Una lágrima, una sola, resbaló sobre su mejilla. Sólo esa se permitió dejar escapar. Cayó al césped en el que estábamos tendidos, y desapareció entre la hierba.
Su mano agarró la mía, y suspiró.
  • ¿Siempre? -Sonrió-
Entonces la miré a los ojos, y supe que lo decía de verdad. Que aunque apenas estuviéramos empezando a vivir y no supiéramos nada, aunque creciéramos y algo cambiara por lo que fuera, en ese momento me decía eso con toda su alma, con absoluta certeza, con seguridad.
  • Siempre. –Sonreí yo-


  • Ayer otra vez igual ¿Eh? Por cierto, qué frío hace, cojones.
Salgo de mis pensamientos, y me vienen los años de golpe, las canas, los dolores. Miro hacia mi derecha, de donde proviene la voz. Un chico, de unos diecilargos años, asiduo también a esta misma parada de bus cada mañana, me habla, señalando el diario deportivo que tengo bajo mis manos. Lleva un grueso chaquetón, y un gorro que le llega justo a las cejas.
  • Pues sí, para variar -contesto-
  • Estoy empezando a pensar que todos los lunes son demasiado iguales. Siempre nos vemos después de una derrota. -dice sonriendo, y se sienta a mi lado-
Asiento, con la mirada perdida, y sus últimas palabras se niegan a dejar mi mente.
  • Aunque, si siempre ganaran… también los lunes serían iguales ¿No?
Me mira, y sonríe.
  • Sí, pero estaríamos felices. ¿A quién le importaría entonces que fueran iguales o no?
Vuelvo a asentir, y le dejo el periódico para que le eche un vistazo a esa dolorosa derrota de nuestro equipo ayer por tres a cero.
Sí, pero estaríamos felices. ¿A quién le importaría entonces que fueran iguales o no?” Sigue sonando en mi cabeza.
Obvio, acabo diciéndome.
Sí que hace frío hoy, sí. Más que de costumbre.
Será que es lunes, y los lunes siempre le cuesta a uno arrancar la semana, sobre todo si son las siete menos cuarto de la mañana y hace frío, sobre todo si un joven al que ves cada día empieza a llamarte de usted sin darte cuenta… sobre todo si cada día es como un lunes en el que la noche anterior tu equipo ha sido goleado.
  • Perdone, ¿Sabe a qué hora llega exactamente el bus?
Una mujer, de unos treinta y pico, me habla desde el otro extremo de la parada.
  • A las siete en punto, en teoría. Pero siempre se retrasa.
Ella asiente.
- Es que casi nunca paso por aquí, y me pilla un poco despistada.
- No se preocupe. –Sonrío-
Toma asiento finalmente, sentándose al lado del chico, y a su vez dejándolo en medio de los dos.
Ayer soñé de nuevo con aquel día, con aquellos días.
El tiempo pasó, y supongo que nadie estamos exentos de sufrirlo. Yo, al menos, no lo estuve. A veces me gusta pensar que ella sí, y que el tiempo la ha hecho completamente feliz. Otras, más egoístas y rencorosas, pienso que, si yo no he vuelto a encontrar la felicidad, espero que la suya se quedara en el mismo sitio que la mía.



  • De verdad, sé que ahora no me puedes creer, pero lo hago por los dos.
Habían pasado cuatro años desde aquella tarde en que me dijo que tenía miedo, habíamos vivido mil tardes más allí, nos habíamos visto crecer, hacer mil promesas... pero, por lo visto, al cumplir los dieciocho y tener planes de estudios en otras ciudades a uno se le quita todo ese miedo, esa tontería… aunque sigo preguntándome por qué a mí no, por qué a mí jamás se me quitó, si yo crecía como ella, si yo tenía exactamente los mismos planes.
  • Necesitamos encontrar cosas diferentes, descubrir otros sitios… sé que nos irá bien a ambos. -Sonrió-
Me había citado, en el mismo parque donde siempre quedábamos, pisando el mismo césped que un día nos vio tendernos sobre él y prometernos que siempre estaríamos juntos, para decirme que era hora de seguir el camino por separado.
  • Yo no necesito otra cosa que no seas tú. –Le dije, sin querer parecer que estaba suplicando, pero sin poder evitar que esta vez fueran mis ojos los que lloraban-
Pero su gesto era sonriente, como quien sabe que de verdad está haciendo lo correcto.
  • Jamás se me olvidará este tiempo contigo, jamás… pero créeme, algún día me lo agradecerás.
Veinte años han pasado, veinte. Aún no sé cuando coño va a llegar ese supuesto día en que se lo tenga que agradecer.
  • ¿Ya no tienes miedo? - Le dije mientras la veía alejarte-
Se giró, derramó una sola lágrima, como aquella vez, y sonrió.
  • Nunca he dejado de tenerlo.

