"¿Y sobre qué escribes?" Tantos años oyendo esa misma pregunta, y nunca sé qué contestar. A los que ya me conocen, saben desde cuando, de qué y cómo escribo. A los que no... pasad y leed, es la única manera de explicarlo. Si sentís que no estáis invitados, que miráis por el hueco de una cerradura, felicidades, estáis dentro. Habrá heridas y cicatrices que tal vez os salten... no os preocupéis, es que estáis vivos.
Escuché una canción, y en mi mente empezaron a nacer escenas, sueltas, y a la vez unidas.
Las notas acompañan cada palabra.
El ser humano está dejando de ser humano.
Ese es el verdadero apocalipsis.
El
fin del mundo es inminente.
Ya
no queda esperanza, ya no hay una sola razón para evitarlo.
Ya
sólo queda redención.
Estoy
en el centro de todo, así, tal cuál. En medio de un campo
árido y seco, un campo muerto. Mi gabardina gris se mueve, muy
lentamente, producto de los últimos coletazos de una brisa que aún
lucha por no apagarse definitivamente.
Mis
manos permanecen metidas en el interior de los bolsillos, y no
respiro.
Yo
nunca lo he hecho.
Pero
no, no soy tan diferente a lo que hay aquí.
Vosotros
tampoco lo hacéis, aunque os creáis que sí.
Un
chico lleva horas bajo la ducha, con la cabeza gacha, totalmente
inmóvil, dejando que el agua golpee en el centro de su coronilla
violentamente y se desplome por todo su cuerpo. Su respiración
comienza a acelerarse, y su gesto se contrae. Sigue respirando a
mayor velocidad, hasta que empieza a jadear, y apoya la palma de la
mano derecha en los azulejos blancos, impolutos, tan en contraste con
su situación.
Llora.
De rabia, de dolor. Tal vez las dos cosas.
Sigue
cayendo el agua, mas eso no le limpiará por dentro.
Un
árbol cruje por última vez, después de más de un siglo vivo, de
pie, haciendo frente a toda una vida y habiendo visto mucho más de
lo que hubiera deseado ver. Y después de años de supervivencia,
después de tanto tiempo haciendo de centinela silencioso, decide que
ya está bien de aguantar tanto, tanto para nada. No hay solución.
Ya no. Se oyen los últimos resquebrajos de su cuerpo lleno de
astillas –como el del chico de la ducha, al fin y al cabo- y se
parte en dos, sin la menor duda, sin el menor esfuerzo por
mantenerse.
Una
chica seria, absorta, con la mirada perdida en la nada. Sentada en
una silla en medio de una habitación totalmente vacía,
prácticamente a oscuras. Una persiana a medio abrir deja que entre
la única luz de la habitación, proveniente de la calle, pero eso
sólo hace darle un toque aún más lúgubre a la escena.
Por
debajo de sus ojos caen un par de hileras oscuras, manchas de rimmel,
manchas de lágrimas derramadas hace poco, y a la vez, hace tanto
tiempo. Ya no tiene siquiera necesidad de llorar, sería totalmente
en vano. Ya no hay esperanza. Esas manchas no son sino recuerdos de
lo que un día fue, de lo que un día le dolió, y eso hace que aún
quede dentro de ella la sensación de que hubo un día en que se
sintió viva.
Las
calles están colapsadas, pero no, no de gente. Hubo un tiempo en que
sí, en que los únicos colapsos que se producían eran de personas,
de personas llegando tarde y con prisas, de personas insultándose,
barriendo la mierda debajo de sus alfombras, de cláxones impacientes
y de insultos a aquel que no pensaba como ellos, no vivía como
ellos, no era como ellos.
Ahora
los únicos colapsos los produce esta lluvia que lleva dos meses sin
detenerse ni por un sólo minuto. Llueve y llueve sin parar, tal vez
producto de la ducha abierta de un Dios que no está muy seguro de si
esta vez enviar un diluvio o mejor dejar que nosotros mismos nos
sigamos cargando el mundo solos, que lo estamos haciendo muy bien,
casi mejor de como lo haría él.
Una
persona mira a otra, en silencio. Creía que la conocía, creía que
podía confiar en ella, pero no, ya nadie mira por nadie. Personas
como esa, sensibles, con fe aún en un mundo mejor, serán los
primeros en caer.
Quizás
personas como la otra piensen que así pueden llegar un poco más
lejos, apuñalando unas cuantas espaldas y salvando su propio culo un
par de veces, pero no, también caerán. Quizá más tarde, pero con
más deshonra.
La
moneda cae hacia abajo, girando violentamente, ya está a pocos
metros del suelo, y esta vez saldrá cruz.
Un
anciano se sienta encima de una lápida, dispuesto a pasar otra tarde
más allí. Ya la gente no sale a la calle, pero eso a él no le
preocupa. Estuvieron toda una vida juntos, y nada hará que eso
cambie, nunca. Da igual quién esté aquí o no, los dos, uno de los
dos, ninguno. Ellos están vivos, y lo estarán para siempre,
mientras estén juntos. Su frente arrugada y sus canas despeinadas
así se lo dicen.
Un
hombre camina por las calles solitarias, sin un rumbo fijo. Pasa por
delante de unos ladrillos arrinconados, e, improvisadamente, decide
sentarse sobre ellos. De uno de los bolsillos interiores de su vieja
chupa, que debería parecer de cuero y se sabe de plástico, saca una
cajetilla arrugada de tabaco, y encuentra tan sólo uno. Se lo pone
en la comisura de los labios, y saca del bolsillo izquierdo de su
pantalón beige manchado un sobre con tan sólo dos cerillas,
arrancando una de ellas. La enciende con su uña sucia y larga, pero,
justo cuando se acerca con ella al cigarro, esta se apaga. Se queda
un rato inmóvil, como alguien que no entiende qué es lo que ha
ocurrido, o como alguien demasiado cansado para sorprenderse por
ello. Vuelve a arrancar la única que le queda, y, con esta sí,
consigue encender el cigarrillo, como si fuera un último guiño del
mundo. Le da una profunda calada, y fija sus ojos en el cielo, de un
color entre gris, rojo, negro. Hubo un día en que fue azul. De eso
hace ya mucho tiempo.
Por
entonces ni siquiera fumaba.
Dos
jóvenes están sentados en un coche negro, largo, muy antiguo. Cada
uno mira por el cristal de su ventanilla. No tienen más de veinte
años. Él, rubio, fija su mirada en un punto del desolador paisaje,
lleno de coches estropeados y abandonados. Un desguace sería una
manera muy halagadora de definir la escena. Ella, con una felpa
recogiéndole el pelo que le cae sobre los hombros, contrasta ese
gesto inocente con una gruesa lágrima rodando por su mejilla, la
cual viaja por cada poro que se encuentra en su línea recta de
camino hasta resbalar por el mentón y estrellarse contra el comienzo
de sus pechos. Un día esto no era así, creen recordar, aunque
ninguno está seguro de ello.
Tal
vez simplemente lo soñaron.
Un
loco corre por las solitarias carreteras, zigzagueando y huyendo de
algo que sólo sabe él. Quizá de un monstruo imaginario, quizá de
su vida, quizá de su pasado. No importa. Sea lo que sea, le acabará
alcanzando.
Sobre
lo que un día fueron poderosos edificios, y hoy son sólo gigantes
muertos, se posan palomas negras, plañideras de este inmenso
funeral.
Sigo
en medio de este campo muerto. Continúo con los ojos cerrados, con
las manos en los bolsillos, con la gabardina danzando suavemente al
ritmo de una suave brisa moribunda y agonizante.
Como
este mundo.
No,
no soy ningún anticristo.
Tal
vez sea la conciencia, la inocencia de un niño, el sueño de un
adolescente, la esperanza de un pobre.
Sea
lo que sea, estoy muerto.
Mis
pies se alejan del suelo, sólo unos centímetros, hasta quedarme
suspendido en el centro de todo, ahora más que nunca.
El
fin del mundo es inminente, la moneda da sus últimas vueltas, a
pocos minutos de caer, y esta vez saldrá cruz.
Abro
los ojos, llamándome la atención un detalle que hasta ahora se me
había pasado inadvertido.
Una
gota, una sola, cae una y otra vez sobre un punto fijo de este campo
desolado y desértico. Como si sólo lloviera en esa estricta parte,
en un radio de un milímetro.
En
ese punto se aprecia un casi inadvertible brote verde, pequeño,
diminuto, débil.
Pero
vivo.
Tal
vez la gota que cae una y otra vez sobre él sea de la ducha del
chico, savia del árbol, una lágrima negra de la chica. Quizá sudor
del viejo, saliva del hombre sentado en los ladrillos.
Quizá
sea un conjunto de todo eso, o quizá no sea nada de ello.
Pero
cae sobre un punto fijo, un punto de donde ha brotado algo verde,
inadvertible, pequeño, diminuto, débil.
No,
nunca tuve ninguna duda de que podría seguir sin ti.
Que
en estos tiempos ya nadie deja de vivir por nadie, que las cosas
pasan. Que las fotos duelen, pero también existen cajones para
guardarlas, e incluso llaves para cerrarlos ante la probable
tentación, un sábado al volver a casa, o simplemente en cualquier
momento en que el guardián de lo que no debemos hacer se vaya a
dormir, de abrirlos e inundarnos en ellas, volviendo a empezar de
nuevo. Que cuando todo empieza a desteñir al final acaba teniendo un
color demasiado feo, y lo nuestro hacía tiempo que tenía unos
tintes indescifrables. Que siempre se puede volver a la vida a la que
he vuelto, a no dar explicaciones, a no saber cuando va a ser la
última, a mentir, a besar, a prometer citas a la mañana siguiente
que nunca llegan.
No,
nunca tuviste ninguna duda de que podrías seguir sin mí.
De
que ni siquiera estuve nunca del todo a tu altura, de las constantes
peleas sintiendo cómo me quedaba atrás, sin entender tus noches
enteras en la biblioteca, sin enterarme muy bien de esas cenas de
tres platos, de no saber nunca en qué consistía el menú, a pesar
de que me lo nombraras una y otra vez.
Que
todo pasaría, que detrás de mí seguro que vendría alguien mejor,
posiblemente más alto, más adecuado para ti, que supiera hablar el
doble de idiomas que yo (o sea, con dos ya iría sobrado) y que te
invitara a ver esas películas en versión original a las que yo
nunca les acabé de ver la gracia.
Es
raro estar en el mismo sitio que tú.
No
es especialmente doloroso, ni melancólico, ni condeno mi mala
suerte. Simplemente es raro.
Estar
en el mismo lugar sin estar contigo, empezar a vivir estos días que
tarde o temprano sabíamos que iban a llegar, no siempre íbamos a
estar esquivándonos, evitando a acudir a sitios sólo por la
probabilidad de que el otro también fuese; ya era demasiado extenso
el tiempo de hacerse el feliz delante del otro, de las carcajadas
forzadas, de los amigos sobreactuando para que ambos veamos lo bien
que estamos.
Tal
vez uno de los errores fue no pensar nunca algo tan simple como que,
a veces, la culpa también era de uno, y no siempre del otro.
Estamos
bien, no pasa nada.
Acabó,
y cada uno ha rehecho su vida, de diferentes maneras.
No,
nunca tuvimos ninguna duda de que podríamos seguir sin el otro.
Simplemente
es extraño ese sentimiento de hacha enterrada, de no hablar contigo
ni siquiera para gritarnos, porque de este mismo sitio salí contigo
un día, parece ahora tan lejano, cogiendo tu mano disimuladamente, y
apenas cinco metros más allá, en una noche de frío intenso, nos
besamos por primera vez, quién sabe cuanto tiempo deseándolo.
Porque en este sitio nos gritamos a viva voz, nos maldijimos, nos
jodimos a más no poder… y ahora no hay nada de eso. Ahora todo es
una extraña sensación de mar en calma, cuando ya no quedan ni
siquiera rencores, ni siquiera gritos que pegarnos. Porque al menos
mientras ocurría eso seguía habiendo algo, aunque fueran gargantas
lastimadas y miradas fulminantes.
Ahora
ya no hay nada de nada. Ahora es el verdadero final.
Estoy
cansado de luchar, de discutir, de creer, de forzar.
Estoy
cansado de quererte y de no hacerlo, de pensar en todo esto y de
repetirme que no lo voy a volver a hacer.
No
es cuestión de pasar página, sino de quemar el libro.
De
apagar la luz y cerrar la puerta, sabiendo que no vas a volver a
entrar ahí, y que no pasa nada porque nos crucemos por el
descansillo, como ahora.
Que
podemos saludarnos como si nada hubiese pasado, quitarle la
respiración asistida de una vez por todas a lo nuestro y dejar que
se muera sin hacer ruido, sin pena ni gloria.
Sonríes,
tímidamente, y veo en esa sonrisa lo mismo que yo pienso, ese
cansancio de pelear, ese hacha enterrada… esa renuncia definitiva a
la idea de volver a estar juntos alguna vez.
Alzo
la copa, y sonrío yo también, mientras me parece que nuestra mirada
está durando más de lo que debería.
Ya
no somos conocidos, ni amantes, ni pareja, ni siquiera enemigos.
No,
si de algo estoy seguro, es que no quiero ser tu enemigo.
Nunca
tuvimos ninguna duda de que podríamos seguir sin el otro.
Simplemente
es extraña la sensación, el encontrarte en el descansillo, el no
saber quién debe pulsar el botón del ascensor, sólo eso.
Ni
conocidos, ni amantes, ni pareja, ni siquiera enemigos.
Y,
seguramente me equivoque, pero juraría que en nuestra mirada ha
habido todo eso.
Dijo,
girando la cabeza y mirándome a los ojos. Y a pesar de que se le
adivinaba en los suyos, una sonrisa inocente decoraba sus labios.
Me
tenía al lado, y sólo eso le bastaba.
Yo
la miré, y en ese momento sentí miles de sensaciones a la vez…
aún las recuerdo todas.