Un año después la volví a ver. Ni siquiera sé si ella me vio a mí, supongo que no. Estaba a punto de entrar en la veintena, y era aún más increíble que la última vez; y sí, todo lo que me dijo en aquella despedida se cumplió… sólo que por su parte nada más. Alguien la acompañaba, y, la verdad, el rápido repaso visual que le hice me bastó para saber que a simple vista me ganaba absolutamente en todo.
Ella se había olvidado. Se había olvidado de todo. Y ahí me quedaba yo, pensando, por un lado, que no tenía sentido seguir sufriendo, y por otro, que fuera así o no ya era tarde… jamás me iba a olvidar de ella, lo mereciera o no. Jamás.
Ella haría su vida, y simplemente recordaría su adolescencia y al ser que la acompañó en ella con cariño, sabiendo que fue feliz, pero que solamente fueron niñerías, típicas relaciones adolescentes, mientras que yo viviría mi vida entera con esa despedida clavada, renunciando a todo, renunciando a pensar que eso existía de verdad, que había personas que no se cansaban, como se había cansado ella.



Miro a mi izquierda, y observo a la mujer, que mira al frente, con la mirada perdida. El corazón me late rápidamente, y es que, si fuera valiente, si aún no se me hubiera olvidado cómo era eso, seguramente le hablaría, y le diría que se parece increíblemente a una niña que conocí una vez.
La observo, cada vez con más atención, con más agobio, con más agonía. Sus ojos, sus rasgos, aún estando callada y seria, sus labios… tan sólo le falta una lágrima, una sola lágrima recorriéndole la mejilla, para no dudar de que es exactamente igual que aquella niña.
Me gustaría decírselo, me gustaría decirle que le agradezco, aunque no haya hecho nada por ello, que hoy mi corazón haya latido de nuevo. Me gustaría decirle que me recuerda a alguien, a la única persona que este corazón reconoce, que sus labios son iguales a los de esa niña, cuando me sonreía y me decía que estaríamos juntos para siempre, que sus ojos son los mismos que aquellos que un día me miraron con infinita inocencia e ilusión… que su rostro es demasiado parecido al de una adolescente que marcó mi vida para siempre.
Pero no, no puede ser la misma. No puede serlo, porque esa niña estaba llena de vida, de ilusiones, de confianza, y este rostro que ahora mismo observo no tiene nada de eso. Es bello, a más no poder, pero miro sus ojos y no veo ese brillo que veía en los de ella, miro su gesto y no encuentro ni un solo resquicio de esa felicidad que obtuvo junto a mí.
Pero qué bella es, a pesar de todo.
El autobús llega con su traqueteo incesante, y se para justo delante de nosotros, abriendo sus puertas para que los tres pasajeros que estamos aquí sentados nos subamos a él.
El chico se levanta, y lo observo subir, a paso ligero.
Después de unos segundos, el vehículo cierra sus puertas, y sigue su camino, dejándome aquí con el corazón petrificado, exactamente en la misma posición en la que me senté, con la mirada perdida.
La mujer sigue a mi lado, en idéntica posición.
El autobús, ese que jamás he perdido en años, se ha ido sin mí.
El autobús, ese que ella buscaba hoy, encontrándose en un sitio donde no suele, se ha ido sin ella.
De nuevo miro su rostro, y aunque es extremadamente precioso, sé que no es el de aquella niña.
Ya no lo es.
  • Me equivoqué. –Dice esa mujer, a la que no conozco de nada- Creí que lo hacía bien… pero me equivoqué.
No hablo, no contesto, no gesticulo.
Se levanta, y me mira a los ojos, con una lágrima, una sola lágrima, la única que se permite dejar escapar, resbalando por su mejilla.
  • Supongo que jamás dejé de tener miedo.
Giro lentamente la cara, y la miro a los ojos, sin sorpresa… sólo con dolor, aunque mi rostro no lo demuestre.
  • Un día nuestro equipo dejará de perder, y ganará todos los domingos… y entonces no importará si todos los lunes son iguales. Porque a nadie le importa que los días se repitan, mientras sean felices.
La mujer desconocida hace un gesto de no entenderme.
  • Yo también tengo miedo. –Digo, levantándome del asiento, con un dolor en las costillas desesperante.
La miro a los ojos, y añado:
  • Nunca dejé de tenerlo.
Le toco la mano a modo de despedida, y con solo ese leve contacto, vuelvo a tener quince años, aunque sea por un sólo segundo más en mi vida.
  • Todos tenemos miedo, señora.
Le digo, mientras comienzo a caminar lentamente.
Hoy, por primera vez en muchos años, haré mi camino andando.
Porque mientras siga haciendo lo mismo cada día siempre será lunes, siempre hará frío, siempre me llamarán de usted… siempre perderá mi equipo.
y eso algún día deberá cambiar.


  • Tengo miedo.
Dijo esa niña, girando la cabeza y mirándome a los ojos.
Yo la miré, y en ese momento sentí miles de sensaciones a la vez… aún las recuerdo todas
  • Todos tenemos miedo. Pero para eso estamos juntos, ¿No?
  • ¿Siempre? -Sonrió-
Entonces la miré a los ojos, y supe que lo decía de verdad. Que aunque apenas estuviéramos empezando a vivir y no supiéramos nada, aunque creciéramos y algo cambiara por lo que fuera, en ese momento me decía eso con toda su alma, con absoluta certeza, con seguridad.
  • Siempre.

martes, 18 de septiembre de 2012

Redención


Las gotas de lluvia golpean ferozmente contra el cristal de la ventana, en forma de amenaza. No es de esas ocasiones en la que la lluvia es plácida, como una suave sinfonía, una orquesta donde todo suena a la perfección.
Esta vez caen como si fueran pequeñas bombas venidas directamente del cielo, sin que su intención sea otra que quebrar el cristal e inundar la habitación.
Tal vez sea una gota por cada persona que dañó, una gota por cada dolor que causó.
Está sentado a los pies de la cama, con los codos sobre las rodillas, y las escuálidas y huesudas manos entrelazadas. La gabardina grisácea y vieja tiene un color aún más oscuro, casi negro, tras haberle caído toda la lluvia encima, y de vez en cuando incluso le siguen cayendo gotas de su gran bigote canoso.
Respira agitadamente, aunque de eso él no se da cuenta.
Él solamente escucha la lluvia amenazarle, en esta fría y cutre habitación de motel de carretera, y sabe que para él ya no hay redención.
La pidió, Dios sabe que la pidió... pero, cualquiera que la oyera, si es que alguien lo hizo, la obvió completamente.
Demasiado daño causado durante demasiado tiempo como para que todo sea perdonado de repente, ha terminado por pensar.
Medio siglo de vida intentando hacerlo bien y cada vez haciéndolo peor, viéndose envuelto en situaciones en las que nunca supo cómo acabó exactamente, pero desde luego, ninguna inmerecida.
El día que deba ponerse delante del Altísimo, simplemente, lo mirará a los ojos, y le dirá, con toda la sinceridad que cabe en su alma, que no supo hacerlo mejor. Cuando no hay más que un camino posible para respirar, para comer, para vivir, simplemente te dispones a seguir recorriéndolo cueste lo que cueste, sin pararte a pensar que no es el mejor, o el más seguro. Sólo caminas, porque sabes muy bien que hay gente detrás que, en cuanto te vea dubitativo, te va a dar un empujón para adelantarte.
Suspira, y esta vez sí se da cuenta de ello.
Hacía años que no suspiraba.
Si alguna vez tuvo un atisbo de vida normal, hace tanto de ello que ya ni recuerda si de verdad fue así, o simplemente lo ha imaginado tantas veces, su cerebro, sus venas y su alma han pasado por tanto, que ya confunde realidad con ficción.
Tal vez sí, tal vez, después de todo, hubo un día alguien al que le preocupó su vida, alguien que intentó darle algo mejor. Lo que más se condena es no poder recordarlo siquiera, pero, si así fuera, ahora, desde esta solitaria y húmeda habitación, le agradece con lo poco que le queda de alma su dedicación y empeño.
Le gusta pensar que no es una mala persona. Y no, no lo hace por sentirse mejor, ni por ser victimista, ni por eludir responsabilidades.
Sabe que la inmensa mayoría de cosas que le han ocurrido en su vida son merecidas, tal vez involuntariamente, pero merecidas, pero eso no le quita para pensar que no es malo. Quizás se ha equivocado muchísimas más veces de lo que se le puede permitir a un ser humano, y, si así fuese, su penitencia lleva pagando y seguirá haciéndolo el resto de su vida.
No supo hacerlo mejor.
Apoya la palma de las manos en sus rodillas para ayudarse a levantar con tremendo esfuerzo, sintiendo cómo le tiembla hasta el más mínimo músculo de su diminuto y maltratado cuerpo, pero lo hará de todas formas.
Se dirige con paso torpe hacia la ventana, como un cachorro aprendiendo a caminar, y se agarra a la cortina estampada de flores, para poder divisar el desalentador paisaje.
No hay absolutamente ninguna casa en kilómetros a la redonda, y no se ve más que hojarasca revoloteando fuertemente, acompañada de silbidos crueles del viento mezclado con la lluvia.
Silbidos crueles que llegan al alma.
Una lágrima le cae por la arrugada mejilla, a la que le siguen otras, al principio distantes, y luego cada vez más asiduas.
Hacía años que no lloraba.
Llora por la soledad, por la vida que no es vida, por haberlo hecho todo mal.
Llora por esa señal de redención que pidió a un Dios que ya no le quiere escuchar, llora porque le duele algo muy adentro, demasiado constante, durante demasiado tiempo.
El hombre del tiempo ha dicho que no hay ninguna posibilidad de que escampe en las próximas doce horas, absolutamente ninguna. Que nadie salga de sus casas, que se queden calentitos, con sus familiares.
Calentitos, con sus familiares.
Mira al suelo, y de nuevo emprende esa travesía de apenas unos pasos, para llegar de nuevo junto a la cama.
Se sienta en ella, con sumo cuidado, y deja la vista perdida.
No hay terror más grande que el cansancio. No hay agonía más insoportable que la de sentir ese hastío continuo, esa sensación de que quieres llegar ya a la meta, no importa lo que aún te quede en el camino. Simplemente, no te interesa.
Se tiende en la cama, entre leves quejidos, y se queda bocarriba.
Algo le va haciendo cada vez los párpados más pesados, y no sabe si es sueño, o es algo más profundo. Más ilimitado.
Pero no le importa. Sus ojos quieren cerrarse, y él no piensa impedirlo.
Hacía años que no dormía.
El viento amaina poco a poco, el silbido cruel cada vez lo es menos, y la hojarasca vuelve muy lentamente a reposar en el suelo, allá detrás de la ventana.
La lluvia cesa de repente, y es que hasta a ella, tan cruel e inflexible, le ha llegado a conmover.
El hombre del tiempo dijo que era totalmente imposible que parara de llover en doce horas, y ahora no hay rastro de lluvia, ni de viento.
Sólo hay redención.
Una redención brindada por un Dios que nunca lo dejó de escuchar, por un cielo que ahora no protesta, tan sólo llora su pérdida. La pérdida de un simple ser humano más, errante y torpe, que se equivocó demasiadas veces, durante demasiado tiempo.
Él no verá que su redención ha sido concedida, no verá que no llueve, no verá que las gotas ya no lo amenazan.
Él no volverá a despertar de esa solitaria cama, en un motel apartado de toda civilización, pero no le importará.
Hacía años que no vivía.
La noche es más oscura, y el viento mece un luto que nadie sabrá jamás.
El cielo está triste, y el mundo llora la pérdida de una buena persona.
Cada vez quedan menos, y cada vez están más escondidos.
No era un mal hombre, nunca lo fue.
Simplemente, no supo hacerlo mejor.