Sí,
a pesar de que no me acuerde ya ni de qué hice ayer, y me mire al
espejo, cada vez me guste menos, y sienta que el niño aquel se va
con una velocidad que aterra, todavía recuerdo con absoluta claridad
cada sensación de ese momento; porque yo era su faro, y eso, a la
vez que me producía vértigo, una enorme responsabilidad, y por
supuesto miedo, como a ella, también me producía felicidad… esa
felicidad que, por más que he intentado encontrar después, me
resigné hace tiempo a pensar que se quedó allí, en aquella época,
en aquella tarde, en aquellos niños.
Todos
tenemos miedo... –Sonreí, como quien finge tener veinte años y
saber de qué va la vida- …pero para eso estamos juntos, ¿No?
Una
lágrima, una sola, resbaló sobre su mejilla. Sólo esa se permitió
dejar escapar. Cayó al césped en el que estábamos tendidos, y
desapareció entre la hierba.
Su
mano agarró la mía, y suspiró.
¿Siempre?
-Sonrió-
Entonces
la miré a los ojos, y supe que lo decía de verdad. Que aunque
apenas estuviéramos empezando a vivir y no supiéramos nada, aunque
creciéramos y algo cambiara por lo que fuera, en ese momento me
decía eso con toda su alma, con absoluta certeza, con seguridad.
Siempre.
–Sonreí yo-
Ayer
otra vez igual ¿Eh? Por cierto, qué frío hace, cojones.
Salgo
de mis pensamientos, y me vienen los años de golpe, las canas, los
dolores. Miro hacia mi derecha, de donde proviene la voz. Un chico,
de unos diecilargos años, asiduo también a esta misma parada de bus
cada mañana, me habla, señalando el diario deportivo que tengo bajo
mis manos. Lleva un grueso chaquetón, y un gorro que le llega justo
a las cejas.
Pues
sí, para variar -contesto-
Estoy
empezando a pensar que todos los lunes son demasiado iguales.
Siempre nos vemos después de una derrota. -dice sonriendo, y se
sienta a mi lado-
Asiento,
con la mirada perdida, y sus últimas palabras se niegan a dejar mi
mente.
Aunque,
si siempre ganaran… también los lunes serían iguales ¿No?
Me
mira, y sonríe.
Sí,
pero estaríamos felices. ¿A quién le importaría entonces que
fueran iguales o no?
Vuelvo
a asentir, y le dejo el periódico para que le eche un vistazo a esa
dolorosa derrota de nuestro equipo ayer por tres a cero.
“Sí,
pero estaríamos felices. ¿A quién le importaría entonces que
fueran iguales o no?” Sigue sonando en mi cabeza.
Obvio,
acabo diciéndome.
Sí
que hace frío hoy, sí. Más que de costumbre.
Será
que es lunes, y los lunes siempre le cuesta a uno arrancar la semana,
sobre todo si son las siete menos cuarto de la mañana y hace frío,
sobre todo si un joven al que ves cada día empieza a llamarte de
usted sin darte cuenta… sobre todo si cada día es como un lunes en
el que la noche anterior tu equipo ha sido goleado.
Perdone,
¿Sabe a qué hora llega exactamente el bus?
Una
mujer, de unos treinta y pico, me habla desde el otro extremo de la
parada.
A
las siete en punto, en teoría. Pero siempre se retrasa.
Ella
asiente.
- Es que casi nunca
paso por aquí, y me pilla un poco despistada.
- No se preocupe.
–Sonrío-
Toma
asiento finalmente, sentándose al lado del chico, y a su vez
dejándolo en medio de los dos.
Ayer
soñé de nuevo con aquel día, con aquellos días.
El
tiempo pasó, y supongo que nadie estamos exentos de sufrirlo. Yo, al
menos, no lo estuve. A veces me gusta pensar que ella sí, y que el
tiempo la ha hecho completamente feliz. Otras, más egoístas y
rencorosas, pienso que, si yo no he vuelto a encontrar la felicidad,
espero que la suya se quedara en el mismo sitio que la mía.
De
verdad, sé que ahora no me puedes creer, pero lo hago por los dos.
Habían
pasado cuatro años desde aquella tarde en que me dijo que tenía
miedo, habíamos vivido mil tardes más allí, nos habíamos visto
crecer, hacer mil promesas... pero, por lo visto, al cumplir los
dieciocho y tener planes de estudios en otras ciudades a uno se le
quita todo ese miedo, esa tontería… aunque sigo preguntándome por
qué a mí no, por qué a mí jamás se me quitó, si yo crecía como
ella, si yo tenía exactamente los mismos planes.
Necesitamos
encontrar cosas diferentes, descubrir otros sitios… sé que nos
irá bien a ambos. -Sonrió-
Me
había citado, en el mismo parque donde siempre quedábamos, pisando
el mismo césped que un día nos vio tendernos sobre él y
prometernos que siempre estaríamos juntos, para decirme que era hora
de seguir el camino por separado.
Yo
no necesito otra cosa que no seas tú. –Le dije, sin querer
parecer que estaba suplicando, pero sin poder evitar que esta vez
fueran mis ojos los que lloraban-
Pero
su gesto era sonriente, como quien sabe que de verdad está haciendo
lo correcto.
Jamás
se me olvidará este tiempo contigo, jamás… pero créeme, algún
día me lo agradecerás.
Veinte
años han pasado, veinte. Aún no sé cuando coño va a llegar ese
supuesto día en que se lo tenga que agradecer.
¿Ya
no tienes miedo? - Le dije mientras la veía alejarte-
Se
giró, derramó una sola lágrima, como aquella vez, y sonrió.
Nunca
he dejado de tenerlo.
Un
año después la volví a ver. Ni siquiera sé si ella me vio a mí,
supongo que no. Estaba a punto de entrar en la veintena, y era aún
más increíble que la última vez; y sí, todo lo que me dijo en
aquella despedida se cumplió… sólo que por su parte nada más.
Alguien la acompañaba, y, la verdad, el rápido repaso visual que le
hice me bastó para saber que a simple vista me ganaba absolutamente
en todo.
Ella
se había olvidado. Se había olvidado de todo. Y ahí me quedaba yo,
pensando, por un lado, que no tenía sentido seguir sufriendo, y por
otro, que fuera así o no ya era tarde… jamás me iba a olvidar de
ella, lo mereciera o no. Jamás.
Ella
haría su vida, y simplemente recordaría su adolescencia y al ser
que la acompañó en ella con cariño, sabiendo que fue feliz, pero
que solamente fueron niñerías, típicas relaciones adolescentes,
mientras que yo viviría mi vida entera con esa despedida clavada,
renunciando a todo, renunciando a pensar que eso existía de verdad,
que había personas que no se cansaban, como se había cansado ella.
Miro
a mi izquierda, y observo a la mujer, que mira al frente, con la
mirada perdida. El corazón me late rápidamente, y es que, si fuera
valiente, si aún no se me hubiera olvidado cómo era eso,
seguramente le hablaría, y le diría que se parece increíblemente a
una niña que conocí una vez.
La
observo, cada vez con más atención, con más agobio, con más
agonía. Sus ojos, sus rasgos, aún estando callada y seria, sus
labios… tan sólo le falta una lágrima, una sola lágrima
recorriéndole la mejilla, para no dudar de que es exactamente igual
que aquella niña.