lunes, 13 de agosto de 2012

El Brindis



"Que tus ojos me sigan matando, aunque sé que tal vez sepa amargo,
que mi vaso vacío se vuelva a llenar, del licor que derraman tus labios"  

Aitor, Ángel y Fernando. "CIRCO POP."




Déjame que alce mi copa, y no se me olvide brindar por ello.
Déjame que te mire, mientras toda la sala lo hace, y yo me sienta aún más orgulloso de ese día que, sin un por qué demasiado concreto, empezamos a hablar. Aquella ocasión en que nuestras miradas se cruzaron, y, tal vez, todo lo vivido hasta ese momento se evaporó, diferenciando, por fin, entre la verdad, y todo lo anterior, tan de cascarilla.
Déjame sentir la envidia de todos, porque soy yo el que te tengo, y nadie más.
Déjame que te mire a los ojos, con esa sombra oscura que los hace aún más intensos, y, cuando a tus labios les dé por estirarse levemente, mostrando una sonrisa tímida, como de niña quinceañera que aún no sabe lo maravillosamente guapa que es, vuelva a sentir dentro de mí toda esta grandiosidad.
Que eres eso que veo en ese momento, y nada más. Esa inmensidad, contenida en un frasco de metro setenta.
Déjame que roce tu mano, con esa tez morena, y las uñas pintadas de rosa, y la apriete como llevo apretándola desde que consiguió salvarme de aquel precipicio, y aún no me ha soltado.
Te miro, sonríes, y sé que no, que jamás lo hará.
Que la gente se levante y aplauda, que nos miren y nos admiren, que piensen que somos la pareja perfecta, con toda una vida por delante y un mundo a sus pies. Que contemplen tu belleza y digan lo afortunado que soy, porque no les faltará ni un gramo de razón.
Y entonces aparece esa sonrisa de la que antes hablaba, y yo vuelvo a enamorarme un poco más.
Ahora vendrás, con ese aire cohibido, y apoyarás tu mejilla en mi hombro, para “taparte” de tantas miradas, de tanta admiración; y yo te abrazaré, mientras sonrío con ternura, y se me olvidará todo lo demás.
Tal vez haya un momento para cerrar los ojos con fuerza, para tragar saliva sólo una vez, conteniendo tantísimo dolor; pero lograré acallarlo, escondérmelo con maestría. Créeme, no es la primera vez.
Ambos sabemos que no es la primera.
Yo no preguntaré dónde estabas, y tú no tendrás que responder.
Yo olvidaré esas otras caras, esos otros gestos.
Olvidaré quién o quiénes, desde o hasta cuando, por qué.
Lo olvidaré porque a mí se me da muy bien encontrar la verdad y a ti fatal mentir, olvidaré porque, tal vez, en una de estas te dé por darte cuenta de que ya está bien, de que no es necesario seguir buscando algo que no vas a encontrar, que caigas en la cuenta de que, lo que intentas conseguir, no es otra cosa que lo que tienes aquí. Que te digas a ti misma que ya basta, que retornas para quedarte definitivamente... que, esa vez, habrá sido la última.
Pero lo olvidaré sobre todo porque tal vez en una de estas no consigas una excusa medianamente a la altura y, arrinconada, te dé por decir la verdad. Entonces desaparecería tu sonrisa tímida, tus ojos encogiéndose de esa forma tan preciosa cuando lo haces, y tu rostro se transformaría en agobio, temor, tal vez llanto.
Y por Dios que no quiero eso.
Yo quiero verte así, feliz, radiante.
Yo quiero que sigan aplaudiendo por toda la eternidad, ver esas caras satisfechas y orgullosas, esas miradas puestas en nosotros, con envidia sana y orgullo.
Lo demás quedará todo olvidado.
Que a mí se me da muy bien disimular, y a ti aún mejor callar.
Sé que me quieres. De eso no tengo ni la más mínima duda.
Que resuenen las campanas, que el gentío llore de emoción, que las niñas sueñen con ser tú, y que todos los hombres del lugar quieran ser yo.
Pero no lo serán. Sólo existimos nosotros, y somos la pareja perfecta.
Te acercas, y puedo llegar a olerte.
Tu sonrisa tímida, tu aire cohibido.
Te quiero. Tanto, tanto, que he logrado olvidar que no puedo olvidarlo.
Déjame que alce mi copa, y no se me olvide brindar por ello.

domingo, 22 de julio de 2012

Amor



Para entender el final del relato, se ruega ver este vídeo.