Me
gustaría decírselo, me gustaría decirle que le agradezco, aunque
no haya hecho nada por ello, que hoy mi corazón haya latido de
nuevo. Me gustaría decirle que me recuerda a alguien, a la única
persona que este corazón reconoce, que sus labios son iguales a los
de esa niña, cuando me sonreía y me decía que estaríamos juntos
para siempre, que sus ojos son los mismos que aquellos que un día me
miraron con infinita inocencia e ilusión… que su rostro es
demasiado parecido al de una adolescente que marcó mi vida para
siempre.
Pero
no, no puede ser la misma. No puede serlo, porque esa niña estaba
llena de vida, de ilusiones, de confianza, y este rostro que ahora
mismo observo no tiene nada de eso. Es bello, a más no poder, pero
miro sus ojos y no veo ese brillo que veía en los de ella, miro su
gesto y no encuentro ni un solo resquicio de esa felicidad que obtuvo
junto a mí.
…Pero
qué bella es, a pesar de todo.
El
autobús llega con su traqueteo incesante, y se para justo delante de
nosotros, abriendo sus puertas para que los tres pasajeros que
estamos aquí sentados nos subamos a él.
El
chico se levanta, y lo observo subir, a paso ligero.
Después
de unos segundos, el vehículo cierra sus puertas, y sigue su camino,
dejándome aquí con el corazón petrificado, exactamente en la misma
posición en la que me senté, con la mirada perdida.
La
mujer sigue a mi lado, en idéntica posición.
El
autobús, ese que jamás he perdido en años, se ha ido sin mí.
El
autobús, ese que ella buscaba hoy, encontrándose en un sitio donde
no suele, se ha ido sin ella.
De
nuevo miro su rostro, y aunque es extremadamente precioso, sé que no
es el de aquella niña.
Ya
no lo es.
Me
equivoqué. –Dice esa mujer, a la que no conozco de nada-
Creí que lo hacía bien… pero me equivoqué.
No
hablo, no contesto, no gesticulo.
Se
levanta, y me mira a los ojos, con una lágrima, una sola lágrima,
la única que se permite dejar escapar, resbalando por su mejilla.
Supongo
que jamás dejé de tener miedo.
Giro
lentamente la cara, y la miro a los ojos, sin sorpresa… sólo con
dolor, aunque mi rostro no lo demuestre.
Un
día nuestro equipo dejará de perder, y ganará todos los domingos…
y entonces no importará si todos los lunes son iguales. Porque a
nadie le importa que los días se repitan, mientras sean felices.
La
mujer desconocida hace un gesto de no entenderme.
Yo
también tengo miedo. –Digo, levantándome del asiento, con un
dolor en las costillas desesperante.
La
miro a los ojos, y añado:
Nunca
dejé de tenerlo.
Le
toco la mano a modo de despedida, y con solo ese leve contacto,
vuelvo a tener quince años, aunque sea por un sólo segundo más en
mi vida.
Todos
tenemos miedo, señora.
Le
digo, mientras comienzo a caminar lentamente.
Hoy,
por primera vez en muchos años, haré mi camino andando.
Porque
mientras siga haciendo lo mismo cada día siempre será lunes,
siempre hará frío, siempre me llamarán de usted… siempre perderá
mi equipo.
… y
eso algún día deberá cambiar.
Tengo
miedo.
Dijo
esa niña, girando la cabeza y mirándome a los ojos.
Yo
la miré, y en ese momento sentí miles de sensaciones a la vez…
aún las recuerdo todas
Todos
tenemos miedo. Pero para eso estamos juntos, ¿No?
¿Siempre?
-Sonrió-
Entonces
la miré a los ojos, y supe que lo decía de verdad. Que aunque
apenas estuviéramos empezando a vivir y no supiéramos nada, aunque
creciéramos y algo cambiara por lo que fuera, en ese momento me
decía eso con toda su alma, con absoluta certeza, con seguridad.
Las
gotas de lluvia golpean ferozmente contra el cristal de la ventana,
en forma de amenaza. No es de esas ocasiones en la que la lluvia es
plácida, como una suave sinfonía, una orquesta donde todo suena a
la perfección.
Esta
vez caen como si fueran pequeñas bombas venidas directamente del
cielo, sin que su intención sea otra que quebrar el cristal e
inundar la habitación.
Tal
vez sea una gota por cada persona que dañó, una gota por cada dolor
que causó.
Está
sentado a los pies de la cama, con los codos sobre las rodillas, y
las escuálidas y huesudas manos entrelazadas. La gabardina grisácea
y vieja tiene un color aún más oscuro, casi negro, tras haberle
caído toda la lluvia encima, y de vez en cuando incluso le siguen
cayendo gotas de su gran bigote canoso.
Respira
agitadamente, aunque de eso él no se da cuenta.
Él
solamente escucha la lluvia amenazarle, en esta fría y cutre
habitación de motel de carretera, y sabe que para él ya no hay
redención.
La
pidió, Dios sabe que la pidió... pero, cualquiera que la oyera, si
es que alguien lo hizo, la obvió completamente.
Demasiado
daño causado durante demasiado tiempo como para que todo sea
perdonado de repente, ha terminado por pensar.
Medio
siglo de vida intentando hacerlo bien y cada vez haciéndolo peor,
viéndose envuelto en situaciones en las que nunca supo cómo acabó
exactamente, pero desde luego, ninguna inmerecida.
El
día que deba ponerse delante del Altísimo, simplemente, lo mirará
a los ojos, y le dirá, con toda la sinceridad que cabe en su alma,
que no supo hacerlo mejor. Cuando no hay más que un camino posible
para respirar, para comer, para vivir, simplemente te dispones a
seguir recorriéndolo cueste lo que cueste, sin pararte a pensar que
no es el mejor, o el más seguro. Sólo caminas, porque sabes muy
bien que hay gente detrás que, en cuanto te vea dubitativo, te va a
dar un empujón para adelantarte.
Suspira,
y esta vez sí se da cuenta de ello.
Hacía
años que no suspiraba.
Si
alguna vez tuvo un atisbo de vida normal, hace tanto de ello que ya
ni recuerda si de verdad fue así, o simplemente lo ha imaginado
tantas veces, su cerebro, sus venas y su alma han pasado por tanto,
que ya confunde realidad con ficción.
Tal
vez sí, tal vez, después de todo, hubo un día alguien al que le
preocupó su vida, alguien que intentó darle algo mejor. Lo que más
se condena es no poder recordarlo siquiera, pero, si así fuera,
ahora, desde esta solitaria y húmeda habitación, le agradece con lo
poco que le queda de alma su dedicación y empeño.
Le
gusta pensar que no es una mala persona. Y no, no lo hace por
sentirse mejor, ni por ser victimista, ni por eludir
responsabilidades.
Sabe
que la inmensa mayoría de cosas que le han ocurrido en su vida son
merecidas, tal vez involuntariamente, pero merecidas, pero eso no le
quita para pensar que no es malo. Quizás se ha equivocado muchísimas
más veces de lo que se le puede permitir a un ser humano, y, si así
fuese, su penitencia lleva pagando y seguirá haciéndolo el resto de
su vida.
No
supo hacerlo mejor.
Apoya
la palma de las manos en sus rodillas para ayudarse a levantar con
tremendo esfuerzo, sintiendo cómo le tiembla hasta el más mínimo
músculo de su diminuto y maltratado cuerpo, pero lo hará de todas
formas.
Se
dirige con paso torpe hacia la ventana, como un cachorro aprendiendo
a caminar, y se agarra a la cortina estampada de flores, para poder
divisar el desalentador paisaje.
No
hay absolutamente ninguna casa en kilómetros a la redonda, y no se
ve más que hojarasca revoloteando fuertemente, acompañada de
silbidos crueles del viento mezclado con la lluvia.
Silbidos
crueles que llegan al alma.
Una
lágrima le cae por la arrugada mejilla, a la que le siguen otras, al
principio distantes, y luego cada vez más asiduas.
Hacía
años que no lloraba.
Llora
por la soledad, por la vida que no es vida, por haberlo hecho todo
mal.
Llora
por esa señal de redención que pidió a un Dios que ya no le quiere
escuchar, llora porque le duele algo muy adentro, demasiado
constante, durante demasiado tiempo.
El
hombre del tiempo ha dicho que no hay ninguna posibilidad de que
escampe en las próximas doce horas, absolutamente ninguna. Que nadie
salga de sus casas, que se queden calentitos, con sus familiares.
Calentitos,
con sus familiares.
Mira
al suelo, y de nuevo emprende esa travesía de apenas unos pasos,
para llegar de nuevo junto a la cama.
Se
sienta en ella, con sumo cuidado, y deja la vista perdida.
No
hay terror más grande que el cansancio. No hay agonía más
insoportable que la de sentir ese hastío continuo, esa sensación de
que quieres llegar ya a la meta, no importa lo que aún te quede en
el camino. Simplemente, no te interesa.
Se
tiende en la cama, entre leves quejidos, y se queda bocarriba.
Algo
le va haciendo cada vez los párpados más pesados, y no sabe si es
sueño, o es algo más profundo. Más ilimitado.
Pero
no le importa. Sus ojos quieren cerrarse, y él no piensa impedirlo.
Hacía
años que no dormía.
El
viento amaina poco a poco, el silbido cruel cada vez lo es menos, y
la hojarasca vuelve muy lentamente a reposar en el suelo, allá
detrás de la ventana.
La
lluvia cesa de repente, y es que hasta a ella, tan cruel e
inflexible, le ha llegado a conmover.
El
hombre del tiempo dijo que era totalmente imposible que parara de
llover en doce horas, y ahora no hay rastro de lluvia, ni de viento.
Sólo
hay redención.
Una
redención brindada por un Dios que nunca lo dejó de escuchar, por
un cielo que ahora no protesta, tan sólo llora su pérdida. La
pérdida de un simple ser humano más, errante y torpe, que se
equivocó demasiadas veces, durante demasiado tiempo.
Él
no verá que su redención ha sido concedida, no verá que no llueve,
no verá que las gotas ya no lo amenazan.
Él
no volverá a despertar de esa solitaria cama, en un motel apartado
de toda civilización, pero no le importará.
Hacía
años que no vivía.
La
noche es más oscura, y el viento mece un luto que nadie sabrá
jamás.
El
cielo está triste, y el mundo llora la pérdida de una buena
persona.
Cada
vez quedan menos, y cada vez están más escondidos.
"Que tus ojos me sigan matando, aunque sé que tal vez sepa amargo,
que mi vaso vacío se vuelva a llenar, del licor que derraman tus labios"
Aitor, Ángel y Fernando. "CIRCO POP."
Déjame
que alce mi copa, y no se me olvide brindar por ello.
Déjame
que te mire, mientras toda la sala lo hace, y yo me sienta aún más
orgulloso de ese día que, sin un por qué demasiado concreto,
empezamos a hablar. Aquella ocasión en que nuestras miradas se
cruzaron, y, tal vez, todo lo vivido hasta ese momento se evaporó,
diferenciando, por fin, entre la verdad, y todo lo anterior, tan de
cascarilla.
Déjame
sentir la envidia de todos, porque soy yo el que te tengo, y nadie
más.
Déjame
que te mire a los ojos, con esa sombra oscura que los hace aún más
intensos, y, cuando a tus labios les dé por estirarse levemente,
mostrando una sonrisa tímida, como de niña quinceañera que aún no
sabe lo maravillosamente guapa que es, vuelva a sentir dentro de mí
toda esta grandiosidad.
Que
eres eso que veo en ese momento, y nada más. Esa inmensidad,
contenida en un frasco de metro setenta.
Déjame
que roce tu mano, con esa tez morena, y las uñas pintadas de rosa, y
la apriete como llevo apretándola desde que consiguió salvarme de
aquel precipicio, y aún no me ha soltado.
Te
miro, sonríes, y sé que no, que jamás lo hará.
Que
la gente se levante y aplauda, que nos miren y nos admiren, que
piensen que somos la pareja perfecta, con toda una vida por delante y
un mundo a sus pies. Que contemplen tu belleza y digan lo afortunado
que soy, porque no les faltará ni un gramo de razón.
Y
entonces aparece esa sonrisa de la que antes hablaba, y yo vuelvo a
enamorarme un poco más.
Ahora
vendrás, con ese aire cohibido, y apoyarás tu mejilla en mi hombro,
para “taparte” de tantas miradas, de tanta admiración; y yo te
abrazaré, mientras sonrío con ternura, y se me olvidará todo lo
demás.
Tal
vez haya un momento para cerrar los ojos con fuerza, para tragar
saliva sólo una vez, conteniendo tantísimo dolor; pero lograré
acallarlo, escondérmelo con maestría. Créeme, no es la primera
vez.
Ambos
sabemos que no es la primera.
Yo
no preguntaré dónde estabas, y tú no tendrás que responder.
Yo
olvidaré esas otras caras, esos otros gestos.
Olvidaré
quién o quiénes, desde o hasta cuando, por qué.
Lo
olvidaré porque a mí se me da muy bien encontrar la verdad y a ti
fatal mentir, olvidaré porque, tal vez, en una de estas te dé por
darte cuenta de que ya está bien, de que no es necesario seguir
buscando algo que no vas a encontrar, que caigas en la cuenta de que,
lo que intentas conseguir, no es otra cosa que lo que tienes aquí.
Que te digas a ti misma que ya basta, que retornas para quedarte
definitivamente... que, esa vez, habrá sido la última.
Pero
lo olvidaré sobre todo porque tal vez en una de estas no consigas
una excusa medianamente a la altura y, arrinconada, te dé por decir
la verdad. Entonces desaparecería tu sonrisa tímida, tus ojos
encogiéndose de esa forma tan preciosa cuando lo haces, y tu rostro
se transformaría en agobio, temor, tal vez llanto.
Y
por Dios que no quiero eso.
Yo
quiero verte así, feliz, radiante.
Yo
quiero que sigan aplaudiendo por toda la eternidad, ver esas caras
satisfechas y orgullosas, esas miradas puestas en nosotros, con
envidia sana y orgullo.
Lo
demás quedará todo olvidado.
Que
a mí se me da muy bien disimular, y a ti aún mejor callar.
Sé
que me quieres. De eso no tengo ni la más mínima duda.
Que
resuenen las campanas, que el gentío llore de emoción, que las
niñas sueñen con ser tú, y que todos los hombres del lugar quieran
ser yo.