Para entender el relato en sí, se ruega haber amado alguna vez, en cualquiera de sus numerosas formas.








Dicen que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho tiempo.
Incluso intentan explicarlo.
Que es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante de todo.
El cerebro.


Se mira al espejo, sin gesticular. Siempre ha sido una mujer fuerte, y eso no va a cambiar ahora. Toda su vida ha luchado para conseguir lo que ha tenido, nada le ha sido fácil, y siente por primera vez que pierde una batalla, una batalla que le es imposible de vencer. Contra el tiempo, contra los años; contra unos senos firmes y jóvenes, contra una piel sin la más mínima arruga.
Una batalla perdida antes de empezar.
Hoy es su aniversario, quizás él ni lo recuerda. Y aunque nunca le haya dado demasiada importancia a este tipo de cosas, es doloroso recordar que hoy es la efeméride de ese día en que él le pidió hablar, en aquel local, y ella le dijo que la esperara fuera. Era tan joven, tan guapa... y tan inocente. Dudó muchísimo si acudir, nerviosa y dubitativa, y tardó una hora en hacerlo, pensando (con cierta parte de alivio) que para esas horas ya se habría cansado y marchado. Cuando salió, llovía atronadoramente... y allí estaba él, de pie, tan delgado y nervioso, sin gesticular, con sus gafas de pasta gruesas totalmente ahumadas, calado hasta los huesos y con el pelo empapado.
Ella lo vio, y se echó a reír. Él rió con ella. Supo que era el hombre de su vida.
Es bonito recordarlo, a pesar de todo.
Escucha pasos sordos acercarse a la habitación, y corre a secarse las lágrimas que le resbalan por sus mejillas, y que no va a dejar que nadie vea. Menos él.


En el otro extremo de la ciudad, una camarera cierra las puertas de la cafetería en la que trabaja, después de otras doce horas de turno. Aún queda gente dentro, pero ya no se permite la entrada. Le da la vuelta al letrero de la puerta, y se queda mirando el cielo oscuro, mientras le brillan las pupilas. Es curioso ver algo tan bonito desde un sitio tan deprimente.
Algún día irá a la Luna. Algún día se paseará por todos y cada uno de esos astros, y, mientras se sienta en la estrella más brillante, levantará el dedo corazón hacia la dirección donde esté la cafetería.
Sonríe levemente, cansada, y se da la vuelta.
Deja paso para que salga una pareja, y, mientras sigue caminando, fija la mirada en un joven que lleva toda la tarde ahí, aunque se ha percatado de ello justo en este momento. Está sentado frente a la barra, inmerso en una carpeta abierta, de cartón gastado rojo, y lleva una gorra hasta las cejas. Entró alrededor de las ocho, cuando el bullicio aún era casi inexistente, y es el único cliente que queda.
  • Perdona, vamos a cerrar.
    El chico levanta la cabeza, y sonríe, como quien esconde algo. Ella le devuelve la sonrisa, algo extrañada, y observa cómo se levanta de la silla delicadamente.
    Se recoloca la gorra, y asiente.
  • Hasta otra.
    Ella lo sigue mirando con curiosidad, hasta que desaparece detrás de la puerta de cristal, mientras aún suena el tintineo de la campana que indica que alguien acaba de salir del local.


A pocos metros de allí, un chico de quince años, metido en su cama, mira la pantalla de su móvil, única iluminación de toda la habitación. En ella aparece un número, el de ella. El de esa chica que jamás le ha dedicado siquiera una mirada, esa por la que todos mueren, y que él no es menos. Un amigo suyo, mucho más atrevido y seguro que él, se lo ha dado, “obligándole” a llamarla; si no es capaz de hablar con ella cara a cara, al menos podría intentarlo por teléfono, mantener una conversación, aunque quizás ni siquiera sepa quién es. Es tan... tan especial. Es única.
Y él es un chico normal, demasiado normal, tal vez.
Nadie en quien sea probable fijarse, muchísimo menos ella, tan aclamada siempre por todos.
Sí, piensa, definitivamente, ese es, dentro de sus numerosos defectos, el peor: es demasiado normal.