Pero
no lo serán. Sólo existimos nosotros, y somos la pareja perfecta.
Te
acercas, y puedo llegar a olerte.
Tu
sonrisa tímida, tu aire cohibido.
Te
quiero. Tanto, tanto, que he logrado olvidar que no puedo olvidarlo.
Déjame
que alce mi copa, y no se me olvide brindar por ello.
Para entender el final del relato, se ruega ver este vídeo.
Para entender el relato en sí, se ruega haber amado alguna vez, en cualquiera de sus numerosas formas.
Dicen
que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho
tiempo.
Incluso
intentan explicarlo.
Que
es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo
entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es
una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante
de todo.
El
cerebro.
Se
mira al espejo, sin gesticular. Siempre ha sido una mujer fuerte, y
eso no va a cambiar ahora. Toda su vida ha luchado para conseguir lo
que ha tenido, nada le ha sido fácil, y siente por primera vez que
pierde una batalla, una batalla que le es imposible de vencer. Contra
el tiempo, contra los años; contra unos senos firmes y jóvenes,
contra una piel sin la más mínima arruga.
Una
batalla perdida antes de empezar.
Hoy
es su aniversario, quizás él ni lo recuerda. Y aunque nunca le haya
dado demasiada importancia a este tipo de cosas, es doloroso recordar
que hoy es la efeméride de ese día en que él le pidió hablar, en
aquel local, y ella le dijo que la esperara fuera. Era tan joven, tan
guapa... y tan inocente. Dudó muchísimo si acudir, nerviosa y
dubitativa, y tardó una hora en hacerlo, pensando (con cierta parte
de alivio) que para esas horas ya se habría cansado y marchado.
Cuando salió, llovía atronadoramente... y allí estaba él, de pie,
tan delgado y nervioso, sin gesticular, con sus gafas de pasta
gruesas totalmente ahumadas, calado hasta los huesos y con el pelo
empapado.
Ella
lo vio, y se echó a reír. Él rió con ella. Supo que era el hombre
de su vida.
Es
bonito recordarlo, a pesar de todo.
Escucha
pasos sordos acercarse a la habitación, y corre a secarse las
lágrimas que le resbalan por sus mejillas, y que no va a dejar que
nadie vea. Menos él.
En
el otro extremo de la ciudad, una camarera cierra las puertas de la
cafetería en la que trabaja, después de otras doce horas de turno.
Aún queda gente dentro, pero ya no se permite la entrada. Le da la
vuelta al letrero de la puerta, y se queda mirando el cielo oscuro,
mientras le brillan las pupilas. Es curioso ver algo tan bonito desde
un sitio tan deprimente.
Algún
día irá a la Luna. Algún día se paseará por todos y cada uno de
esos astros, y, mientras se sienta en la estrella más brillante,
levantará el dedo corazón hacia la dirección donde esté la
cafetería.
Sonríe
levemente, cansada, y se da la vuelta.
Deja
paso para que salga una pareja, y, mientras sigue caminando, fija la
mirada en un joven que lleva toda la tarde ahí, aunque se ha
percatado de ello justo en este momento. Está sentado frente a la
barra, inmerso en una carpeta abierta, de cartón gastado rojo, y
lleva una gorra hasta las cejas. Entró alrededor de las ocho, cuando
el bullicio aún era casi inexistente, y es el único cliente que
queda.
Perdona,
vamos a cerrar.
El
chico levanta la cabeza, y sonríe, como quien esconde algo. Ella le
devuelve la sonrisa, algo extrañada, y observa cómo se levanta de
la silla delicadamente.
Se
recoloca la gorra, y asiente.
Hasta
otra.
Ella
lo sigue mirando con curiosidad, hasta que desaparece detrás de la
puerta de cristal, mientras aún suena el tintineo de la campana que
indica que alguien acaba de salir del local.
A
pocos metros de allí, un chico de quince años, metido en su cama,
mira la pantalla de su móvil, única iluminación de toda la
habitación. En ella aparece un número, el de ella. El de esa chica
que jamás le ha dedicado siquiera una mirada, esa por la que todos
mueren, y que él no es menos. Un amigo suyo, mucho más atrevido y
seguro que él, se lo ha dado, “obligándole” a llamarla; si no
es capaz de hablar con ella cara a cara, al menos podría intentarlo
por teléfono, mantener una conversación, aunque quizás ni siquiera
sepa quién es. Es tan... tan especial. Es única.
Y
él es un chico normal, demasiado normal, tal vez.
Nadie
en quien sea probable fijarse, muchísimo menos ella, tan aclamada
siempre por todos.
Sí,
piensa, definitivamente, ese es, dentro de sus numerosos defectos, el
peor: es demasiado normal.
A
unos cientos de metros de esa habitación, la puerta de una de las
casas adosadas del barrio es el escenario perfecto para la despedida
de la noche de ellos dos. Ella, rubia, de piel blanca y sonrisa
pícara, tiene las llaves de casa en la mano. Él, rubio oscuro, ojos
claros, y una terrible confusión dentro de su cabeza, la mira.
Llevan tres minutos en absoluto silencio, pero de eso ellos no se dan
cuenta. Se están mirando. El tiempo, simplemente, no existe.
Él
sonríe, como sabe bien, esa sonrisa segura, aunque por dentro sienta
que no, que no está seguro de nada.
Ella
le sigue a esa sonrisa, y se pasa el pelo por detrás de la oreja.
Bueno,
pues será mejor que entre.
Él
asiente, tan aparentemente ajeno a la guerra mundial que se libra
dentro de su cabeza, dentro de su corazón. Querer, necesitar hacer
algo que tal vez sea mejor no intentar, por daños a terceros, por
dudas, por cobardía. Es más fácil eso de dejar pasar día tras
día, y simplemente esperar a que todo acabe. Pero joder, es que en
vez de acabar, sólo hace crecer. Y sería tan fácil subir ese par
de diminutos escalones que le separan de ella y besarla... Dios, lo
ha hecho cientos de veces, con chicas que no le han importado tanto,
o menos, o nada. ¿De verdad podemos ser tan idiotas como, cuanto
más nos importa la persona, menos atrevernos? La respuesta se la
dan los metros que aún lo separan de ella. Pero, si lo piensa, es
que es tan difícil... es más, puede que ni siquiera ella sienta lo
mismo, ¿Y qué pasaría si va y...? Lo mejor es callar, al final
acabará desapareciendo esa sensación, y se reirá de todo esto.
Sí,
es lo mejor.
(No
te vayas, por favor. Quédate, invítame a entrar, improvisa algo,
prometo seguirte...)
Hasta
mañana. -Sonríe ella-
(Acércate.
Ni siquiera sé del todo bien por qué quiero que te acerques, pero
hazlo. Tal vez simplemente me sienta bien olerte, o quizás necesite
agarrarte de la chaqueta y decirte que no te vayas nunca....)
Hasta
mañana. -Sonríe él-
Ella
vuelve a regalarle esa sonrisa, esa sonrisa que son latidos, y
finalmente se despide, levantando vagamente la mano.
Ha
sido una buena noche, ha sido una bonita despedida. ¿Por qué se
sienten así entonces? Piensan. Es fácil la respuesta: No quieren
despedidas.
Las
cosas están muy claras.
Con
lo fácil que sería hablar sin paréntesis.
En
la calle de enfrente (incluso las casas son exactamente del mismo
tipo, solamente varían en que, en vez de estar pintadas de rosa,
están de marrón) un anciano arrastra los pies por el oscuro pasillo
de casa, dirigiéndose al dormitorio. Son las doce, y eso es todo un
récord para él. Abre la puerta de la habitación, y, despacio, se
sienta en la cama. Se toma su “droga” como llama él a sus
pastillas, y enciende la lámpara de noche. Dirige su mano temblorosa
hacia una de las fotos que hay en la mesita, de ellos dos hace muchos
años. Tanto, que la foto luce color sepia. Qué preciosa era de
joven. La chica más bonita del mundo. Tanto tiempo juntos, tanto,
que ni recuerda un sólo día de su vida sin que ella estuviera, ni
le interesa recordarlo. Esos días son sólo paja, relleno. Su
verdadera vida comenzó el día que la encontró. Sonríe, suspira
tristemente, y, mientras deja la foto en su lugar, coge otra, de hace
apenas unas semanas. Esta se ve mejor (su nieto se la ha sacado por
“los chismes esos de ahora de los ordenadores”, como llama él a
las impresoras), y entre las dos fotos hay aproximadamente cincuenta
años de diferencia... pero diablos, la mira, y no hay comparación.
Ahora es muchísimo más bella que en aquel tiempo.
Hoy
es la cuarta noche que pasa solo, ella está en el hospital.
Sabe
que va a recuperarse, lo sabe.
Nadie
se va a ir sin el otro.
Dicen
que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho
tiempo.
Incluso
intentan explicarlo.
Que
es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo
entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es
una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante
de todo.
El
cerebro.
Su
marido abre la puerta del dormitorio, y ella se hace la dormida. No
tiene ganas de hablar, y menos de oír mentiras. Nota como él se
sienta en la cama, y se mantiene durante unos segundos así, sin
hacer nada, de espaldas a ella.
Finalmente
se vuelve a levantar, lentamente, y se marcha de la habitación.
Ella
abre los ojos, sorprendida, y mira hacia la puerta. Se incorpora, y
de pronto descubre una nota encima de la cama.
“Ni
siquiera te ha dado por mirar en mi cajón, desconfiada”
Brinca
levemente hacia el cajón de la mesilla de noche del lado opuesto, y
lo abre. Dentro hay unas gafas viejas, unas gafas de pasta gruesas, y
una nota.
“Volvería
a esperarte, volvería a aquel chaparrón sin pensármelo dos veces.
Una hora, dos, toda la vida. Sin dudarlo ni por un sólo segundo.
Cada día le doy gracias a Dios por aquel resfriado. Feliz
aniversario. Te quiero”.
Ella
ríe, y llora. Ríe, y llora, y es el cruce de sentimientos más
bonito del mundo.
La
puerta se abre, lentamente, y aparece él. Con sus gafas de hoy en
día, mucho más finas y estilosas, con veinte años más, con su
sempiterno gesto irónico... pero, si lo mira bien, no es él. Es un
joven, calado hasta los huesos, delgado y nervioso.
Te
quiero. -Recalca-
Te
quiero. -Dice ella, asintiendo-
Se
acerca a ella, y se abrazan. Como aquel día, en la puerta de esa
discoteca. Incluso parece que empieza a llover dentro del
dormitorio.
Está
a punto de apagar las luces de la cafetería, cuando descubre la
carpeta roja, de cartón débil y gastado, encima de la barra. La
carpeta del chico de la gorra. Se dirige a ella, y, dudando si
hacerlo o no, finalmente la abre.
Coge
el primer boceto, llamándole su atención que es un dibujo de la
puerta de la cafetería, la fachada, el letrero luminoso, todo. Hecho
sólo a breves trazadas, con lápiz, suave, pero a la vez idéntico a
la realidad. Deja el papel encima de la barra, mientras se sienta en
un taburete, cada vez más interesada. La siguiente hoja la deja aún
más sorprendida: es ella, limpiando la barra. Es ella, con todo
detalle... y habiendo logrado captar la tristeza que contienen sus
ojos. Lo mira (se mira) un buen rato, y decide seguir avanzando en su
descubrimiento. Todos los dibujos siguientes son de ella, de ella en
su rutina diaria... incluso cambiando el letrero de abierto a
cerrado, mirando tras el cristal al oscuro cielo, hace apenas unos
minutos.
Sólo
quedan tres hojas más.
El
corazón parece explotarle mientras los tonos suenan, y está a punto
de colgar, cuando cae en que ya es demasiado tarde. Una vez que ha
empezado, aunque corte la conexión, a ella le aparecerá el número
que la acaba de llamar, y entonces lo verá, y tal vez llame, y...
demasiados “y”. Con un poco de suerte, ella no lo cogerá y
punto.
¿Sí?
-Responden desde el otro lado-
Lo
que se produce entonces es algo que jamás recordará bien. No sabrá
cómo habló, cómo dijo exactamente lo que quería decir, cómo no
se le notó el nerviosismo... cómo ella acabó la conversación
diciéndole que mañana se verían en clase, y que sí, que por
supuesto sabía quien era.
Que
le gustaba que era diferente... tan “normal”, comparado con los
demás. Que ese era su encanto.
Se
recuesta, aunque duda ciertamente de que pueda dormir.
Es
la noche más feliz de su vida, sería una idiotez gastar un sólo
minuto de ella durmiendo.
Te
quiero. -Susurra, a la oscuridad de la habitación-
Quién
puede saber si, en este mismo momento, una voz femenina pronuncia lo
mismo a sus propias cuatro paredes.
Se
para en seco, en la solitaria calle. Cierra los ojos, respira hondo,
y, tras unos segundos, se da la vuelta, aligerando el paso. Cada vez
quedan menos metros para llegar hasta la casa de ella, allí donde se
han despedido hace unos minutos... pero ese es el problema.
No
quiere más despedidas.
Acrecienta
su paso tal y como se va acercando, hasta llegar a un breve trote
justo antes de pararse en su puerta. Llama al timbre, y, después de
unos instantes, ella abre.
Su
sonrisa se amplia, muy sorprendida.
¡Hola!
Qué
sonrisa más preciosa tiene, joder. Es la sonrisa más bonita del
mundo.
Sólo
te pido una cosa. -dice él, levantando el dedo índice de su mano
derecha- Jamás, jamás se te ocurra dejar de sonreír.
Ella
ríe, aún más sorprendida.
¿Qué...?
Él
da dos pasos, quedándose a pocos centímetros de ella, y susurra:
Que
nunca me dejes sin esta sonrisa.
La
besa, y ella lo besa. Y sí, sigue sonriendo mientras lo hace.
Eres
perfecta. Te quiero -Dice él, mientras agarra suavemente su
mandíbula con ambas manos-
Te
quiero. -sonríe ella, radiante, feliz-
No
era tan difícil, al fin y al cabo. Sólo había que quitar los
paréntesis.
El
teléfono suena, y su corazón le alarma de algo que, por todos los
medios, se intenta negar. Se incorpora a duras penas, y mira el
número que anuncia la pantalla del teléfono. Lo llaman desde el
hospital donde su mujer sigue ingresada. Respira hondo, intentando
esconderse lo aterrado que está, y lo coge.