A unos cientos de metros de esa habitación, la puerta de una de las casas adosadas del barrio es el escenario perfecto para la despedida de la noche de ellos dos. Ella, rubia, de piel blanca y sonrisa pícara, tiene las llaves de casa en la mano. Él, rubio oscuro, ojos claros, y una terrible confusión dentro de su cabeza, la mira. Llevan tres minutos en absoluto silencio, pero de eso ellos no se dan cuenta. Se están mirando. El tiempo, simplemente, no existe.
Él sonríe, como sabe bien, esa sonrisa segura, aunque por dentro sienta que no, que no está seguro de nada.
Ella le sigue a esa sonrisa, y se pasa el pelo por detrás de la oreja.
  • Bueno, pues será mejor que entre.
    Él asiente, tan aparentemente ajeno a la guerra mundial que se libra dentro de su cabeza, dentro de su corazón. Querer, necesitar hacer algo que tal vez sea mejor no intentar, por daños a terceros, por dudas, por cobardía. Es más fácil eso de dejar pasar día tras día, y simplemente esperar a que todo acabe. Pero joder, es que en vez de acabar, sólo hace crecer. Y sería tan fácil subir ese par de diminutos escalones que le separan de ella y besarla... Dios, lo ha hecho cientos de veces, con chicas que no le han importado tanto, o menos, o nada. ¿De verdad podemos ser tan idiotas como, cuanto más nos importa la persona, menos atrevernos? La respuesta se la dan los metros que aún lo separan de ella. Pero, si lo piensa, es que es tan difícil... es más, puede que ni siquiera ella sienta lo mismo, ¿Y qué pasaría si va y...? Lo mejor es callar, al final acabará desapareciendo esa sensación, y se reirá de todo esto.
  • Sí, es lo mejor.
    (No te vayas, por favor. Quédate, invítame a entrar, improvisa algo, prometo seguirte...)
  • Hasta mañana. -Sonríe ella-
    (Acércate. Ni siquiera sé del todo bien por qué quiero que te acerques, pero hazlo. Tal vez simplemente me sienta bien olerte, o quizás necesite agarrarte de la chaqueta y decirte que no te vayas nunca....)
  • Hasta mañana. -Sonríe él-
    Ella vuelve a regalarle esa sonrisa, esa sonrisa que son latidos, y finalmente se despide, levantando vagamente la mano.
Ha sido una buena noche, ha sido una bonita despedida. ¿Por qué se sienten así entonces? Piensan. Es fácil la respuesta: No quieren despedidas.
Las cosas están muy claras.
Con lo fácil que sería hablar sin paréntesis.


En la calle de enfrente (incluso las casas son exactamente del mismo tipo, solamente varían en que, en vez de estar pintadas de rosa, están de marrón) un anciano arrastra los pies por el oscuro pasillo de casa, dirigiéndose al dormitorio. Son las doce, y eso es todo un récord para él. Abre la puerta de la habitación, y, despacio, se sienta en la cama. Se toma su “droga” como llama él a sus pastillas, y enciende la lámpara de noche. Dirige su mano temblorosa hacia una de las fotos que hay en la mesita, de ellos dos hace muchos años. Tanto, que la foto luce color sepia. Qué preciosa era de joven. La chica más bonita del mundo. Tanto tiempo juntos, tanto, que ni recuerda un sólo día de su vida sin que ella estuviera, ni le interesa recordarlo. Esos días son sólo paja, relleno. Su verdadera vida comenzó el día que la encontró. Sonríe, suspira tristemente, y, mientras deja la foto en su lugar, coge otra, de hace apenas unas semanas. Esta se ve mejor (su nieto se la ha sacado por “los chismes esos de ahora de los ordenadores”, como llama él a las impresoras), y entre las dos fotos hay aproximadamente cincuenta años de diferencia... pero diablos, la mira, y no hay comparación. Ahora es muchísimo más bella que en aquel tiempo.
Hoy es la cuarta noche que pasa solo, ella está en el hospital.
Sabe que va a recuperarse, lo sabe.
Nadie se va a ir sin el otro.


Dicen que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho tiempo.
Incluso intentan explicarlo.
Que es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante de todo.
El cerebro.


Su marido abre la puerta del dormitorio, y ella se hace la dormida. No tiene ganas de hablar, y menos de oír mentiras. Nota como él se sienta en la cama, y se mantiene durante unos segundos así, sin hacer nada, de espaldas a ella.
Finalmente se vuelve a levantar, lentamente, y se marcha de la habitación.
Ella abre los ojos, sorprendida, y mira hacia la puerta. Se incorpora, y de pronto descubre una nota encima de la cama.
Ni siquiera te ha dado por mirar en mi cajón, desconfiada”
Brinca levemente hacia el cajón de la mesilla de noche del lado opuesto, y lo abre. Dentro hay unas gafas viejas, unas gafas de pasta gruesas, y una nota.
Volvería a esperarte, volvería a aquel chaparrón sin pensármelo dos veces. Una hora, dos, toda la vida. Sin dudarlo ni por un sólo segundo. Cada día le doy gracias a Dios por aquel resfriado. Feliz aniversario. Te quiero”.
Ella ríe, y llora. Ríe, y llora, y es el cruce de sentimientos más bonito del mundo.
La puerta se abre, lentamente, y aparece él. Con sus gafas de hoy en día, mucho más finas y estilosas, con veinte años más, con su sempiterno gesto irónico... pero, si lo mira bien, no es él. Es un joven, calado hasta los huesos, delgado y nervioso.
  • Te quiero. -Recalca-
  • Te quiero. -Dice ella, asintiendo-
    Se acerca a ella, y se abrazan. Como aquel día, en la puerta de esa discoteca. Incluso parece que empieza a llover dentro del dormitorio.


Está a punto de apagar las luces de la cafetería, cuando descubre la carpeta roja, de cartón débil y gastado, encima de la barra. La carpeta del chico de la gorra. Se dirige a ella, y, dudando si hacerlo o no, finalmente la abre.
Coge el primer boceto, llamándole su atención que es un dibujo de la puerta de la cafetería, la fachada, el letrero luminoso, todo. Hecho sólo a breves trazadas, con lápiz, suave, pero a la vez idéntico a la realidad. Deja el papel encima de la barra, mientras se sienta en un taburete, cada vez más interesada. La siguiente hoja la deja aún más sorprendida: es ella, limpiando la barra. Es ella, con todo detalle... y habiendo logrado captar la tristeza que contienen sus ojos. Lo mira (se mira) un buen rato, y decide seguir avanzando en su descubrimiento. Todos los dibujos siguientes son de ella, de ella en su rutina diaria... incluso cambiando el letrero de abierto a cerrado, mirando tras el cristal al oscuro cielo, hace apenas unos minutos.
Sólo quedan tres hojas más.


El corazón parece explotarle mientras los tonos suenan, y está a punto de colgar, cuando cae en que ya es demasiado tarde. Una vez que ha empezado, aunque corte la conexión, a ella le aparecerá el número que la acaba de llamar, y entonces lo verá, y tal vez llame, y... demasiados “y”. Con un poco de suerte, ella no lo cogerá y punto.
  • ¿Sí? -Responden desde el otro lado-
Lo que se produce entonces es algo que jamás recordará bien. No sabrá cómo habló, cómo dijo exactamente lo que quería decir, cómo no se le notó el nerviosismo... cómo ella acabó la conversación diciéndole que mañana se verían en clase, y que sí, que por supuesto sabía quien era.
Que le gustaba que era diferente... tan “normal”, comparado con los demás. Que ese era su encanto.
Se recuesta, aunque duda ciertamente de que pueda dormir.
Es la noche más feliz de su vida, sería una idiotez gastar un sólo minuto de ella durmiendo.
  • Te quiero. -Susurra, a la oscuridad de la habitación-
    Quién puede saber si, en este mismo momento, una voz femenina pronuncia lo mismo a sus propias cuatro paredes.


Se para en seco, en la solitaria calle. Cierra los ojos, respira hondo, y, tras unos segundos, se da la vuelta, aligerando el paso. Cada vez quedan menos metros para llegar hasta la casa de ella, allí donde se han despedido hace unos minutos... pero ese es el problema.
No quiere más despedidas.
Acrecienta su paso tal y como se va acercando, hasta llegar a un breve trote justo antes de pararse en su puerta. Llama al timbre, y, después de unos instantes, ella abre.
Su sonrisa se amplia, muy sorprendida.
  • ¡Hola!
    Qué sonrisa más preciosa tiene, joder. Es la sonrisa más bonita del mundo.
  • Sólo te pido una cosa. -dice él, levantando el dedo índice de su mano derecha- Jamás, jamás se te ocurra dejar de sonreír.
    Ella ríe, aún más sorprendida.
  • ¿Qué...?
    Él da dos pasos, quedándose a pocos centímetros de ella, y susurra:
  • Que nunca me dejes sin esta sonrisa.
    La besa, y ella lo besa. Y sí, sigue sonriendo mientras lo hace.
  • Eres perfecta. Te quiero -Dice él, mientras agarra suavemente su mandíbula con ambas manos-
  • Te quiero. -sonríe ella, radiante, feliz-
No era tan difícil, al fin y al cabo. Sólo había que quitar los paréntesis.



El teléfono suena, y su corazón le alarma de algo que, por todos los medios, se intenta negar. Se incorpora a duras penas, y mira el número que anuncia la pantalla del teléfono. Lo llaman desde el hospital donde su mujer sigue ingresada. Respira hondo, intentando esconderse lo aterrado que está, y lo coge.
  • No me calientes el lado de la cama aprovechando que no estoy, que te conozco.
    Él ríe, ríe feliz, y ni siquiera le importa esa condenada tos que le quema los pulmones cada vez que lo hace. Que se joda la tos.
  • En unas horas estaré ahí, estos medicuchos jóvenes no tienen tanta paciencia como tú. Mañana por la mañana me dan el alta.
    Las lágrimas le caen, pero la sonrisa no se le borra. Jamás, mientras esté ella.
  • Te quiero. -le dice, cerrando los ojos con fuerza-
  • Te quiero, viejucho. -Contesta ella-
    Lo sabía, sabía que no le iba pasar nada.
    Aquí nadie se va a ir sin el otro.
    Le da la vuelta al antepenúltimo dibujo, y no puede creer lo que sus ojos descubren. Es ella, rodeada de astros y cometas, sentada en la estrella más brillante jamás vista. Sonríe, y ya no existe esa tristeza en sus ojos.
Casi temblando, levanta la penúltima hoja... y esta vez la dibujada no es ella.
Es el chico, con la gorra hasta las cejas, con las manos puestas sobre la persiana del local, sonriendo, mirando dentro.
Con el corazón a punto de estallar, se gira, y observa, de forma real, lo visto un segundo antes en una hoja de papel. Ahí está él, esperándola. Como siempre ha hecho.
Ella sonríe, ilusionada, sorprendida, feliz... ni siquiera se da cuenta de que tira la carpeta al suelo mientras corre hacia la puerta, abriéndola rápidamente, y abrazándolo.
En la oscuridad total del local, la última hoja ha caído en el suelo recién fregado, en el que se puede ver, dibujado, la escena del abrazo que ahora mismo se está produciendo entre ellos.
Fuera, él sonríe, y le da su último y más bonito dibujo: un folio en blanco.
Ella sonríe también, y lo entiende todo.
Es el retrato de su tristeza, esa que tan agónica era hace apenas media hora.