No
me calientes el lado de la cama aprovechando que no estoy, que te
conozco.
Él
ríe, ríe feliz, y ni siquiera le importa esa condenada tos que le
quema los pulmones cada vez que lo hace. Que se joda la tos.
En
unas horas estaré ahí, estos medicuchos jóvenes no tienen tanta
paciencia como tú. Mañana por la mañana me dan el alta.
Las
lágrimas le caen, pero la sonrisa no se le borra. Jamás, mientras
esté ella.
Te
quiero. -le dice, cerrando los ojos con fuerza-
Te
quiero, viejucho. -Contesta ella-
Lo
sabía, sabía que no le iba pasar nada.
Aquí
nadie se va a ir sin el otro.
Le
da la vuelta al antepenúltimo dibujo, y no puede creer lo que sus
ojos descubren. Es ella, rodeada de astros y cometas, sentada en la
estrella más brillante jamás vista. Sonríe, y ya no existe esa
tristeza en sus ojos.
Casi
temblando, levanta la penúltima hoja... y esta vez la dibujada no es
ella.
Es
el chico, con la gorra hasta las cejas, con las manos puestas sobre
la persiana del local, sonriendo, mirando dentro.
Con
el corazón a punto de estallar, se gira, y observa, de forma real,
lo visto un segundo antes en una hoja de papel. Ahí está él,
esperándola. Como siempre ha hecho.
Ella
sonríe, ilusionada, sorprendida, feliz... ni siquiera se da cuenta
de que tira la carpeta al suelo mientras corre hacia la puerta,
abriéndola rápidamente, y abrazándolo.
En
la oscuridad total del local, la última hoja ha caído en el suelo
recién fregado, en el que se puede ver, dibujado, la escena del
abrazo que ahora mismo se está produciendo entre ellos.
Fuera,
él sonríe, y le da su último y más bonito dibujo: un folio en
blanco.
Ella
sonríe también, y lo entiende todo.
Es
el retrato de su tristeza, esa que tan agónica era hace apenas media
hora.
Dicen
que el amor de verdad ya no existe, que se extinguió hace mucho
tiempo.
Incluso
intentan explicarlo.
Que
es simplemente la atracción química durante un determinado tiempo
entre dos personas, y que tarde o temprano se acaba, debido a que es
una situación transitoria, que el cerebro es el verdadero causante
de todo.
El
cerebro.
Kristian
Anderson murió con treinta y seis años, después de luchar
ferozmente contra un cáncer de intestino. Un año antes de su
muerte, como regalo de cumpleaños a su mujer, realizó un vídeo
para agradecerle, por medio de carteles con frases, todo su apoyo
incondicional, su fe, su amor. Hoy en día el vídeo lo han visto más
de medio millón de personas, y se le considera la declaración de
amor más bonita del mundo.
Decidle
a él que el amor no existe.
Decídselo
a su mujer.
No
soy médico, ni psicólogo, ni científico, pero decidle a ese niño
que no está enamorado, que es ”su cerebro”, que ha liberado no
sé qué durante un determinado tiempo. Decídselo a ese matrimonio
que lleva décadas juntos y se quieren como el primer día, a ese
chico y esa chica que luchan contra todo para estar juntos, a esos
ancianos que no conciben su vida sin el otro al lado... decídselo a
esos dos jóvenes que supieron que, una tristeza más otra tristeza,
da lugar a ninguna.
Si
queréis encontrarlos, creo que ya están en camino, a punto de
llegar a la Luna.
La
ciencia no tiene por qué estudiar al amor, el amor es mucho más que
una ciencia.
"Que tal vez la vida no sea eso que esperabas, pero que hay momentos que son más especiales que cualquiera de los que imaginaste jamás."
Puede
ser que el tiempo determine que ya está bien de pasar sin que nadie
se lo pida, que se canse de ser el malo de la película, y no sólo
se detenga, sino que decida retornar.
Puede
ser que los años empiecen a decrecer, que todo vaya hacia atrás a
una velocidad vertiginosa, que nuestro alrededor se sumerja en una
vorágine de regreso al pasado, y, de repente, nos sorprendamos
viendo cómo empiezan a desaparecernos cicatrices, heridas. Cómo
notamos que, poco a poco, nos vamos sanando por dentro, que hasta
desaparecen todos los malos recuerdos, que tenemos un dulce
alzheimer, que sonreímos.
Que
sonreímos.
Alzas
la cabeza, poco a poco, incrédula y cansada, y, por primera vez, no
ves lo mismo en mis ojos. No ves desahucio, ni hastío. Ves una
mirada firme y segura, ves una esperanza... ves que puede ser verdad.
Puede
ser que volvamos a ser amigos de esas personas con las que hace años
que ni hablamos, por alguna razón que, hoy en día, ni siquiera
recordamos.
Puede
ser que tendamos la mano de nuevo, que no miremos para otro lado,
que, cuando sintamos a la otra persona aferrada a nuestra muñeca, y
veamos su mirada de agradecimiento, sintamos lo muertos que hemos
llegado a estar.
Que
tampoco es tan caro, ni tan desagradecido, el precio que se ha de
pagar por estar vivo.
Que,
aunque hoy no te parezca un día especial, quizás mañana lo
recuerdes, y sientas una extraña nostalgia. Que a veces, las cosas
que más lo son, no lo parecen mientras ocurren, sino luego, cuando
reposan. O cuando ya han pasado.
Que no
tenemos la vida más fácil del mundo, ni la mejor, ni somos de las
personas con menos problemas en la Tierra. Que el día a día es
jodido, pesado, y a veces inaguantable, pero que, cuando te paras a
respirar, cuando lo piensas de verdad, ves que eres feliz. Tal vez a
tu manera, tal vez no como creías de pequeño, ni como se entiende
por felicidad en sí misma en la sociedad... pero lo eres.
Y tal
vez, llegado ese punto, sientas lo vanas que son la mayoría de cosas
que te rodean, y que no eres culpable por protestar por ello ayer, o
mañana. Que es normal introducirte en ese torbellino, ser uno más,
pero que de vez en cuando a uno le da por salir de ahí, a quitarse
el traje de la vida y mirarlo colgado en la percha, y ver que quizás
no te hace lo guapo o perfecto que un día esperaste, pero que te
sientes bien con él, con sus taras y su elástico apretado.
Que no
sabes muy bien cuando pasaste de ser un niño pequeño a algo
parecido a una persona adulta, pero que al fin y al cabo estamos
aquí, y estamos todos. Cada uno a su manera, pero lo estamos.
Que tal
vez la vida no sea eso que esperabas, pero que hay momentos que son
más especiales que cualquiera de los que imaginaste jamás.
Aunque,
mientras los vivas, no los hayas sentido así.
Puede
ser que el reloj dé marcha atrás, que seamos niños, que tengamos
más de una sonrisa en la recámara. Puede ser que te pares a saber
que duele, y que eso no siempre es malo.
Que si
duele, es simplemente porque aún sigues vivo.
Y que
tal vez no sea tan caro, ni tan desagradecido, el precio que se ha de
pagar por ello.