Dicen que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho tiempo.
Incluso intentan explicarlo.
Que es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante de todo.
El cerebro.


Kristian Anderson murió con treinta y seis años, después de luchar ferozmente contra un cáncer de intestino. Un año antes de su muerte, como regalo de cumpleaños a su mujer, realizó un vídeo para agradecerle, por medio de carteles con frases, todo su apoyo incondicional, su fe, su amor. Hoy en día el vídeo lo han visto más de medio millón de personas, y se le considera la declaración de amor más bonita del mundo.

Decidle a él que el amor no existe.

Decídselo a su mujer.

No soy médico, ni psicólogo, ni científico, pero decidle a ese niño que no está enamorado, que es ”su cerebro”, que ha liberado no sé qué durante un determinado tiempo. Decídselo a ese matrimonio que lleva décadas juntos y se quieren como el primer día, a ese chico y esa chica que luchan contra todo para estar juntos, a esos ancianos que no conciben su vida sin el otro al lado... decídselo a esos dos jóvenes que supieron que, una tristeza más otra tristeza, da lugar a ninguna.
Si queréis encontrarlos, creo que ya están en camino, a punto de llegar a la Luna.

La ciencia no tiene por qué estudiar al amor, el amor es mucho más que una ciencia.
Por el cerebro, dicen. Menuda gilipollez.



viernes, 8 de junio de 2012

Puede Ser


"Que tal vez la vida no sea eso que esperabas, pero que hay momentos que son más especiales que cualquiera de los que imaginaste jamás."




Puede ser que el tiempo determine que ya está bien de pasar sin que nadie se lo pida, que se canse de ser el malo de la película, y no sólo se detenga, sino que decida retornar.
Puede ser que los años empiecen a decrecer, que todo vaya hacia atrás a una velocidad vertiginosa, que nuestro alrededor se sumerja en una vorágine de regreso al pasado, y, de repente, nos sorprendamos viendo cómo empiezan a desaparecernos cicatrices, heridas. Cómo notamos que, poco a poco, nos vamos sanando por dentro, que hasta desaparecen todos los malos recuerdos, que tenemos un dulce alzheimer, que sonreímos.
Que sonreímos.
Alzas la cabeza, poco a poco, incrédula y cansada, y, por primera vez, no ves lo mismo en mis ojos. No ves desahucio, ni hastío. Ves una mirada firme y segura, ves una esperanza... ves que puede ser verdad.
Puede ser que volvamos a ser amigos de esas personas con las que hace años que ni hablamos, por alguna razón que, hoy en día, ni siquiera recordamos.
Puede ser que tendamos la mano de nuevo, que no miremos para otro lado, que, cuando sintamos a la otra persona aferrada a nuestra muñeca, y veamos su mirada de agradecimiento, sintamos lo muertos que hemos llegado a estar.
Que tampoco es tan caro, ni tan desagradecido, el precio que se ha de pagar por estar vivo.
Que, aunque hoy no te parezca un día especial, quizás mañana lo recuerdes, y sientas una extraña nostalgia. Que a veces, las cosas que más lo son, no lo parecen mientras ocurren, sino luego, cuando reposan. O cuando ya han pasado.
Que no tenemos la vida más fácil del mundo, ni la mejor, ni somos de las personas con menos problemas en la Tierra. Que el día a día es jodido, pesado, y a veces inaguantable, pero que, cuando te paras a respirar, cuando lo piensas de verdad, ves que eres feliz. Tal vez a tu manera, tal vez no como creías de pequeño, ni como se entiende por felicidad en sí misma en la sociedad... pero lo eres.
Y tal vez, llegado ese punto, sientas lo vanas que son la mayoría de cosas que te rodean, y que no eres culpable por protestar por ello ayer, o mañana. Que es normal introducirte en ese torbellino, ser uno más, pero que de vez en cuando a uno le da por salir de ahí, a quitarse el traje de la vida y mirarlo colgado en la percha, y ver que quizás no te hace lo guapo o perfecto que un día esperaste, pero que te sientes bien con él, con sus taras y su elástico apretado.
Que no sabes muy bien cuando pasaste de ser un niño pequeño a algo parecido a una persona adulta, pero que al fin y al cabo estamos aquí, y estamos todos. Cada uno a su manera, pero lo estamos.
Que tal vez la vida no sea eso que esperabas, pero que hay momentos que son más especiales que cualquiera de los que imaginaste jamás.
Aunque, mientras los vivas, no los hayas sentido así.
Puede ser que el reloj dé marcha atrás, que seamos niños, que tengamos más de una sonrisa en la recámara. Puede ser que te pares a saber que duele, y que eso no siempre es malo.
Que si duele, es simplemente porque aún sigues vivo.
Y que tal vez no sea tan caro, ni tan desagradecido, el precio que se ha de pagar por ello.